LA ÚLTIMA LLUVIA PERFECTA
(Relato)
Hechos que pueblan el espacio y tocan a su fin
cuando alguien muere pueden maravillarnos, pero una cosa, o un número infinito
de cosas, muere en cada agonía, salvo que exista una memoria del universo, como
han conjeturado los teósofos. En el tiempo hubo un día que apagó los últimos
ojos que vieron a Cristo; la batalla de Junín y el amor de Helena murieron con
la muerte de un hombre. ¿Qué morirá conmigo cuando yo muera, qué forma patética
o deleznable perderá el mundo? La voz de Macedonio Fernández, la imagen de un
caballo colorado en un baldío de Serrano y de Charcas, una barra de azufre en
el cajón de un escritorio de caoba?
JORGE LUIS BORGES, El testigo.
El hombre es una nube de la que el sueño es viento.
¿Quién podrá al pensamiento separarlo del sueño?
Sabedlo bien vosotros, los que envidiéis mañana
En la calma este soplo de muerte que nos lleva
Pisando entre ruinas un fango de rocío de
sangre.
LUIS CERNUDA, Lamento y esperanza.
Vendrán lluvias suaves y olores de la tierra,
Y golondrinas girarán con resplandecientes trinos.
Y nadie sabrá que hay guerra,
Nadie se preocupará del fin de la guerra.
A nadie le importará, ni a los pájaros, ni a los
árboles,
Si la humanidad desaparece.
Y cuando despierte radiante la primavera al
amanecer,
Apenas sabrá que hemos desaparecido.
RAY BRADBURY, Vendrán lluvias suaves.
Y fue entonces cuando bajo la lluvia desapareció el
hombre.
Ahora, ciudades enteras que alguna vez levantaron
su orgullo sobre la eterna soledad del mundo, ya no eran más que la sombra de
una cultura desaparecida en medio de la guerra, y cuyas arrogancias y
plenitudes la habían conducido al estertor de su muerte impostergable: sólo las
manchas de humedad que devoraban las paredes de los edificios que se mantenían
todavía en pie, y aun la profusión de muebles y cacharros que se habían
amontonado en los refugios para sobrevivientes que sin embargo perduraban en
medio de la umbría, acabaron por convertirse en los únicos testigos de la
putrefacción que poco a poco fue consumiendo los restos de un mundo ahora
indefendible, avejentado, irreparablemente marchito: con el séquito de sus
fantasmas hundido por completo en el silencio y con el regimiento de sus
sombras extraviado en medio de la noche, la penúltima versión de la realidad
estaba desvaneciéndose como devorada por el crecimiento de las sombras,
sucumbiendo bajo las lluvias ácidas que le fueron heredadas al mundo por la
última guerra nuclear que, como un holocausto de sangre, consiguió acabar con
los tardíos destellos de la humanidad.
Silencios y soledades aparte, la lluvia se
convirtió así en la monotonía con que la Eternidad, o tal vez el Olvido, se
deleitaba dibujando su rostro sobre la corteza deteriorada de la Tierra, sin
que quedara ya ningún testigo, ningún espectador, ningún alma que recordase
todavía esa suerte de pugilismo que los hombres gozaron disfrazando a modo de
Cultura, y cuyas conflagraciones acabaron por comportar la gangrena con la que
se buscaron la agonía de su última derrota.
Miles de refugios que habían sido construidos hacía
muchas décadas para proteger a los civiles de los tormentos de la guerra, ahora
estaban pudriéndose a lo largo y ancho del planeta sin que el pasado de la
humanidad, acumulado en inútiles cajas de cartón, pudiera ser desenterrado en
algún lugar de esa forma del azar que suele ser el porvenir, o tal vez en
alguna fracción de la eternidad que no hubiera sido deshonrada por la sucesión
de ignominias que fue la historia del hombre: así como también había llegado a
su final la milenaria soledad del trilobite, tampoco quedaba ya sobre la tierra
algún sobreviviente que pudiese haber subsistido en este planeta cuya vida ya
no prosperaría jamás.
Y sin embargo, en cierto amanecer de humedad y
borrasca que parecía ser nada más que una repetición de todos los demás, algo
increíble sucedió: un sobreviviente (acaso el último) se despertó en medio de
la tiniebla que envolvía a los miles de refugios olvidados sobre la Tierra,
sintiendo algo de frío y de sueño, algo de languidez y de vacío, sabiéndose
sepultado en su concha de concreto por la indetenible acción de la Historia
Universal. No obstante, se despertó recordando que había soñado algo.
Soñó que la geografía del orbe y el encadenamiento
de sucesos que comportaba la historia de la humanidad, no habían sido más que un
error: el reflejo solitario de una sombra surgida en el mundo como efecto de
una distracción, de un entreacto absurdo o de una alucinación
soñada por sus monótonas conversaciones consigo mismo. Es decir: soñó con el
fantasma de un universo que había sido imaginado por el espectro de sus propios
delirios de sobreviviente, y que él, empero, acostumbraba a juzgar del todo
dignos de un demiurgo ebrio o quizás acorralado en el yermo de su propia
insensatez desde hacía siglos.
Soñó que su refugio atrincherado en medio de la
lluvia había sido en realidad el centro del Cosmos, y que el decurso del Tiempo
era sólo el reflejo móvil de esa misma Eternidad que su monólogo de
sobreviviente no se cansaba de imaginar, pero el cual los hombres habían
decidido infamar con el interminable laberinto de su estupidez. Soñó entonces
que el universo entero era el fruto del afiebrado rompecabezas de sus propios
pensamientos, ligados con sutileza a manera de conversación entablada hacía
milenios consigo mismo: imaginando que su único interlocutor podía serlo
solamente alguna especie de demonio o de fantasma delirado por sus propias
fiebres, el sobreviviente creyó que tal vez habría cometido algún tropiezo,
alguna posible errata en la que una imprudencia retórica, fruto de un adjetivo
mal interpolado en medio de una frase capital, habría tenido el poder de
provocar el alumbramiento de ese universo beligerante y atroz que los hombres
acabaron fabricándose a modo de hogar.
En la parte más compleja de su pesadilla, el
sobreviviente repetía la disciplina de pararse desnudo frente al espejo de su
camarote, mientras hacía un esfuerzo por entenderse con esa especie de demonio
hecho de azogue y cristal que comportaba su propio reflejo, y a cuya
conversación sobrenatural creyó deber la existencia casi fantasmagórica de su
circunstancia como sobreviviente de la última guerra nuclear; muchas veces,
mientras soñaba caminar por un pasillo cercado por espejos paralelos, se
obligaba creer que su versión del Universo imaginado con torpeza a modo de
Utopía, lo había conducido a figurarse un cosmos atravesado por las falacias de
quienes, armados de cruces, espadas o banderas, de una u otra manera habían
buscado apoderarse de él. Mirando su imagen reflejada hasta lo infinito en la
monstruosidad de esos espejos enfrentados entre sí, un poco después se obligó a
creer que el demonio de su propia sombra (interlocutor entre interlocutores)
había comprendido su discurso al revés, precisamente como si hubiera sido
invertido por la despiadada intervención de un espejo. Fascinado por esa
repetida visión de su propia sombra, el sobreviviente entonces se despertó.
Miró con perplejidad en derredor desde su litera
todavía húmeda por el sudor de sus malos sueños, y comprobó que, una vez más,
se había obligado a despertar en medio de la soledad del universo que en ese
momento pareció manifestarse en la tristeza, casi material, de aquel refugio de
acero y hormigón que había estado defendiéndolo de las lluvias. Casi como si
todavía soñase, advirtió su sombra en la pared carcomida por pacientes manchas
de humedad, y comprendió que había logrado arribar al cruce de caminos donde él
y el espectro de su demonio volverían a charlar, para decidir el destino de
ambos al interior de aquel mundo ahora despedazado.
Sin embargo, trató de razonar: si estaba
consumiendo sus días de cautiverio involuntario en un refugio atacado por la consunción
de las lluvias radioactivas, tendría que ser el fruto de algún dibujo secreto
disfrazado por el azar o tal vez por algún sueño incomprensible soñado por los
astros. Consumido por esa suerte de delirio mesiánico que muchas veces lo había
asaltado después de ciertos despertares, concluyó que, desde un
principio, su sueño recurrente había estado dándole la clave: así como alguna
vez soñó haber inventado el Mundo nada más que conversando con la imagen de su
propia sombra, simplemente debía volver a soñar otro Universo. Entonces optó
por creer que su soledad era una especie de examen, de prueba o de trabajo que
había sido diseñada con minuciosidad por algo, o por alguien, con el firme
objetivo de medir su temple y su aptitud como posible demiurgo de una nueva
Creación.
Una idea repentina entonces cruzó por su cabeza:
desde un principio, su destino de próximo creador parecía haber implicado
cierta aplicación de la soledad, cierta necesidad de abandono, cierta voluntad
de aislamiento que tarde o temprano acabaría por destruirlo, si es que antes no
se entregaba al envenenamiento de las lluvias que lo harían perecer como esos
claveles que se marchitan sobre un tumba que ya nadie frecuenta: lejos de haber
querido aceptar la inexistencia de una posible misericordia divina, se
arrodilló sobre su camastro y comenzó a repetir, mecánicamente y con más
indiferencia que auténtica devoción, su acostumbrada retahíla de oraciones y
jaculatorias elevadas a algún espíritu superior que, al parecer, hacía muchos
años había dejado de responder a la soledad metafísica de sus plegarias.
Se recostó de nuevo sobre las sábanas todavía
confortables y tibias de su litera, haciendo un esfuerzo por aceptar la idea de
que era el último hombre que todavía caminaba sobre la tierra; como quien trata
de pensar en un peligro lejano para acostumbrarse a la posibilidad de que en
efecto puede llegar a suceder, de inmediato comenzó a imaginar la manera en que
el mundo exterior continuaba pudriéndose bajo la corrosión de las lluvias que
habían ido degradando los diez mil rostros del mundo. Esa sobrecogedora visión
de un mundo que había sido debilitado por las incesantes epilepsias de la
Historia Universal, lo obligó a padecer esa forma de la náusea que suele atacar
cuando el terror se ha apoderado de los nervios: de inmediato saltó de su
camastro y se encerró en el baño; allí lo esperaba el único rincón del mundo en
el que podía vaciar su estómago sin sentirse acobardado ante su responsabilidad
de ser, con la fiebre como su principal forma de creatividad, el próximo
demiurgo de una nueva Tierra. Juzgó su suerte como una especie de nueva
oportunidad que estaba brindándosele como el último hombre que tal vez podría
ser, y en la cual tendría por objeto el imaginar un universo simétricamente
opuesto al anterior: aceptó entonces la idea de que semejante responsabilidad
habría de requerir de cierto artificio, de cierta operación que muchas veces
había visto entre sueños, pero que siempre se desvanecía tras el momento de su
despertar.
Aguardó a que cayera la noche (esa gran amiga suya)
mientras repetía una a una todas las rutinas que le habían mantenido cuerdo
desde el suicidio de la última sobreviviente: la mujer que le había acompañado
casi modo de reflejo, mientras compartían las degradaciones de esa versión de
la realidad que naufragaba en medio de un silencioso erotismo que ambos
tuvieron que vivir, como una especie de exilio, durante los largos meses en que
su soledad compartida estuvo a punto de desembocar en una virtual forma de la
locura, y en la que los dos debieron aceptar que su futura desaparición habría
de darse sin que el universo apenas lo notase, desnudando al mundo de las
flaquezas y los extravíos con que los hombres poco a poco habían ido edificando
(o despedazando) el decurso de la Historia Universal.
La noche de vigilia en que su compañera se suicidó,
ambos habían jurado reconstruir el mundo a través de la confección de un
rompecabezas de imágenes, de impresiones o de memorias que tendría la forma de
un collage y cuya materia prima tendrían que ser los desperdicios y los objetos
inútiles que se habían amontonado entre las cajas del refugio. Muerta su
compañera y postergada la promesa de esa gimnasia de remembranzas y evocaciones
vivida como la última forma del compartir, el sobreviviente optó por continuar
con aquella empresa en la más absoluta soledad; no obstante, ese ejercitar su
propia nostalgia le había servido para atenuar en algo la desgarradura de su
encierro, mediante esa expresión del deleite intelectual que muchas veces suele
comportar el hecho de hundirse entre las sombras, las historias y el recuerdo.
Pocas semanas después de ese suicidio (sin embargo comprensible), el
sobreviviente ya había logrado elaborar, con todo tipo de despojos, detritus y
residuos, una maqueta de considerables dimensiones con la que pretendía
representar una especie de mapa cósmico del futuro mundo que, posteriormente,
tendría que ser parido por su conversación con el espectro de su propia sombra.
Se dedicó a hurgar entre el contenido de las cajas del búnker, buscando en su
interior algún objeto, algún fragmento, alguna reminiscencia de cultura que le
permitiese continuar con la elaboración de su mapa del mundo que él mismo, con
la ansiedad corrompiéndole el buen juicio, comenzó a sentir que ahora reclamaba
su solitaria sangre de sobreviviente idealista e inventor.
En busca de nuevas imágenes que recortar para
seguir con la confección de su mapa, enseguida el sobreviviente inspeccionó su
colección de revistas: recortó una figura aquí, otra más allá, y después,
fingiendo cierta aleatoriedad, las juntó todas sobre un bastidor que mantenía
apostado encima de su aparatosa mesa de dibujo; se levantó de su silla y se
dirigió a la biblioteca del refugio, donde de nuevo indagó en sus pocos pero
harto frecuentados libros, página por página, buscando en ellos alguna palabra,
alguna frase, algún párrafo que le ayudase a recobrar el último semblante que
había ostentado el mundo, antes de que hubiera sucumbido a la hecatombe que
también había logrado acabar con la gran mayoría de sus recuerdos. Se dirigió a
la reducida sala de estar, y allí encendió el televisor de rayos catódicos del
refugio, como para no perder la costumbre de imaginar sobre su pantalla los
dibujos secretos que la radiación podía sugerir en el cristal de esa caja
idiota; luego entretuvo sus dedos con las cuerdas de una guitarra que jamás
supo cómo afinar y enseguida se distrajo con las teclas de un piano que nunca
supo cómo interpretar. Cerca de la medianoche, cansado e invadido por la
ineficacia de sus ridículos rituales, se refugió en la cocina para hervirse
algo de café muy negro antes de ponerse a escribir.
Se sentó en la mesa enorme del comedor y sobre ella
ordenó sus manuscritos desparramados sin orden ni concierto bajo la luz de las
velas que acostumbraba a utilizar, acaso para economizar un poco la precaria
energía eléctrica del refugio, mientras, arriesgándose a perder la vista, se
entregaba de lleno a la escritura. Acomodó sus folios sobre un gigantesco
atlas, abierto justo en la página doble que retrataba el mapa político del
mundo, y luego comenzó a leer, muy pausadamente, las reflexiones que había acopiado
durante la víspera. Las frases que había registrado durante la noche anterior,
parecían no consentir ninguna falsedad; al parecer, todo en la dialéctica de
sus pesadillas había sido cierto: tal como ocurría sin descanso en el laberinto
de sus sueños recurrentes, había sido la antropofagia de los hombres lo que había
hecho zozobrar su precaria versión del Universo. Peor aún: con mano temblorosa
había escrito que, en cada una de sus pesadillas, el fantasma de su sombra había
insistido en que, para la creación de un nuevo universo por completo diferente
del anterior, se requería de un último acto de voluntad, de un último gesto de
franqueza y desapego con qué poder liberarse del laberinto de vanidades y
egolatría que todavía parecía dibujarse en el espectro de su propia sombra.
Después de esas lecturas, se encerró en el baño del
búnker, se paró frente al espejo y comenzó a repetirse, con cierto afán de
convicción, que su reflejo bien podía ser como esas manchas de humedad donde
solía vislumbrar todo tipo de formas algunos minutos antes de ser vencido por
el sueño; sin embargo, no pudo no confesarse que esas eran las mismas manchas
de cancro y oropel que habían logrado devorar al espíritu del hombre. También
se dijo que quizá tan sólo librándose de la grosera materialidad de sus carnes
se haría posible, como en los sueños y en ciertas formas de la utopía, el
alumbramiento de un mundo nuevo que fulgurase con la misma luz de las estrellas
que parecían custodiar la Tierra: éste sería un mundo nuevo, pacífico, eterno y
posiblemente libre de los fantasmas y las puerilidades que habían logrado
acabar con el antiguo.
Buscó entre sus cosas el estuche donde guardaba sus
implementos de aseo personal y lo llevó hasta la mesa del comedor, colocándolo
sobre uno de los manuscritos que había fraguado en la víspera, pero
acomodándolo con la estudiada ceremoniosidad de un auténtico ritual. En la
carpeta donde una inexplicable paranoia lo obligaba a ocultar sus más recientes
manuscritos, el sobreviviente atesoraba también la única fotografía que aún
conservaba de su madre, fallecida unas pocas semanas después de haber estallado
la última guerra. En un intento por no desairar el rigor de esa extraña forma
del hábito, estudió, una vez más, el blanco y negro de esa fotografía, mientras
hacía un esfuerzo por recordar alguna de las conversaciones que acostumbraba a
mantener con su madre, cuando el mundo todavía parecía un buen lugar para
vivir. Después, con estoicismo casi material, empezó a trabajar en una carta:
una misiva escrita desde lo más hondo de su corazón a los futuros hijos de su
nuevo universo. Un universo que él mismo ambicionó tan modesto, íntegro y
calmoso, que el retoño de las guerras jamás podría tener cabida en él.
Casi como si estuviera redactando los pliegos de
una confesión, en esa carta intentó explicarle a los hijos del impensable
porvenir la paradoja de su última decisión: le pareció obligatorio que los
hombres del futuro comprendiesen desde el principio que sólo eran el sueño de
alguien más y que éste, a su vez, estaría siendo soñado por alguna otra
potestad del cosmos y que ésta, posiblemente desde algún otro universo, estaría
siendo soñada por otra y ésta por otra y ésta por otra más y así hasta lo
infinito, procreando espejos, laberintos y ficciones como sólo la fiebre y los
delirios se habían procreado, sin cansancio, en la mente de los hombres bajo
las formas del manicomio, la prisión y tal vez del patíbulo.
Con la sucinta claridad de un decreto, enseguida
escribió que se hacía necesaria una última ofrenda para poder consumar
con ella, justo al interior de los recónditos confines del soñar, la
posibilidad de otro Universo. Se lamentó por el hecho de haber utilizado,
accidentalmente quizás, su invención de la guerra para otorgarle algo de
movimiento y dialéctica a los pensamientos circulares de que parecía nutrirse
la sutil álgebra del Tiempo. Al final de la última página, escribió una
confesión: para no cometer el mismo error de la humanidad anterior, fascinada
por la hermosura de su propia imagen reflejada en las fantasmagorías de los
espejos, el nuevo creador tendría que obligarse a abandonar su creación después
de haberla dado a luz.
En ese momento la interminable lluvia se detuvo
durante algunos instantes. De inmediato el sobreviviente se dirigió a la bodega
y buscó allí, con la misma ansiedad que suele embestir en los momentos
decisivos, su último cigarrillo; se abrigó con un pesado gabán hecho de lana
virgen y se caló de nuevo en la cabeza el grueso gorro de alpaca puneña que en
realidad pocas veces se quitaba. Conduciéndose por el refugio como si fuera un
hierofante dominado por el rigor de su ritual, se dirigió al patio del refugio
cuya puerta, símbolo de las paradojas que solían visitar su mente, siempre
dejaba cerrada con llave. Acomodó en el patio una butaca, justo al lado de las
escasas plantas que habían logrado sobrevivir a la acidez de las lluvias, y luego
se sentó; encendió su cigarrillo, alzó la mirada al cielo y entonces pudo
contemplar las estrellas como no había logrado hacerlo durante las larguísimas
semanas en que no dejó de llover sobre la Tierra: se sentía muy bien ese último
cigarrillo, aun a pesar de que el dulce calor de su intoxicación no había
podido aminorar el vértigo que le producía estar contemplando la bóveda celeste,
sobre todo después de las largas noches de silencioso encierro que había tenido
que soportar entre las sombras del búnker.
Supo, o al menos imaginó, que muy por encima de la
atmósfera que los hombres habían contaminado con el fruto de sus armas cada vez
más despiadadas y voraces, las estrellas permanecerían girando eternas, surcando
el cielo con su silencioso ímpetu sagrado. De repente pensó que ya estaba
muerto, y que lo que nunca había redimido el Tiempo, ahora no lo redimiría la
cuchilla: nada más viendo la remota luz de las estrellas, decidió aceptar el
hecho de que era el último hombre sobre el mundo.
Sintiéndose extremadamente exhausto, se confesó que
ya no guardaba más paciencia ni tampoco mayores esperanzas para compartir con el
infinito aislamiento de este universo marchito, ahora transfigurado por las
sucesivas consecuencias de una contrariedad: pensó en la muerte lenta de
Gregorio Samsa y en el juicio decidido de antemano de Josef K; en los
innumerables obstáculos que entorpecieron el camino de Michael Kohlhaas y en la
locura última de Hölderlin; en el suicidio atroz de Werther y en el pistoletazo
terminal de Kleist; pensó en la travesía solitaria de Childe Harold, en la
irrevocable soledad del viejo Fausto y en la fatigosa labor de Mefistófeles. No
obstante, le bastó con pensar en la rosa inmortal de Paracelso, para saber que
bien podía ser cierto el posible alumbramiento de un nuevo Universo surgido
sobre las cenizas del antiguo.
Apenas unos segundos antes del inevitable regreso
de una lluvia que el último hombre calificó como perfecta e impecablemente
circular, con inusitado paso firme regresó al comedor del refugio y, con la
proverbial lentitud de la tortuga en la aporía de Zenón, abrió su maltratado
estuche de aseo personal: del bolsillo secreto donde solía esconder sus viejas
cuchillas de afeitar, extrajo la única que no había sido deteriorada por el
óxido; se encerró en el diminuto baño del refugio y se despojó de sus ropas con
morosidad casi suprema. Se internó en el reducido cubículo de la regadera, en
la que apenas si cabía de pie, y entonces comenzó a ducharse con el agua
hirviente que aún se demoraba en los maltrechos aljibes del búnker. Sin
comprender muy bien por qué, de repente pensó en las famosas termas de
Marienbad de que hablaban muchos libros de su biblioteca, y en la que varios de
sus ídolos (Kafka y Kleist entre ellos) habían gozado alguna vez de sus aguas
medicinales. Al terminar con la ceremonia de su baño, se encerró en su
habitación y, después de haberse arrancado la bata sucia que le cubría el
cuerpo todavía empapado por el agua humeante, repitió en voz baja unos versos
de Goethe que entonces juzgó más que apropiados para la ocasión:
Ya perdí el Universo y me he perdido
a mí mismo -yo, amado de los dioses-,
su caja de Pandora me han vertido,
rica en gajes u horóscopos atroces.
Me tientan con la pródiga cascada
de los goces…
y me hunden en la nada.
Y al haberse arropado con una sábana impecablemente
blanca que desde el principio de la guerra él mismo había atesorado en la
bodega del refugio como su posible mortaja, blandió por última vez esa cuchilla
que no había conocido aún la piel de su rostro de sobreviviente y el cual, no
obstante, tantas veces había sospechado como impostor. Respiró profundamente y
contuvo el aliento mientras se cruzaba las muñecas ya muy suavizadas por el
hervor de su baño caliente, y enseguida se recostó en su litera a esperar que
lo venciera la muerte mientras hacía un esfuerzo por recobrar algún recuerdo,
alguna imagen, alguna idea de las nubes moviéndose sobre las montañas.
Marienbad, invierno de 1999.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario