AVATARES Y ONTOLOGÍAS DEL MOVIMIENTO:
METAFÍSICA DE LA DANZA
(Crónica imaginaria)
Cada movimiento, dijo, tenía su centro de gravedad; bastaba con gobernar éste
En el interior de la figura; los miembros no eran sino péndulos, por sí mismos seguían
El movimiento de manera mecánica.
(…) Nada saben de la inercia de la materia que es,
Entre todas las propiedades, la más perjudicial para la danza.
HEINRICH VON KLEIST, Sobre el teatro de marionetas.
Comentarios Preliminares.
En el volumen VI de su afamado Estudio de la Historia, el célebre historiador británico Arnold Toynbee interpola el fragmento de una carta personal en cuyos párrafos se incluye la primera noticia pública, considerada apócrifa por algunos especialistas, de lo que todavía hoy los devotos de la logia llaman el Secreto. Escrita en vacilante fráncico teñido de latín por el nuncio romano Flavio Constancio Galieno, obispo de Lotario I y quien apoyaría la conjura con que éste príncipe buscó usurpar el trono de Luis el Piadoso, su infortunado padre y el heredero del Sacro Imperio Romano Germánico fundado a su vez por su padre Carlomagno y cuyos tres nietos, por medio del Tratado de Verdún (y quizá por otras formas del complot), obligaron al Piadoso a repartir sus dominios entre sus hijos, para que luego Lotario, el más soberbio de los tres, pudiera gobernar el centro de Europa como si en realidad estuviera gobernando el Universo. De su traducción literal a la lengua canónica del imperio, se extrajo de la carta un comunicado en que el nuncio advertía al futuro emperador la necesidad de poner de su lado a los conocedores del Secreto, quienes, dotados de verdadero poder al interior de las rancias instituciones imperiales, exhibían suficiente autoridad como para obligar a que el Papa finalmente proclamase a Lotario el único heredero de la tiara imperial de Carlomagno. La carta, ocioso resulta comentarlo, tenía como verdadero objetivo recordarle al príncipe los aportes que el obispo había hecho a su conjura, tratando de disimular esta suerte de petición con palabras que tenían por fin ensalzar la memoria y la sangre de los Carolingios quienes, como nietos de Carlomagno, “merecían” usurpar el imperio a su anciano padre. El propio nuncio, siempre buscando el patrocinio de Lotario en sus intentos por acceder a la mitra cardenalicia y, tal vez, a un futuro papado, en otro fragmento de la carta se confiesa Devoto Principal del Secreto y advierte al soberano de los peligros de llegar a enemistarse con la poderosa logia que lo custodia desde épocas antediluvianas. Incluyo a continuación el fragmento que intercala Toynbee de la carta con que Flavio Constancio pretendió lisonjear a su futuro emperador:
“Saqueada la ciudad, arrasadas sus basílicas e incinerados los viejos dioses del Olimpo, las arquitecturas y los mármoles de Roma debieron ceder su lugar al panteón de los vándalos, a los talismanes de los suevos y a las cimitarras de los ostrogodos: ahora, lejos de los laureles de Augusto, de la paz de Adriano y de las abluciones de Constantino, los bárbaros habían logrado levantarse del fango y las borrascas del norte como los nuevos dueños y patronos de nuestro universo. Se clausuraron así las luces de Apolo y se instauró la noche de los bárbaros. Pronto la cruz de Roma y los obispos del emperador debieron prosternase ante los fuegos, las hachas y las macanas de Teodorico y, peor aún, aceptar el nuevo destino que las hordas habían preparado para la Ciudad Eterna. Mordiéndose la lengua para ahogar y mitigar en algo su agonía, los patricios de más antigua índole, los senadores, los cónsules, los tribunos y la aristocracia más cercana a la corte del imperator, debieron resignarse a que aquella urbe antigua, fundada hacia siglos por el hijo de Eneas sobre los últimos residuos de Troya, ya no era más la morada del Hijo de Dios publicitada por el trono de San Pedro. Así las barbas rojas y los cabellos dorados de los pueblos venidos de las provincias boreales, ahora deberían ser tributadas con los mismos diezmos que el obispo de la ciudad solía exigir para exonerar de infamias y pecados a sus feligreses, tan deseosos de lavar sus culpas con los dineros del sacramento y la bendición de los nuncios más pudientes de Roma, con el perfecto conocimiento de que sus pecados, heredados de la larga sucesión de decadencias y costumbres que en el pasado habían dado forma al decadente imperio desde las épocas de Julio César, no eran siquiera semejantes a las brutalidades con que las hordas solían conducirse más allá de la margen derecha del Rin, la gran frontera natural de Germania que Augusto siempre pretendió y que sólo Trajano supo cómo conquistar. Nacía así el nuevo mundo de los bárbaros, cuyo caos debieron conocer nuestros ancestros y cuyo legado aun admite el derramamiento de sangre como una de las muchas formas de hacer prosperar una nación, una cultura e incluso una civilización. Expatriados los romanos de su reciente fe en los martirios del Cristo, debieron ver con lágrimas de odio alzarse la ley de la cimitarra sobre los fundamentos del antiguo derecho romano compilado por los jueces y los abogados de un mundo ahora en vías de extinción: de muchos modos las nuevas leyes de los bárbaros recurrían a ciertas formas de la expiación en que sólo la sangre y la violencia podían aceptarse a modo de castigo, de penitencia y, tal vez, de tributo. Tal forma sanguinaria de concebir los gravámenes y las jurisprudencias debieron continuar con sus sangrías hasta el momento en que las hordas arrianas, misteriosamente seducidas por la fe San Pablo (acaso tanto como por las arcas del papado), renunciaron a sus costumbres regidas por la fe de Arriano para seguir el camino ejemplarizante de la Sagrada Trinidad: abrazada por los bárbaros la hipóstasis del Padre, el Hijo y el Espíritu Santo, casi no pervivió vestigio alguno de su antigua civilización mientras que, romanizándose, los legados del latín fueron asimilados por los bárbaros desde mucho antes de la afamada dinastía de los Merovingios. Cabe entonces afirmar que fueron tus antepasados bárbaros, y no lo contrario, mi querido príncipe, quienes sucumbieron al antiguo encanto de las tradiciones romanas, algunas de las cuales estuvieron todavía en pie durante las épocas de tu abuelo Carlomagno: fueron los bárbaros quienes abrazaron con calor las costumbres mediterráneas preconizadas por el mundo latino a lo largo y ancho del imperio fundamentado sobre los laureles de Augusto. Imitaron su arte y copiaron su arquitectura; duplicaron su moda y reprodujeron su gastronomía; asumieron su destino civilizador y pasaron a convertirse en un imperio nuevo, tan reciente como un niño nacido al filo del siglo. Casi podría afirmarse que tal actitud mimética buscaba que los bárbaros pasaran a convertirse en los lícitos herederos de un mundo que todos sabían, o imaginaban, superior en casi todos los aspectos que importan para la supervivencia de una cultura. Los bárbaros fueron contagiándose así del espíritu ordenado que inspiraban las leyes de Roma y, principalmente, su reciente gusto por el monoteísmo y su creciente entusiasmo por la doctrina del Crucificado. Aun a pesar de provenir de una cultura que podría considerarse primitiva, los bárbaros fueron lo suficientemente lúcidos como para dejarse seducir por el mundo decadente de los césares: asimilaron sus leyes, su código civil, su manejo de la hipocresía, la trivialidad de sus conversaciones, la infamia de sus pasatiempos, la imponencia de sus monumentos, el realismo de sus esculturas, su devoción por las comilonas extravagantes, la soltura de sus vestidos para el calor, su práctica secreta de la bisexualidad y su afán de competir con los ancestros del mundo remoto de que se habla en las páginas con que Virgilio reinventó las epopeyas de Homero. Así refieren los anales de la dinastía Carolingia que la asimilación de semejante legado importó una especie de segundo nacimiento, de segundo aire o de segunda oportunidad sobre la Tierra para el Imperio de Roma, ahora administrado, empero, por la espada de los francos y la cruz de los cristianos y, desde luego, por su lealtad hacia Carlomagno, gran fundador de la nueva nación cristiana que agremió a todo el centro de Europa y que logró asociar entre sus huestes tanto a los hijos de los bárbaros como a los vástagos de los latinos. Tal estado de cosas, ¡oh, príncipe Lotario, cifra de los siglos y futuro regidor del universo!, había estado contemplado desde un principio por los devotos conocedores del Secreto: sólo ellos podían mantener en movimiento el mundo heredado de sus ancestros, aún a pesar del nuevo orden mundial preconizado por los pueblos bárbaros ahora sometidos a las parábolas del Cristo”.
Según refiere Toynbee en las páginas centrales de su VI volumen, la carta fue robada del gabinete del nuncio por alguno de sus contradictores y fue hecha pública en panfletos anónimos que fueron repartidos por todo el imperio, tal vez esperando hacerse con los favores del futuro emperador después de haber hundido al obispo ante los ojos del príncipe. No se conoce el nombre de quien expropió la carta para hacerla pública; sólo se sabe que la responsabilidad de su publicación desde luego recayó en los infortunados hombros del obispo Flavio Constancio quien, culpado de haber hecho público uno de los secretos mejor guardados por ciertos sectores de la élite, fue condenado a la muerte violenta (eran tiempos de expiaciones de sangre y castigos físicos) que debían padecer los divulgadores del Secreto, de la misma forma como en el mundo de los césares debió morir todo aquel que, como el desdichado Quinto Valerio Sorano, se hubiera atrevido a revelar el nombre secreto de Roma. Por otra parte, los conocedores del Secreto afirman que tal migración del estado romano al orbe de los Carolingios no tuvo otra causa que la magia danzante de los devotos: a través de la sintaxis cósmica que expresa la metafísica de sus coreografías sagradas, el universo entonces conocido, incluyendo las esferas girantes de que hablaba Aristóteles y los equivocados hemiciclos de Ptolomeo, podía estar a salvo mientras Carlomagno y sus descendientes continuasen cultivando los rituales del Secreto. Historiar los pormenores de ese Secreto en manos de unos pocos elegidos, será el objetivo de estas torpes páginas.
1.
Cabrá comenzar esta historiografía por
afirmar, junto con sir Ronald MacGregor, notable cronista de las prácticas del ocultismo
que se acostumbra entre los conocedores del Secreto, que el fundamento
metafísico de su credo no alberga mayor misterio, aun cuando su ejercicio se
remonta a la búsqueda de solución para todos los misterios del Universo: el
núcleo de su doctrina radica en el estudio y el cultivo esotéricos del
movimiento físico, cumplido por los devotos a modo de mística corporal, de
coreografía sagrada en cuyo incesante decurso de ancestros la tradición del
Secreto se remota a los orígenes mismos del tiempo. Tal estudio del movimiento
le ha permitido a los devotos, entre ellos el célebre coreógrafo Vaslav
Nijinsky, el sistematizarlo bajo la forma de danza sagrada, de pases mágicos o de
arte marcial. Es fama, según se conviene en las mejores páginas de MacGregor,
que durante siglos los devotos se han encargado de mantener el orden en el
universo precisamente gracias a las danzas sagradas que se han ido perfilando
con los años y que han evolucionado a la par de las demás evoluciones cumplidas
por el hombre y su civilización, transformando sus movimientos siempre a lo
largo y ancho de los milenios que ha comportado la cultura: mitad abstracción,
mitad víscera, la danza de los devotos estaría concebida para ser desplegada en
el espacio-tiempo como una suerte de dibujo metafísico, de geometría sagrada o
de movimientos mágicos propuestos para ser leídos por las potencialidades que
gobiernan el más allá y que, veladamente, parecen custodiar también los reinos
del más acá; se trata entonces de concebir y generar una especie de comunicado,
de sintaxis o de lenguaje pleno y consistente realizado en la Tierra sin mayor
objetivo que conjugar lo celeste y lo telúrico en una sola entelequia, para
mantener así, con la precisión de sus coreografías, el correcto funcionamiento
del Universo. La logia concibe así su Secreto como una especie de llave mística
capaz de hacer ensanchar el espíritu de cualquiera para conectarlo con el resto
del Cosmos, siempre y cuando su alma se enlace con el mundo mientras se
desarrolla la danza y el devoto pueda experimentar así, contribuyendo a la perpetua
metamorfosis del Mundo, otra forma de la beatitud y el éxtasis sagrado.
Los conocedores del Secreto conforman
desde hace largos siglos, sobre todo gracias a la paciente labor de los devotos
conocidos como Principales, una alianza, una comunidad o una logia cuya finalidad
desde un principio se encaminó a cultivar los misterios y las leyes que rigen o
que parecen regir el mundo del hombre concebido como reflejo, como atributo o como
miniatura de la sintaxis cósmica que mantiene en movimiento al Mundo. Su
concepción del Cosmos constituye así la parte más apasionante de sus arcanos, y
su manera de acercarse a la divinidad comporta el más grande de sus aciertos:
lejos de ser un mero sucedáneo de las diferentes iglesias que se conducen por
el mundo con la fe de Jesucristo, la sintaxis de su metafísica resulta bastante
más antigua que los monoteísmos surgidos del desierto, e incluso más antigua que
las pirámides o las remotas astrologías del país de Sumer. En una de las
páginas más memorables que el ocultista escocés lord William Bournemouth dedicó
a los pormenores del Secreto, se afirma que el surgimiento de la logia, equivocadamente
atribuido a las naciones de la Mesopotamia, en realidad se produjo mucho antes
de que los primeros hombres del Neolítico descubrieran la agricultura, germinando
en el mundo casi espontáneamente a través de sus danzas primitivas y sus
pantomimas chamánicas en un principio relacionadas, a modo de magia, hechizo o nigromancia,
con la cacería y la recolección de frutos y demás alimentos naturales cuya búsqueda
fue muy anterior al descubrimiento del fuego. Así los devotos más antiguos del
Gran Priorato que desde Edimburgo regula las funciones políticas de la logia y que
formula muchos de sus nuevos parámetros a través de publicaciones seriadas de
carácter esotérico, calculan el origen del Secreto hacia las épocas en que el
Hombre Primitivo aprendió a cazar para alimentarse y a pelear para defender sus
fuentes de agua: se supone que en ese principio, durante las épocas fundacionales
de que hablaban las páginas de Darwin –íntimo conocedor del Secreto-, el Hombre
Mono ejecutaba sus movimientos por instinto, pero, no obstante, como parte de una
larguísima herencia biológica cuyos movimientos le permitía defender sus
territorios y protegerse del hambre, los predadores y la sed.
Al cabo de unos siglos, escondiéndose en
las colinas desde donde podía estudiar la complejidad motriz de los pumas, el
hombre primitivo aprendió a asimilar el disciplinado movimiento que ciertos
predadores (gatos de monte, halcones, serpientes, coyotes y otros buscadores de
carroña) solían expresar al momento de cazar sus presas, notando y
comprendiendo que su anatomía cumplía una disciplinada forma de la danza y el
movimiento gestual: ya fuera atacándolas en grupo, como las hienas, o
saltándoles encima, como los pumas, la reiteración sistemática de aquellos movimientos
animales evidenciaba las razones profundas de un método cinemático ignoto, aunque
universal, y que los primeros hombres pronto se lanzaron a dilucidar. Lo
fascinante, lo mágico, lo fundamental para aquellos furtivos testigos del mundo
natural de la depredación, poco a poco les fue siendo revelado a modo de cierto
conocimiento en que súbitamente pudieron comprender el cómo la efectividad de
aquellos cazadores residía en la manera de organizar, o administrar, la
complejidad de sus movimientos: fue así como el Hombre Primitivo, absorto ante
las posibilidades que le podría brindar su propio cuerpo, adivinó que era en el
dominio del movimiento donde campeaba el éxito o el fracaso de la depredación.
Según el antropólogo argentino Héctor Ricardo
Badalamenti, existen otros dos argumentos, acaso tan lúcidos como el primero, y
cuyo significado también contribuyó a que los primeros hombres asimilasen la
importancia del movimiento para garantizar su supervivencia en el mundo hostil
del Neolítico: el segundo de origen astronómico, y el tercero, de origen telúrico.
En cuanto al segundo argumento, las páginas de Badalamenti afirman que bastó
con la cuidadosa observación del decurso de las estaciones y la variación en la
posición de las estrellas, para que el troglodita pudiera inferir que el
movimiento gobernaba en todo el universo: tales conmutaciones, ya fuesen una
sucesión de eclipses, la aparente translación de las estrellas, el tránsito de
un cometa o la mutación cíclica del disco lunar, fueron suficiente evidencia para
comprobar que la circulación que parecía cumplirse entre el día y la noche, era
suficiente certeza de que todo en el universo expresaba un movimiento que,
lejos de ser caótico o mínimamente desordenado, redundaba en una profunda y
cavilosa simetría: en un misterioso parentesco (casi una duplicación) con los
movimientos que de múltiples maneras debía cumplir el hombre sobre los médanos
de la Tierra. El tercer argumento es igual de contundente que los otros dos,
pero quizá de menor grandilocuencia: el movimiento de las aguas a través de un cauce,
las idas y venidas de la marea en las playas e incluso el indiferente tráfico
de las nubes en el cielo, fue para ellos otra demostración de que los
movimientos telúricos eran una especie de imagen o de réplica de los
movimientos que se verificaban a lo largo y ancho de la bóveda celeste. Así
Dion Fortune, notable cabalista de la Aurora Dorada (sociedad esotérica desde
luego vinculada al conocimiento del Secreto) es de la opinión de que después de
haber comprendido, o vislumbrado, las correspondencias que siempre había entre
los movimientos estelares y los movimientos telúricos, sólo se necesitó un poco
más de observación para descubrir que tales movimientos ejercían un poderoso
influjo en los sucedáneos movimientos del cuerpo humano, de la misma manera en
que las transformaciones de la luna, por ejemplo, también afecta las mareas: de
pronto resultó claro que las fases de éste astro socavaban periódicamente la
salud de los primeros hombres, incluyendo la menstruación de las mujeres y las
molestias que ello implica, obligándolos a temer la llegada de la Luna Llena
acaso tanto como la llegada del invierno y la consecuente proliferación de predadores
de la nieve como los lobos solitarios o los osos a punto de hibernar.
En la página 225 del afamado tratado Avatares de la danza en el mundo
prehistórico del historiador belga (afiliado al Priorato de Bruselas)
Alexander van der Horta, se afirma que el posterior descubrimiento del fuego se
dio cuando el hombre primitivo estuvo ya lo suficientemente maduro como para
poder apreciar el movimiento intrínseco, casi cristalino, de ese cuerpo ígneo
hecho de alguna misteriosa forma de la energía pero, sin embargo, de no tan
difícil consecución. La analogía con el calor luminoso del sol no se hizo
esperar: resultaba lógico que era él, y su infinito poder energético, la fuente
de todo movimiento que se cometía sobre las redondas caras de la Tierra. Van
der Horta afirma, con la razón puesta de su parte, que el haber relacionado la
luz del día con el ardor de las hogueras y aun con el calor del cuerpo, los bríos
de la fiebre y la tibieza de la sangre, fue la consecuencia lógica de ese
parecer. Pronto tal conocimiento otorgó a los primeros hombres el suficiente juicio
como para permitirles descubrir que tales milagros eran obrados, de manera
harto intrincada, por el natural mecanismo de la energía puesta en movimiento.
El movimiento que marcaba el tránsito de la infancia a la adultez, con sus
correspondientes transformaciones de la energía, también fue citado por otros
tratadistas del Secreto (Leibniz, Newton y Laplace fueron algunos de ellos)
como otra evidencia de que el hombre primitivo pudo deducir que tales
movimientos eran una expresión del incesante movimiento energético del Cosmos;
ni siquiera en el interior del cuerpo humano deja de verificarse ese movimiento,
puesto que los órganos, merced al cálido fluir de la sangre y a la tibieza del
aire inhalado durante la respiración, consumaban complejos movimientos en que
lo ingerido, lo inhalado o lo bebido, casi de inmediato se transformaba en
torrentes de energía (o de espíritu) que a su vez permitían al cuerpo la
necesaria volición como para intentar cualquier clase de movimiento: el cuerpo humano
pasó a ser así el principal objeto de culto y a ser considerado una especie de
universo en miniatura. Aleister Crowley, con todo y su devoción por la magia negra,
fue un reconocido divulgador del Secreto de los que opinaban, no sin algo de
dialéctica, que fue esa consciencia del cuerpo como depositario de los movimientos
cósmicos, lo que poco a poco fue fraguando en la mente del hombre la concepción
de los dioses, los espíritus y las potencias naturales bajo forma humana. Más
complejamente aún: sabedores de que en los animales también se verificaban
procesos semejantes, los primeros hombres enseguida pasaron a adorar al
espíritu de las bestias que cazaban en las praderas y que a su vez ellos mismos
debían cazar para alimentarse: no era difícil notar que, luego de haber sido
sacrificados, el calor de los animales no demoraba en abandonar su cuerpo inmolado,
permitiéndole comprender al hombre primitivo que el hálito vital, poco después
identificado con el alma, definitivamente desertaba de todo aquel que fuese
privado de la vida: así, según las creencias prehistóricas sugeridas en los
estudios del antropólogo uruguayo Alberto Funes, el fuego cósmico abandonaba al
muerto y, por ende, su movimiento se interrumpía y de algún modo contribuía a
la disminución, a la detención o al término del movimiento cósmico. Por tanto,
resultaba fácil concluir que, para el cabal mantenimiento del equilibrio, había
que retribuirle al universo una parte del movimiento cegado por las necesidades
del hombre y que, bajo la forma de una danza sagrada, le era concedido para seguir
desarrollando su cultura.
Según las anotaciones de su libro Apostillas a un Tratado Fundamental en
que varios comentaristas holandeses (Ferdinand
Adler y Wilhelm de Stijl entre ellos) hicieron sus acotaciones al conocido
tratado de Oswald Spengler Decadencia de
Occidente, fue entonces cuando apareció la figura danzante del chamán: el
médico brujo que, sobre todo gracias a ciertas formas de la embriaguez, podía
permanecer en contacto con las fuerzas seráficas que los primeros hombres
identificaban con sus dioses protectores o con las manifestaciones dinámicas
del soplo universal. Propugnando argumentos similares, el historiador y rabino
heterodoxo Judá ben Löwy, devoto Principal del Priorato de Praga y quien estuvo
indagando alguna vez sobre la leyenda judía que gira alrededor de la posible
creación artificial de un autómata hecho de barro y fiemo, merced a las
disciplinas cabalísticas del Zohar y
el Sepher Yetzirá, fue de la opinión,
herética en su tiempo pero consolidada en nuestros días, de que fue gracias al
surgimiento del chaman como puente conector entre este y los otros mundos
generados más allá del evidente, cuando comenzó el estudio sistemático y
deliberado de los movimientos que esforzaba el cuerpo, sobre todo con el fin de
poder utilizarlos para “imitar” o reflejar el orden celeste a través de la
cristalización de una danza sagrada, ya fuera para conjurar enfermedades, para
propiciar el éxito de las cacerías o para garantizar la fertilidad de las
mujeres. Así los datos acopiados por el rabino Löwy afirman que el aporte de
estos primeros chamanes giró en torno al estudio concienzudo que tenía por
objeto el dominar milimétricamente el movimiento, hasta hacerlo capaz de
expresar lo absoluto a través de una danza ritual o de un compendio de pases
mágicos transfigurado bajo la forma de pantomima sagrada o de litúrgica puesta
en escena.
Fue gracias al éxito de esas danzas primitivas
(Lévy-Strauss no ha dicho lo contrario) cuando comenzó el interés del hombre
por imitar el movimiento de los animales no sólo en la complejidad de sus
danzas rituales, sino también en la laboriosa recopilación de sus técnicas de
cacería y movimientos para el combate: además de sus hachas de piedra, sus
flechas de obsidiana y sus puñales de sílex, el hombre primitivo pronto
aprendió a utilizar su cuerpo como arma que también podía llegar a ser mortal.
Imitar con sus danzas a los osos, a los bisontes, a los lobos e incluso a los
leopardos para con ellas conquistar sus favores como animales totémicos o como
traductores del hombre en el mundo de las bestias, asimismo le permitió al
chamán inspirarse en esos movimientos para utilizarlos como arma en favor de su
propia defensa contra las hordas enemigas o con algún animal que pretendiese
dañar a los miembros de la tribu. Zhang Yu Sun, antiguo monje shaolin del siglo
IV a. C. y primer tratadista de la ciencia china de la danza cósmica (una
especie de física primitiva) llamada Wu
Li (que traduce modelo de energía
orgánica), además de notable comentarista del Libro de las Mutaciones y gran divulgador de las artes marciales
preconizadas como fundamento del Secreto, abogó por la sagrada inspiración
animal del Kung Fu y el Tai Chi Chuán como métodos de pugilato y, mejor aún,
como disciplinas corporales cuyos movimientos podían ser utilizados como
instrumentos, o como códigos, a los que fácilmente se podía recurrir para
sintonizar el microcosmos humano con el macrocosmos universal. Tales artes
marciales tuvieron su origen, según puntuales tratados que aparecieron en el
siglo V d. C. por mediación de los Principales del Priorato de Beijing, en la
imitación de los animales sagrados por parte de los chamanes de la cuenca del
Sichuan, sobre todo gracias a que su sistemática imitación del movimiento de los
tigres, los monos, las serpientes y demás animales que también pertenecen a la compleja
astrología concebida por los antiguos pobladores de la rivera del Yangtzé, les
permitió fraguar la posterior ciencia cinemática que fundamentó para el antiguo
imperio chino la metafísica del Secreto. Pronto se vio que las nuevas artes del
movimiento que incorporaban elementos de ataque y de defensa, fácilmente
podrían convertir a los devotos en auténticas máquinas de matar.
Mucho se ha especulado alrededor de esa
extraña evolución de las danzas rituales que pasaron a formar parte de otra de
las grandes revoluciones culturales que permitió el Secreto: la consciencia de
que la violencia y sus posibles movimientos de ataque nos otorga cuantioso
poder sobre el prójimo. El arqueólogo ucraniano Constantin Archipenko,
especialista en arte rupestre y coreógrafo del Priorato de Kiev, comenta en una
de sus páginas que al principio no faltaron devotos consumidos por el
deslumbramiento de este nuevo poder: el poder de aniquilar al adversario
recurriendo a técnicas que los antiguos chamanes habían copiado exitosamente a ciertos
animales. No fue insignificante el número de devotos que decidió dedicarse a la
práctica de las artes marciales, en principio a modo de entrenamiento y en
diferentes escuelas cuyo renombre les permitía participar en campeonatos y
concursos secretos de cierta popularidad, logrando sublimar así esas energías
que de otra forma los obligaría a manifestarlas, como parte de su naturaleza
animal, bajo el aspecto de una incontrolada forma de violencia ejercida en
contra de algún tercero. Es fama que muchos antropólogos del mundo moderno atribuyen
al descubrimiento de la violencia un papel fundamental en el desarrollo de la
civilización: para ellos resulta bastante más que probable que los hombres primitivos
hayan aprendido primero a defenderse que a realizar danzas sagradas; los
Principales del Priorato de Lisboa, expertos en paleontología antropológica,
son de diferente opinión: las luchas a que los primeros hombres anteriores al
conocimiento de las armas (es decir, el hombre primitivo anterior al homo habilis capaz de concebir y
utilizar herramientas a las que debieron recurrir a modo de arma para poder cumplir su defensa) en realidad estuvieron conformadas por extravagantes
puestas en escena que les permitía, a través de un arcaico lenguaje de gritos y
amenazas corporales que, a fuerza de hábito y repetición, pasaron a convertirse
en auténticas pantomimas, en consumadas coreografías del odio, la violencia y
el rencor. Esto le permite afirmar al antropólogo lusitano Amado Ansola Pereira
que algunos siglos después, esta suerte de danza primitiva tomó visos más
brutales cuando el hombre (¿por ínfima casualidad o por providencia de los
dioses?) descubrió que los mismos huesos abandonados por los predadores, e
incluso los leños acopiados en el bosque, podían aumentar la potencia del brazo
y su radio de acción para magnificar los golpes de la mano, dando así un salto
cuantitativo en la historia de la evolución al haber logrado descubrir la
primer arma de que se valió el hombre para defender a los suyos de cualquier
ataque extranjero o del acecho de los depredadores. Surgió así, y Arthur C.
Clarke está de acuerdo en ello, el arma defensiva como la primera tecnología concebida
por el hombre y como posterior vehículo para el arte de matar que, siglos
después, permitiría la evolución de las sagradas artes del movimiento en las
letales artes de la muerte practicadas tanto por los legos como por muchos
devotos alrededor del orbe. Tales técnicas de la muerte, no obstante, de muchas
maneras debieron ser sometidas a diferentes tipos de regulación: fue surgiendo con
los años, de manos de los Principales del Priorato de Edimburgo, el primer
código ético que reglamentó entre devotos la práctica de estas artes y que,
desde luego, fue pormenorizadamente disciplinada tanto por leyes rigurosas como
por ciertos juramentos que cada devoto debe efectuar al haberse iniciado en el
complejo mundo metafísico de las danzas y el arte marcial.
Gracias al documentado artículo sobre chamanismo
y religiones primitivas que el afamado antropólogo neozelandés Arnold Bloom, miembro
del Priorato de Auckland, redactó hacia finales de los años cincuenta para la
XII edición de la Anglo-American
Cyclopaedia, se sabe que los chamanes pronto pasaron de la danza de
inspiración animal al examen de lo minúsculo y su misteriosa relación con lo
que después habría de sistematizarse en las ciencias del Secreto: estos
chamanes, profundamente convencidos de las ventajas que siempre trae el trabajo
en comunidad, fueron los primeros en comprender el intrincado lenguaje con que
suelen comunicarse insectos gregarios como las hormigas, las termitas y, muy
especialmente, las abejas y cierto tipo de avispón. El entomólogo chileno
Horacio Michelangeli Durán, citado por el neozelandés en su artículo, así lo
confirma: complejas danzas pueden
observarse en los panales, por ejemplo, cada vez que las abejas exploradoras regresan
de sus excursiones en busca de alimento, formulando entonces una compleja red
de movimientos que tienen por función notificar a sus compañeras, con notable
exactitud, el preciso lugar donde se hallaba el alimento, e incluso la ruta que
deberán seguir para arribar hasta los depósitos frutales, los campos de
verduras y, por supuesto, los pastizales y los jardines en flor. Según el artículo
de la misma enciclopedia que sobre el origen de la agricultura redactó el
agrónomo y ocultista irlandés Warwick Sheridan, tal examen del mundo minúsculo promovió
en los hombres la aparición del sedentarismo y el consecuente surgimiento de
los primeros asentamientos urbanos luego de que, habiendo asimilado los ciclos
del comportamiento animal y la eficiencia de las agremiaciones insectiles, germinó
en la cabeza de los Primeros Hombres la idea de imitar con el cuerpo, e incluso
con el pensamiento, el movimiento cíclico de los astros y el decurso de las
estaciones para después, repitiendo el comportamiento de las abejas en el modo
de producir periódicamente su propio alimento, aprender a cultivar los campos,
cosechar sus frutos y ser los artífices de su propia alimentación, sin tener
que depender exclusivamente de los riesgos de la cacería o las contingencias de
la recolección.
Con la aparición de la agricultura se
dio también la evolución de las danzas sagradas mientras que ambas fueron evolucionando,
no lejos de la dialéctica, paralelamente a la progresiva transformación de las primeras
sociedades: así, la relación de los hombres con el Universo a través del
trabajo en los cultivos dio un giro de 180 grados, fomentando la aparición de
ciencias aláteres de las que también debió nutrirse la nueva danza ritual,
generando diferentes bailes para diferentes fines; fines cada vez más complejos
y difíciles de ejecutar, me temo, a la hora de regularlos a través de las
nuevas artes que exigía la necesaria evolución del Secreto: con la evolución de
las danzas surgida paralelamente a la evolución de la cultura y la sociedad, fueron
apareciendo la cría de animales domésticos, la alfarería, la geomancia, la
ingeniería hidráulica para la correcta irrigación de los cultivos, el levantamiento
del jardín y la terraza floral; el inicio, en fin, de una nueva civilización
cuyos nuevos ordenes requerían nuevas danzas y un estudio concienzudo de los nuevos
movimientos implicados en un progreso quizá tan revolucionario como lo fue la
aparición del fuego o la posterior invención de la rueda: mucho antes de que
apareciera la polémica teoría de Marshall McLuhan sobre el origen de este
instrumento, hacia 1890 el historiador y arquitecto praguense Otto Kupka, gran
amigo de los secesionistas austriacos conocedores del Secreto y genial portavoz
del modernismo checo, fue el primero en proponer que los antecedentes de la
revolucionaria invención de la rueda habían recaído en el estudio de las danzas
circulares con que los primeros hombres imitaban el movimiento de los astros y,
desde luego, del mundo mismo. Para el genial historiador praguense, la rueda
tuvo su origen en la sintaxis cósmica que expresan las danzas más fundamentales
que componen el Secreto; y en este origen, pocos devotos lo niegan, resultó
fundamental el detallado estudio del movimiento que cumplen los pies al caminar:
el núcleo de esta teoría reposa en la idea, poco ajena de geometría, de que una
rueda puede identificarse con una infinita sucesión de pasos humanos cuyo
carácter decididamente cíclico, con cada paso seguido por otro y por otro y por
otro y por otro, resulta del todo análogo al consecuente movimiento del cual se
infirió la rueda. La misma tradición de danzas circulares es practicada aún por
los derviches persas seguidores de Jalal ad-Din Muhammad Dina ar-Rumi y cuyo
baile circular, fundamentado en la metafísica del Secreto, imita el círculo de
los movimientos estelares. Esas danzas circulares, casi sobra decirlo, ponen
especial énfasis en la correcta sucesión del movimiento conque los pies dirigen
ese baile ritual, dibujando siempre círculos sutiles que a su vez permiten el
movimiento circular de los demás miembros del cuerpo y, con refinado sentido de
la estética, del cuerpo como un todo. Se comprende entonces que polémica teoría
de McLuhan sobre la rueda concebida como una extensión, o una derivación, de
los pies del hombre, tuvo su origen en los pormenores del Secreto.
Ocupándose siempre del rigor de sus
propios movimientos, surgió así entre los devotos la necesidad de inventar
tecnologías que pudieran surgir, o ser sugeridas, por las particularidades del
Secreto: por increíble que pueda parecer, inventos como la plomada, el péndulo,
la escuadra, la báscula, la palanca, el giroscopio e incluso los astrolabios y
el sextante, comenzaron a aparecer a lo largo de los siglos en la medida en que
las danzas y las necesidades de la sociedad fueron volviéndose cada vez más
complejas. Con el desarrollo del giroscopio, por ejemplo, gran emblema mecánico
de las danzas circulares del Secreto, pronto fue muy fácil pasar a la invención
de la bicicleta en el siglo XVII: surgió así el llamado velocípedo, inspirado
en la metafísica de los devotos y que era conducido, como una especie de
tautología mecánica, impulsando los pies contra el suelo (posible influencia para
la formulación de la metáfora publicitada siglos después por McLuhan). Grandes
inventos continuaron surgiendo así sobre todo gracias a la preocupación de los
devotos por aplicar su particular área de conocimiento en el campo de las
ciencias y la invención: tal aplicación en realidad prosperó sobre todo gracias
a la necesidad que expresan los devotos de reproducir con sus movimientos el
movimiento mismo de la naturaleza; muchos han sido los devotos que han logrado
aportar grandes avances en el mundo de la ciencia, buscando conseguir que las
máquinas inventadas por el hombre, por ejemplo, puedan moverse con un mínimo de
gasto de energía. Fue así como se inició entre devotos la carrera por concebir
un móvil perpetuo que funcionase de verdad; a partir de entonces, el móvil
perpetuo fue un fin perseguido por muchos conocedores del Secreto durante largo
tiempo, desde luego sin haber conseguido que alguna de esas máquinas funcionara
en realidad. En su lucha por lograr la consecución de semejante utopía, los
devotos podían diferenciar dos tipos de móviles perpetuos, no sólo atendiendo a
su tecnología sino también a la naturaleza de las danzas que en ese entonces rubricaban
el Secreto: la primera fue concebida como una máquina que pudiera ponerse en
funcionamiento sin consumir energía exterior a su mecanismo, lo cual, claro
está, contradice la primera ley de la termodinámica; la segunda fue concebida
como una máquina que produjera un trabajo continuo utilizando como energía una
única fuente de calor que no desperdiciase energía durante su movimiento, lo
que contradice la segunda ley de la termodinámica; ambas máquinas resultaban
así, por tanto, no sólo completamente inútiles, sino completamente imposibles.
Los devotos debieron aceptar, a fuerza de no poder violar las leyes de la física,
que ni siquiera sus danzas podían considerarse ajenas al funcionamiento
universal de semejantes leyes, permitiéndoles enfatizar (y aceptar) la doctrina
de la ulterior desaparición de todo el universo en el momento de su muerte
termodinámica: cosmólogos de renombre y a su vez puntuales conocedores del
Secreto (como el físico noruego Olaf von Koch, responsable de una de las varias
versiones de la heterodoxa teoría cuántica de las súper cuerdas), han desarrollado
mucho la idea, por supuesto inviolable, de que todo lo que nace al interior del
Cosmos también fenece luego de cumplir con el proceso, así mismo inviolable, de
acabar consumiendo toda su energía. Tal conclusión no se puede refutar: las
páginas del físico serbio Ilya Pogorelich no se cansan de enfatizar la idea de
que las máquinas, por complejas que estas puedan llegar a ser, necesitan del
hombre para poder moverse; su necesidad de ser alimentadas por alguna fuente de
energía así lo obliga, puesto que para consumar muchas partes de este proceso
se necesita de la inteligencia o la volición humana, incluso para lograr que
una computadora surta automáticamente de combustible a cualquier tipo de
máquina. Concebido como si fuera una especie de máquina natural, el hombre
también debe ser alimentado por las diversas formas de energía que permite el
alimento. Según palabras del célebre autor de ciencia ficción Raymond C.
Kubrick, la diferencia fundamental entre unos y otros radica precisamente en la
volición: sólo los animales (y entre ellos el hombre) pueden moverse a voluntad:
es decir, cambiar de tiempo y de espacio solamente a través del deliberado
ejercicio de sus movimientos; tal aserto es, desde luego, la consecuencia
lógica de la premisa de Pogorelich que reitera que las máquinas, incluyendo las
de inteligencia artificial, necesitan del hombre y sus decisiones para poder cumplir
con la mecánica de sus movimientos. De otra manera, la existencia de las
máquinas, y aun las computadoras, habría representado solo una vaga quimera o
una incómoda utopía.
No obstante, este estudio místico de la
volición humana por parte de ciertos devotos obligó al desarrollo de una
doctrina herética al interior del Secreto: algunos consideraban que, a pesar de
exhibir una volición muchas veces caprichosa, los hombres no eran más que las
marionetas que Dios gustaba de mover a su voluntad en el tiempo y en el
espacio: así los apóstatas imaginaban que no había en el universo el menor
movimiento que no estuviese planificado por la mente divina; un solo átomo,
comentaban ellos, no podría moverse si la voluntad de Dios no lo quisiera. Por
supuesto, esta doctrina no prosperó en la mayoría de los devotos y fue
condenada al olvido al cabo de algunos años. Sin embargo, esto generó una
acalorada discusión al interior del Secreto; discusión que también se ha dado,
y seguirá dándose, en otros ámbitos de la cultura: los devotos entonces pasaron
a ocupar sus disquisiciones ontológicas alrededor de la milenaria guerra
metafísica que ha tenido lugar entre los partidarios del determinismo y los del
libre albedrío. Hasta el momento, nadie, ni los mismos maestros más
experimentados del Secreto, han logrado descubrir una solución satisfactoria
para esta dicotomía cuya especulación filosófica, no obstante, ha tentado a cada
ser humano en algún momento de su vida. Se considera que los budistas han sido quizá
los más aproximados en aportar una solución satisfactoria: algunos Sutras
relatan que el Buda Gautama fue el primero en asimilar la idea de que el
determinismo y el libre albedrío no podían separarse el uno del otro, considerándolos
como los dos rostros o las dos máscaras de una misma realidad y no como si
fuesen magnitudes, dimensiones o aspectos aislados e independientes el uno del
otro. Así mismo, los monjes budistas del gran templo Kenchoji en la ciudad de Kamakura,
afirman que la gran mayoría de los hombres tienden a pensar que son prisioneros
de sus actos del pasado, y que son estos los que moldean su presente y
entorpecen su futuro, lo cual los encierra en sus creencias deterministas; muchos
otros creen, o suponen, que el libre albedrío los hace lo suficientemente
libres como para fundar su futuro mediante las decisiones que tomen en su
presente, sin que puedan intervenir las decisiones que hayan perpetrado en su
pasado. Para el gran patriarca del budismo Zen Taisen Deshimaru Roshi, ambas
consideraciones son válidas y ambas, según lo demuestra el sentido común, son
absolutamente verdaderas. ¿Cuál de las dos elegir? Los Principales del Priorato de Tokio afirman
que lo correcto es asimilar las dos en franca dialéctica, puesto que, de lo
contrario, el código moral que elija cada quien estaría incompleto o quizá mal
formulado.
Así la doctrina Zen afirma que sí es
posible una solución dialéctica que vincule, o sintetice, ambas posiciones; y
esa dialéctica es, sencillamente, vivir en el aquí y ahora. El Buda Gautama declaró que no podían existir ni el
pasado ni el futuro por fuera de la mente humana, aclarando que estas dos ideas
comportan dos categorías, dos entidades de carácter mental por completo
subjetivas; así se atribuye a Gautama la comprensión de que tales categorías son
sólo ideas, entelequias mentales imaginadas por los acalorados pensamientos del
hombre: simples magnitudes pertenecientes al reino de la invención mental, mas
no de la realidad. Tales ideas, sin embargo, son la principal causa que incuba
el sufrimiento en la enfermiza cotidianidad del hombre: nosotros, nadie lo
niega, nos mantenemos constantemente apegados a las ilusiones de la memoria,
cuando por alguna razón nos preocupa algo del pasado; o a las ilusiones de la
imaginación, cuando por algún motivo nos aterra el futuro. En su teogónica exposición
de la doctrina, el Evangelio de Buda atribuido
a Asvagosha Bodhisattva, es enfático y rigurosamente claro al respecto: el
pasado sólo es memoria y el futuro sólo una idea; la conclusión lógica de esta premisa
resulta de tal transparencia metafísica, que ha cautivado el corazón de los
devotos desde el preciso momento de su formulación por el Buda Gautama en los
alrededores del siglo V a. de C.: los hombres sólo poseen dos cosas: el
instante presente y el lugar donde se hallan; es en ese sitio y en ese instante
(no otra cosa afirma el Sutra del Diamante)
cuando somos verdaderamente libres para tomar las decisiones que poco a poco
van labrando el laberinto de nuestra existencia. Es en el momento presente
cuando se actúa y es en la acción, tal como sucede en el mundo del Arte, donde
el hombre se conjuga con el universo, volviéndose uno con el cosmos a través de
su simple actuar en el mundo.
Tal como se acostumbra en cualquier ritual de iniciación, los devotos del Secreto deben aprender a generar suficiente discernimiento como para leer entre líneas el instante presente, pues es allí mismo, en los movimientos de este inquieto topos espacio-temporal, donde reposan los vestigios del pasado junto a las semillas del futuro: así los aprendices de la danza que buscan pertenecer a la comunidad conocedora del Secreto, pronto asimilan la idea, casi universal, de que la inabarcable cadena de causas y efectos que moldea nuestras vidas, a la que todos estamos enlazados por cierta magnitud vectorial que en el oriente asiático recibe el nombre de Karma, se encarga de erigir la arquitectura de nuestra existencia, vida tras vida, reencarnación tras reencarnación. El karma sería entonces el resultado de todas nuestras acciones del pasado y cuyo efecto se extiende en nuestro presente como una especie de “memoria” o de “compendio” compuesto exclusivamente de todas nuestras acciones del pasado que, según se supone, de muchas maneras ayudan a modelar nuestro futuro; la naturaleza de este Karma es, desde luego, por completo ineludible: nada ni nadie puede burlar el efecto que produce cada una de las causas que mueven al mundo del hombre y aún el de las bestias: nada en el Universo, ni aun el Universo mismo, puede escapar a los inimaginables designios del Karma. Para muchos de los devotos más avanzados que se inician en los misterios del Secreto, Rudolf Steiner entre ellos, tales designios comportan la formulación de una paradoja: el presente importa un momento de libertad absoluta para el hombre, pero al mismo tiempo eso hace que cada hombre sea esclavo de los actos que haya cultivado en su pasado, puesto que muchas de las acciones de su presente son una consecuencia de las de su pasado; tal paradoja convierte a los seres humanos, con todo y sus cambiantes metafísicas, en la más independiente y milagrosa forma de la marioneta. Yukio Mishima alguna vez afirmó: ¡Qué extraño es el hombre! Su contacto mancha, y sin embargo él es la fuente de todos los milagros. Varios son los autores ocultistas de hoy, como el antropólogo mexicano Juan Carlos Matús, especializado en el estudio humanístico de la alquimia, que han confirmado desde su área del saber que los seres humanos, aun a pesar de nuestra volición, somos sólo piezas en el vasto ajedrez cósmico con que los dioses parecen jugarse el mundo; o, para recurrir a una afortunada expresión de Shakespeare, somos solo personajes de una interminable representación melodramática cargada de mitos, verdades e imposturas. A la dilucidación de tales verdades se dedican los devotos que desean, a través del cultivo de la danza y del movimiento sistemático, sumergirse en el estudio que implican los misterios que desde siempre han informado las coreografías del Secreto.
En los albores de la cultura, los bailes
necesariamente expresaban una profunda sencillez como fruto de la poca
complejidad que el mundo de entonces recién había comenzado a manifestar. El decurso
de los siglos y la cuidadosa observación de la naturaleza los fue haciendo cada
vez más complejos, cada vez más intrincados, cada vez más trascendentes. Del
chamanismo a la magia de los druidas, hubo en realidad un trecho muy corto, aun
a pesar de que ambas manifestaciones del trabajo mágico estuvieron separadas
por milenios; sin embargo, como ya se ha sugerido en páginas anteriores, la
evolución de las danzas ha precedido siempre a la evolución de la sociedad. Con
la aparición de las danzas sagradas de muchas maneras relacionadas con el
complejo movimiento de los astros, por ejemplo, apareció la astrología druídica
que, si bien se fundamentaba en los principios astrológicos de épocas y
sociedades del pasado, comportó un importante aporte en la antigua ciencia de
las lecturas estelares. Ese aporte puede rastrearse en la manera en que espacios
de carácter megalítico, como el afamado crómlech de Stonehenge, y que fueron concebidos
primeramente para la indagación astronómica, comenzaron a ser utilizados como
lugar de encuentro para que los devotos pudieran poner en práctica la sintaxis
cósmica de sus danzas siempre en fechas especiales (equinoccios, solsticios,
eclipses, el ciclo lunar y otras formas de la efeméride) fácilmente
pronosticadas por el aparato astronómico que importaba el crómlech. Se
combinaron así dos ciencias antiguas en que el conocimiento de una implicaba el
gobierno de la otra. Sobrará repetir que estas danzas sagradas debían ser
efectuadas cíclicamente, del mismo modo en que se sucedían los períodos
agrícolas cuyas danzas, diseñadas para responder a estas estructuras cíclicas
propias de la naturaleza, debían efectuarse en las fechas clave que exigían tales
períodos con vistas a hacer prosperar el desarrollo de los cultivos. Siglos
después, al entrar en contacto con la doctrina de los pitagóricos, los devotos
descubrieron que la precisión que se observaba en la regularidad de las siembras
expresaba profundos principios algebraicos y geométricos que muy pronto, con la
complejidad de sus guarismos, pasaron a convertirse en compendios de rudimentos
sagrados que cada uno de los devotos debió aprender a interpretar, para luego
poder expresarlos con los movimientos de su propio cuerpo: fue así como las
danzas sagradas comenzaron a describir geometrías invisibles cada vez más
complejas, llenando el espacio con circunferencias, triángulos, curvas, ángulos
esféricos, polígonos platónicos y todo tipo de movimientos de clara y sólida
simetría. El matemático galés sir Morgan Russell, devoto Principal del Priorato
de Cardiff, afirma en las páginas de su Tractatus
Perpetuum Mobilae, que esos movimientos decididamente geométricos podrían
parecer acartonados casi hasta la pesadez; pero la realidad resultaba ser muy
otra: los movimientos de las danzas sagradas fluyen tanto como las mareas
oceánicas fluyen influenciadas por la Luna. De ahí que la formación de los
devotos tome tantos años de prácticas y estudios preliminares: precisamente porque
se requiere de todos esos años de labores previas para que el conocedor del
Secreto aprenda a expresar sus movimientos con absoluta fluidez, al mismo
tiempo que aprenda a respetar la inmanente naturaleza de su estructura
geométrica. Según lo explicitan las páginas de sir Russell con notable claridad,
esa geometría ancestral se transmite puntualmente de una generación a otra, al
tiempo que van desarrollándose nuevos movimientos que respondan a la incesante
mutación del tiempo y el espacio en que continúan inscribiéndose las danzas que
componen el Secreto.
En uno de sus textos clave, el
historiador polaco Henrik Penderecki afirma que es en esa enseñanza dinástica
donde radica la decisiva importancia que tuvo para el Secreto el contacto con el
mundo de la antigua Grecia: así la irrupción del Secreto en el mundo
grecorromano comportó otro gran impulso para el desarrollo de la cultura
occidental. Tal como lo testifica el helenista colombiano José Raquel Bohórquez
Dávila en su monografía sobre las tragedias de Esquilo, la introducción de las
danzas sagradas en el mundo griego data desde los primeros asentamientos
minoicos en la isla de Creta; en el capítulo introductorio de esa misma monografía,
Bohórquez Dávila afirma que, según hallazgos arqueológicos cumplidos por el
afamado Hans Albrecht von Münsterberg (arqueólogo y devoto Principal del Priorato
de Viena), ya en el antiguo palacio de Cnosos (cuya célebre construcción
laberíntica fue atribuida al famoso Dédalo) había una serie de habitaciones de
arquitectura igualmente laberíntica en que los devotos podían realizar, a lo
largo y ancho de esas bifurcaciones, ciertas danzas sagradas concebidas más a
modo de caminatas místicas que de bailes propiamente tales: es conocida la
forma de meditación que en el budismo Zen, por ejemplo, se practica en forma de
caminata, y que es practicada por los bikhus como complemento polar de la meditación
sentada. De igual manera, en las caminatas que los devotos del Secreto cumplían
en el laberinto de Cnosos, también podía observarse un alto nivel de meditación
ejercida, tal como ocurre en ciertas
formas del yoga, precisamente a través de la complejidad de sus movimientos: algo
de las primitivas danzas minoicas perviven en esos meditativos movimientos
rituales. Centurias después, esas mismas coreografías ulteriormente
contaminadas de pitagorismo perduraron en la evolución del Secreto hasta bien
entrado el siglo de Pericles: al esplendor de la civilización griega
correspondió el esplendor de las danzas sagradas acostumbradas por los devotos de
aquellas islas del Mediterráneo.
Aun así, en esa evolución no todo pareció
implicar un éxito: en un intento por desacreditar la metafísica del Secreto,
uno de sus contradictores más desfavorables y mejor dotados para el ejercicio
de la dialéctica fue, sin lugar a dudas, Zenón de Elea, quien con sus paradojas
pretendió negar el movimiento y toda posible extensión del espacio y el tiempo por
fuera de nuestros pensamientos. Notable discípulo de Parménides, Zenón se
preocupó siempre por propugnar una clara defensa de la filosofía concebida por
su maestro alrededor de la idea de la indiferenciada homogeneidad del Ser, sobre todo gracias a que sus
filosofías de la substancia única que compone al Cosmos comparten una
multiplicidad de conceptos que cada uno de los dos, no obstante, acabó por
interpretar a su manera: famoso es el hecho de que hoy sabemos muy poco sobre
la filosofía de Zenón, y que sólo conocemos su pensamiento a través de las
paradojas que nos legó, a través de citas que de sus aporías hicieron
Aristóteles y Platón, y con las que buscó impugnar la posibilidad de todo
movimiento al tiempo que la validez del espacio, la existencia del tiempo y la
veracidad de nuestras percepciones: conceptos todos que, para la compleja metafísica
que se preconiza en las danzas que componen el Secreto, resultan del todo fundamentales
en su manera de concebir la sintaxis cósmica que cimenta todo movimiento
cumplido al interior del espacio-tiempo. El afamado razonamiento de Zenón es
más o menos como sigue: se propone una carrera entre Aquiles, símbolo de la ligereza,
y una tortuga, símbolo de la morosidad. El trayecto se establece en una
distancia no especificada entre los puntos A y B. Aquiles, magnánimo, le
concede a la tortuga
Con el posterior advenimiento de las
filosofías de Aristóteles y Platón, el Secreto alcanzó un grado más en la
complejidad de su perfeccionamiento. Sobre todo gracias a que Aristóteles y sus
peripatéticos (una especie de filósofos caminantes) fueron los primeros en tomar
en serio el espacio como una realidad extensa y universal que existía por fuera
de la mente humana, oponiéndose así a la doctrina de Platón, su afamado
maestro, que proponía justamente lo contrario. Fue así, según se explica el Diccionario de Filosofía del
controvertido filósofo catalán Juan José Maldonado, que fue gracias a los
avances aristotélicos en filosofía como los conocedores del Secreto comenzaron
a darse cuenta de que, ya en el vulgar movimiento de un paseante o en el mero
acto de caminar, podían registrarse magnitudes caras a los conceptos místicos
que fundamentan la sintaxis cósmica que se preconiza en las coreografías del
Secreto. Y es justamente allí, en la filosofía de Aristóteles y su teoría de la
catarsis o purificación del espíritu aplicada por los devotos a la danza
concebida a modo de ritual, donde surgió el mayor avance filosófico para los devotos:
surgió así entre ellos la ontología, por completo fascinante, en que se postula
una inviolable y sucesiva interacción entre el hombre y el espacio que lo
circunda; es decir: transfigurándolo con sus movimientos casi a modo de magia,
de milagro o de taumaturgia cinética concebida para transformar el espacio a
voluntad: basta el movimiento de un solo hombre, o de un solo ente, a lo largo
y ancho del espacio para al mismo tiempo ir transformándolo con sus contornos como
si fuera arcilla. Ahora bien: si para Parménides el ser es una substancia única
e indivisible, resulta lógico pensar que el mero movimiento de un bailarín de
muchas maneras transformará, con la sublime complejidad de sus traslaciones, esa
sustancia única expresada en el espacio y en el tiempo, a la vez que el
bailarín se transforma a sí mismo por ventura de sus propios movimientos. Así,
el espacio dejaría de ser lo que es con cada nuevo movimiento cumplido por
alguien, o por algo, y que al ir desplazándose libremente por su interior
habría de transformarlo momento a
momento en algo diferente de lo que ya es. El místico escritor chileno Miguel
Serrano comenta así, en su hermoso volumen La
Serpiente del Paraíso, que el aparente vacío que nos rodea en realidad
estaría lleno cierta materia sutil (la materia oscura de los cosmólogos) en constante
transformación, debido precisamente gracias a los movimientos de todos los
entes que integran el Ser: el mundo, dice Serrano, es concebible como una
comunidad de sistemas que conviven en un mismo presente, corrigiéndose e
influenciándose mutuamente con cada segundo que pasa y cada ser que lo transita.
No de otra manera se elaboraba la sintaxis metafísica de los peripatéticos: eslabonando
sus razonamientos a medida que se paseaban por los jardines del Liceo fundado alguna
vez por el Estagirita en las afueras de Atenas. Fueron esos caminantes sistemáticos
quienes descubrieron que tales magnitudes podían expresarse en una suerte de
metafísica cósmica, por lo demás harto sencilla, bastante conocida en el complejo
mundo de la mística oriental: Chantal Maillard –notable conocedora del Secreto-
afirma en una de sus páginas redactadas sobre las doctrinas hindúes que
defienden al señor Shiva (deidad encargada de destruir y crear el universo a
través de la incesante cinemática que comporta su danza) que el movimiento de
una hoja mecida por el viento no es el resultado de la simple acción del uno
sobre el otro, sino la íntima correspondencia (los cuánticos lo llaman
“intercambio energético”) que se da entre sus partículas y en cuyo movimiento simultáneo
se conciertan, o se fusionan, ambos seres como una sola entelequia que, no
obstante, se ofrece a nuestros sentidos como dos organismos diferentes y
aparentemente separados en el espacio, pero que en realidad sólo son superficialmente
distintos: la famosa Teoría Cuántica Ondulatoria descubierta (o inventada) por
el genial Víctor de Broglie predice que, a nivel subatómico, no podría saberse
dónde termina el uno y dónde comienza el otro. De ahí la aceptación universal, no
solo por parte de los devotos y los discípulos de Parménides, de la doctrina que
concibe el Universo como una substancia (o entidad) continua y extensa, y por
tanto, completamente transformable con el más mínimo de los movimientos. Según lo
atestigua el controvertido filósofo escocés Duncan McCulloch en su bella
monografía sobre el Liceo de Aristóteles, fue esa la piedra angular que permitió
el posterior éxito de la filosofía peripatética entre los devotos del Secreto: recorrer
el camino para transformar el pensamiento y pensar el camino para transformar
el movimiento. Así el Ser de Parménides podría llegar a identificarse con el
dios de Spinoza: Dios está en todas partes porque Dios es todas las partes. Según la filosofía peripatética (asaz cercana
a la que cultivan los devotos), recorrer el camino sería entonces lo mismo que
conocer a Dios.
No obstante, la filosofía de Platón también hubo de aportar una serie de conceptos fundamentales que, hasta el día de hoy, son disciplinadamente estudiados por los devotos y que, como una especie de transformación al interior de su propia metafísica, dotaron a la metafísica del Secreto con abundante material filosófico de carácter idealista. En sus estudios filosóficos, Paul Valery afirma que tal serie de conceptos reposa en una sola idea elemental relacionada con el antiguo concepto platónico del arquetipo: el modelo universal para cada sustantivo que puebla la Tierra y que, según suponen las páginas Platón, reposa en algún lugar de los cielos y del cual deriva su torpe representación en el pedestre mundo de materia y carne a manera de objeto. Se convino así entre los devotos la efectiva existencia de modelos arquetípicos para cada uno de esos bailes sagrados cuya sintaxis, ocioso resulta recalcarlo, debía expresar puntualmente la complejidad de la metafísica que compone el Secreto. Es decir, tal como lo explica el coreógrafo suizo Carl Gustav Winckelman en su hermoso tratado sobre danza antigua, entre los Prioratos se concertó la idea de que las danzas del Secreto responderían a una serie de patrones, de modelos que los peripatéticos denominaban universales y que fácilmente podían equipararse a ciertos esquemas, especies o naturalezas que se pondera en el mundo de la astrología. Así, después de la sutil introducción de los arquetipos platónicos, se abrió el camino para que los conocedores del Secreto recibieran el sofisticado aporte de la astrología moderna. Es del conocimiento público que esta ciencia (algunos la consideran sólo un saber) radica en la observación de patrones de comportamiento fundados en la influencia que los diferentes planetas del Sistema Solar operan sobre las personas y cuya naturaleza se ve claramente representada, o cifrada, por ciertos arquetipos que pueden reconocerse en los doce signos del zodíaco, y, más complejamente aún, en esa suerte de simbología alátere con que se inflama la compleja mítica que nutre el ámbito de sus pronósticos; también es sabido que cada uno de esos signos importa una a esencia, y que cada una de estas esencias posee una idiosincrasia (representada a través de alegorías y metáforas) que le es propia y connatural; tal idiosincrasia desde luego se concibe para explicar el comportamiento y la forma de ser de los individuos quienes, lejos de tolerar una masa informe, caótica o siquiera mínimamente aleatoria, en realidad responden a los parámetros comportamentales que cada signo comporta, concebido éste como una suerte de arquetipo, de mapa o de principio de orden conductual. En su legendario manual de astrología El Universo de los Astros, Hadés afirma que, aun a pesar de la rigurosidad de estos patrones, cada individuo es muy diferente a los demás y, por tanto, sus movimientos responderán a naturalezas y caracteres muy distintos; incluso esta diversidad puede verse reflejada de manera geométrica en la misma circularidad de la carta astral: es decir, en el gráfico posicional cuya estructura refleja las infinitas variaciones de estos patrones de manera perfectamente geométrica: los llamados “aspectos” comportan el rigor de estas variaciones y comportan además un conjunto simultáneo de patrones geométricos que son fruto de la irrepetible disposición que tuvieron los astros en el momento del nacimiento de cada quien y cuya expresión, la misma de lo individual inmerso en lo colectivo, es única para cada carta astral; así la naturaleza única de cada quien responde en realidad a una compleja variante de los doce arquetipos universales que integran el zodiaco. Así, recibiendo la benéfica influencia de la disciplina astrológica, cada una de las danzas que conciertan el Secreto pasó a expresar el rigor de esos arquetipos. Tal proeza puede lograrse a través de ciertos desarrollos de un conjunto preexistente de movimientos altamente complejos y codificados a modo de coreografía que también responde, desde luego, a ciertos patrones universales conservados por los Prioratos de generación en generación: esta dialéctica ha permitido que durante siglos se hayan derivado una serie de danzas sagradas concebidas para reflejar estos patrones zodiacales, al tiempo que deben reflejar la evolución de la sociedad en cuyo senos aparecen estas diversas formas de la coreografía. Así cada nueva danza que surge puede verse como la expresión de tal o cual individualidad prevista por una determinada carta astral, tanto como por las improntas culturales que rodean la circunstancia de dicha carta astral a modo de contexto o coyuntura: cada devoto puede tener así, infiriéndola de su propia carta astral, su propia versión de tal o cual danza perteneciente a las órbitas del Secreto.
3.
Además de Zenón, en la historia del
Secreto no han faltado otros célebres contradictores; al surgir la Inquisición
en el siglo XIII, por ejemplo, el Secreto se vio bajo gravísimo peligro: su
relación con las filosofías y las costumbres del mundo antiguo, consideradas
paganas y enemigas del pontificado, pronto culminó en la condenación de su
metafísica, estigmatizándola como una serie de pecaminosas herejías que
atentaban contra la integridad de fe católica. Fray Filipo Benedetti, célebre
cronista benedictino especializado en la historia “herética” del Secreto,
afirma que básicamente fue una sola la idea que enemistó a la iglesia con la
doctrina coreográfica de los devotos: según la metafísica del secreto, las
danzas sagradas hacen de los practicantes los verdaderos demiurgos encargados
de pulsar los hilos que mueven al Mundo, y no lo contrario; es decir, no pueden
ser considerados simples marionetas de Dios: en realidad habrían de ser los
devotos quienes, a semejanza de ciertos dioses del mundo antiguo, tendrían en
sus manos el completo control, o por lo menos, una influencia muy amplia sobre el
universo a través de la complejidad de sus coreografías. De ahí que los
conocedores del Secreto, y su filosofía herética, fueran considerados un
peligro mortal para la estructura ideológica representada por los miembros de
la iglesia gobernada por el Papa. Y aunque no fue la primera vez que el Secreto
estuvo en peligro, sí fue la primera en que los devotos debieron renegar de su
metafísica para arrodillarse ante la Cruz y abjurar en público de las
inmanentes voluptuosidades que comportaban sus coreografías sagradas. Los
devotos fueron perseguidos, escarmentados y condenados a la hoguera con vistas
a arrancar del mundo esas “desvergonzadas” formas de la apostasía: ser
purificados por el fuego inquisidor era la suerte que debían correr los
heresiarcas de la danza y aun su infortunado séquito de seguidores. La
proliferación de las purgas, las hogueras y las muertes en la cruz buscaron así
la desinfección de los conocedores del Secreto, tratando de imponerles los
mismos dolores y las mismas vejaciones que el Cristo y sus mártires debieron
padecer para lavar los pecados del hombre: rubricados bajo el rótulo de cismáticos,
pronto los devotos pasaron a practicar sus rituales en secreto y, en la medida
de lo posible, lejos de las geografías de influencia católica. Se pasó así a
ejecutar las danzas en las cumbres de las montañas o en la profundidad de los
bosques y los páramos, lo cual, asemejándolos todavía más con las logias
heréticas que practicaban alguna forma de la magia en los parajes solitarios,
encendió con mayor vehemencia el desprecio con que la iglesia encarnizadamente
se manifestó en contra del Secreto. Los escarnios públicos de los devotos
pronto pasaron a convertirse en el espectáculo principal con que se alegraba la
monótona cotidianidad de las villas medievales. La humillación de esas
vicisitudes resultaba inhumanamente vergonzosa; el dolor de sus torturas, por
completo infinito. Por increíble que pueda parecer, fue la santidad preconizada
siempre por la iglesia el origen y el vehículo de semejante infamia.
Por desgracia, la irrupción del mundo moderno no fue más grato para con los conocedores del Secreto. Con la aparición de Lutero y su Reforma Protestante, sobrevino una especie de segunda persecución y que tuvo por fin acaso no sólo privarnos de las imágenes y los talismanes típicos que fomentó el arte alátere con que, a manera de símbolos de carácter didáctico, también podían transmitirse las enseñanzas del Secreto, sino además de borrar cualquier manifestación de la sensualidad y el erotismo que podía apreciarse como parte natural de las danzas que esforzaban los devotos, por no mencionar el enorme acervo de movimientos y pases mágicos que solían percibirse en el tránsito disciplinado de los conocedores del Secreto en la simple y llana cotidianidad: para caminar por las calles, los devotos debían observar una serie de movimientos rítmicos que tenían por fin mantener el espíritu de las coreografías mientras no se estuviera danzando.
Otro de los más afamados contradictores que reprochó la metafísica del Secreto surgió al principiar el siglo XX: desde su filosofía crítica del lenguaje, el austriaco Ludwig Wittgenstein se irguió como uno de los más agudos pensadores de aquella convulsionada centuria ávida de conocimiento y como uno de los mayores talentos analíticos que haya dado la historia de la filosofía. Wittgenstein se preocupó sobre todo de refutar los “inverosímiles” componentes metafísicos del Secreto: argumentando la naturaleza subjetiva del manejo del lenguaje y su manifiesta inexactitud para formular enunciados filosóficos que tuvieran sentido (de manera objetiva) por fuera de su propio sistema, Wittgenstein negó toda posibilidad de que los devotos pudieran experimentar las danzas desde un punto de vista arquetípico, puesto que el lenguaje es articulado por cada quien de manera completamente subjetiva, aun a pesar de su inmanente flexibilidad, lo que permite diferentes juegos del lenguaje; inclusive admitiendo que su uso sea por completo privado y dependiente del contexto o del usuario que recurra a tal o cual forma de articular un mismo lenguaje. Es decir: si para los devotos la danza es una experiencia homogénea, arquetípica y colectiva, para los espectadores externos del tal o cual danza nada asegura que estas coreografías en realidad tengan un sentido místico arquetípico, todavía menos atribuible a una supuesta relación con la divinidad alcanzada a través del movimiento: el hecho de que los devotos compartan un sistema para efectuar sus danzas, no implica la existencia arquetípica de semejantes danzas ni tampoco la existencia de una potencia divina con la cual se pueda establecer una comunicación mística por ventura de un movimiento complejamente reglamentado. Mucho menos tratándose de un lenguaje fundamentado en algo todavía más improbable como los órdenes de la astrología o en la supuesta universalidad de un arquetipo; tal aseveración también se descubre implícita en las ideas que el genial Erwin Schrödinger aportó al mundo de la mecánica cuántica: siendo el Universo una experiencia completamente subjetiva y no del todo referible por el lenguaje coloquial de la cotidianidad, resulta poco probable que cada cual logre comprender exactamente lo mismo que otro sobre alguna coreografía en particular. Así, para la ontología analítica de Wittgenstein, concebir patrones para referir una misma experiencia a la hora de compartir una danza, en realidad habría de comportar una falacia no formal de inatingencia. Para negar la naturaleza platónica y caprichosa de esos patrones, el filósofo austriaco razonó así: puesto que mi experiencia de un dolor de muelas no puede ser comparada con la experiencia del dolor de muelas de alguien más, que desde luego existe en otro lugar del espacio y otro momento del tiempo, nada nos garantiza que el lenguaje (esa borrosa forma de la comunicación con que solemos expresar la subjetividad de nuestros pareceres) sea capaz de dar cuenta de esas experiencias separadas en el tiempo y en el espacio como una experiencia compartida, o arquetípica, y, con mayor perplejidad aún, bajo la forma de una misma expresión lingüística impuesta nada más que por una mera convención de la cultura. Se trata, afirma Wittgenstein, de experiencias diferentes, estrictamente subjetivas y por completo privadas.
4.
Los protocolos del Secreto han sido
siempre de lo más estricto que se puede dar en una sociedad secreta; no en vano
los devotos son dados al estudio de las artes mágicas y demás formas del
ocultismo, en busca, sobre todo, de beneficiar su conocimiento y su práctica
del movimiento: fue así como la Orden de la Rosacruz surgió como una logia
“exterior” del Gran Priorato de Edimburgo, así como la Aurora Dorada es una
logia exterior de la Orden Rosacruz: pervive así entre los devotos, desde hace
milenios por la rigurosa gallardía de los protocolos, el espíritu chamánico de
los orígenes. Sabemos, sin embargo, que la verdadera magia del Secreto radica
en la compleja naturaleza de sus movimientos. Por su parte, la sintaxis metafísica
que informa estos protocolos es más o menos como sigue: todo movimiento del
cuerpo surge como resultado de una infinitud de otros movimientos que abarcan
la completa naturaleza del cuerpo humano, yendo desde lo más imperceptible,
como el funcionamiento interno de los órganos e incluso el de las células,
hasta lo más evidente, como los movimientos que a diario cumplen los miembros
de la anatomía humana cuya naturaleza mecánica, ya se sabe, fue siendo sistematizada
a modo de ritual por los sucesivos conocedores del Secreto. Al decir del noruego
Ferdinand von Haakon, famoso coreógrafo especializado en las danzas nórdicas
del siglo XVII, tales movimientos
habrían de estar íntimamente ligados unos con otros a través de una innumerable
sucesión de causas y efectos que, a modo de rompecabezas, vienen a desembocar en
el aquí y ahora de nuestro presente: valga decir, en todas partes todo el
tiempo. Semejante decurso de movimientos sólo cesará, según se afirma en las
leyes de la termodinámica, cuando el universo alcance su ulterior momento de
equilibrio termodinámico: justo para cuando ya no sean posibles las
transferencias energéticas de lo caliente a lo frío y, en consecuencia, se
detenga toda forma de trabajo propiciado por ese movimiento fundamental de la energía,
y cuya interrupción toleraría, desde luego, la muerte térmica del Universo. Ahora
bien, considerando el cuerpo humano a un nivel micro-cósmico de marcado carácter
local, no puede decirse que tales movimientos en realidad puedan detenerse, ya
que, a ciencia cierta, ni siquiera lo hacen en el momento de la muerte:
bastante conocido es el principio termodinámico que afirma la no destrucción y
la no creación de la energía; sólo existe, en principio, su incesante
transformación en diferentes formas de materia mientras sus propiedades, como
la temperatura o la densidad, se transmiten o se reparten sutilmente entre los
diferentes sistemas físicos que comporta el mundo. Según ha sido conjetura del
físico suizo Klaus Rainer Hofstädter, devoto Principal del Priorato de Ginebra,
este principio universal ya era conocido por los conocedores del Secreto, a
modo de saber esotérico, desde mucho antes de su formulación científica en el
siglo XVII. Tal principio termodinámico de la no destrucción de la energía tendría
sus consecuencias metafísicas, desde luego harto conocidas por los devotos: primero,
implicaría la no desaparición o la no disolución del hombre después de la
muerte, aun a pesar de la putrefacción de sus carnes, puesto que, debido a las mismas
leyes de la termodinámica, su muerte no podría asumirse como una conclusión
definitiva: la energía de su materia (y desde luego la de su espíritu) sólo
pasaría a experimentar un proceso de transformación en que, obligatoriamente,
habría de convertirse en “algo más” y por completo diferente a su grosero
estado anterior. Resulta ejemplar la creencia del budismo en la que se afirma,
o se propone, que la muerte de un organismo aquí –o su pérdida total de
energía- provocarían el nacimiento de otro un poco más allá: la energía no se
destruye, lo reitero; sólo se transforma. Resulta lógico pensar que ese sería
el fundamento, o cuando menos, uno de los fundamentos científicos capaces de
validar la transmigración de las almas y su metempsicosis a lo largo y ancho de
las eras con que poco a poco la Eternidad va decantándose en Tiempo. La muerte sería
así sólo una transición, una fase más en el largo, y muchas veces agónico,
proceso de la existencia: el Sutra de
Benarés sugiere así que la muerte sería sólo una metamorfosis, un proceso
de transmutación o de traslación en que la energía vital pasa a reposar en un
imperceptible estado de latencia que, tarde o temprano, volverá a manifestarse
en el mundo material a través del movimiento.
Según se lee en las famosas cláusulas
del Manual de Magia Contemporánea, redactado
en la Universidad Poitiers no hace mucho por el conocido teósofo Serge Raymond
de la Rochelle, otro de los principios fundamentales de la sintaxis cósmica que
subyace en los pormenores metafísicos del Secreto es que el movimiento, y sus
consecuencias, no podría considerarse un don exclusivo del Reino Animal: aunque
una planta o un árbol no pueda desplazarse ni cambiar de sitio, en su interior
se cumplen una larga serie de mutaciones y transmutaciones posibles sólo
gracias a que el interior de la materia (o la energía) siempre está en
movimiento: es el movimiento de átomos y electrones lo que permiten a floemas y
xilemas, por ejemplo, transportar por el tallo de las plantas la savia que las
raíces extraen de los nutrientes del suelo y que permiten el intercambio de masa
entre una célula y la otra, para que luego, durante el proceso de la
fotosíntesis, las hojas produzcan la necesaria clorofila mientras la planta
transforma gas carbónico en oxígeno como parte de esa transmutación fundamental;
de ahí que ni siquiera las piedras del camino puedan considerarse como meros seres
inertes: incluso en los minerales puede verificarse algo de movimiento interno,
sobre todo gracias a que los cuantos de energía que componen su materia no
dejan de moverse ni por la más mínima fracción de segundo: todo al interior de
las rocas, los minerales, las montañas y demás manifestaciones de la materia
telúrica llamada inerte, pueden considerarse también una manifestación,
inenarrablemente sólida, del incesante movimiento cósmico.
En sus artículos sobre el Secreto
redactados para la Edinburgh Encyclopedia,
Carlyle no niega la posible transitoriedad del universo y se muestra de acuerdo
con la tesis, canónica en el mundo místico oriental, que postula la
transitoriedad absoluta de todo el universo: ni siquiera el más grande de los
astros, o la mayor de las galaxias, podrá burlar el momento de su muerte
termodinámica. Schopenhauer, poco ajeno a las fuentes orientales del Secreto, así
lo afirma en su tratado El Mundo como
Voluntad y Representación: nada en el Cosmos puede considerarse como una
entelequia absolutamente permanente; según las páginas de este lúcido pensador,
solo la voluntad, que es, de hecho, una de las principales preocupaciones
metafísicas de los devotos, permanece como la fuerza subyacente e inalterable que
mueve a toda la Creación, era tras era, dinastía tras dinastía, universo tras
universo. Según el geólogo sueco Erich von Koch, notable exégeta del Secreto
afiliado al Priorato de Estocolmo, los efectos de la Voluntad (la misma que
moviliza a todo el Universo), pueden rastrearse fácilmente en el mundo telúrico
del planeta; por ejemplo, en la deriva continental de las placas tectónicas o en
el ardoroso movimiento del magma interior que compone el centro de la Tierra y
agita los volcanes: así como los planetas giran sobre sus ejes y se desplazan
alrededor del sol mientras las galaxias se alejan unas de otras con formidable
velocidad, así las partículas subatómicas que conciertan la materia cumplen
movimientos análogamente complejos al interior de cada átomo que se moviliza en
cualquier manifestación de las energías y los eventos telúricos: todo en el
mundo es movimiento perpetuo; nada estará verdaderamente quieto. Así, mientras
la sagrada voluntad del cosmos continúe manifestando su taumaturgia a través
del cabal movimiento de sus criaturas, los conocedores del Secreto seguirán con
el protocolo sagrado de sus coreografías.
Releo estas líneas y percibo que debe
hacerse una aclaración: la termodinámica predice un ineludible final para el
Universo concebido como un todo; nada de lo que hay en él, por remoto o antiguo
que sea su emplazamiento, podrá sobrevivir cuando el sistema completo alcance
su momento de equilibrio termodinámico; es decir: el sistema morirá cuando todo
el universo alcance la misma temperatura y deje de haber, por lo tanto, energía
en movimiento. Desde luego, la cosmología postula que este destino habrá de
cumplirse dentro de cientos de miles de millones de años, pero se trata claramente
de un destino que el universo no podrá evitar. Para la mejor asimilación de
semejante magnitud de caducidad, se deberá abordar su postulado a través de ciertas
metáforas que durante milenios se han publicitado en el universo de las místicas
y la religión, e incluso en el de la literatura: este Fin del Mundo podría
pensarse como el Apocalipsis y la Segunda Venida de Cristo de que habla el
Libro de las Revelaciones; o como el Despertar de Brahma luego de su Sueño
Inmemorial según los Vedas; o como la Vuelta al Vacío de que hablan los Sutras del
Daibutsu; o como la Muerte de los Dioses que se estima en las Eddas escandinavas
y la Mitología germánica; o como el Ocaso del Olimpo de que hablan las páginas
de Hesíodo; o como el Hundimiento de la Casa Usher en el cuento de Edgar Allan
Poe; o como el Descenso a la Ceguera por parte de Homero en la memorable página
de Borges… Todas esas metáforas, me temo, llevan por símbolo la desaparición
del Cosmos como lo conocemos hoy, aunque seguramente para dar cabida a alguna
otra forma de Universo, puesto que, como ya lo he repetido en varias ocasiones,
la energía no puede desaparecer; por tanto resulta más que probable que el
Universo habrá de transmutarse en alguna otra cosa por completo diferente a lo
que hoy conocemos como nuestro Mundo. En ese orden de ideas, el astrónomo
asturiano Felipe Álvarez de la Serna afirma, no lejos de la sensatez, que
resulta bastante más que probable que existan otras leyes y otras físicas en
esos otros universos, que podrían ser no solamente sucedáneos del nuestro, sino
también posiblemente paralelos a él. Aun así, los devotos reconocen que resulta
toda una certeza que en todos esos nuevos universos el movimiento habrá de ser su
naturaleza o, por lo menos, su atributo fundamental.
Razones físicas para defender tales
metáforas no han faltado en el dominio de la Ciencia: el cosmólogo danés Christian
de Brahe comenta en su tratado La danza de las galaxias que el mundo se
originó en una descomunal explosión que creó, en un mismo instante, al tiempo y
al espacio, poniendo en movimiento toda su energía a tal velocidad, que, según
la famosa ecuación de Einstein, terminó acuñando suficiente energía como para
acabar transformándose en materia; materia que nuestros telescopios pueden observar
en las noches del presente, aunque la luz de su energía nos tarde en llegar
varios millones de años, haciendo que, gracias a la increíble fuerza de esta
explosión, nuestro universo continúe ensanchándose desde la noche de los
tiempos hasta el futuro momento de su ineludible muerte termodinámica. Muchos
cosmólogos, entre ellos De Brahe, gustan especular que toda esa materia en
expansión necesariamente tendría que alcanzar un punto crítico en que su propia
gravedad podría detener el movimiento expansivo, haciendo que el universo
comience a “retroceder”, obligándolo a recorrer el camino en sentido inverso
hasta colapsar en una gigantesca implosión. Tal como se confirma en las páginas
del anónimo tratado Certidumbre del
Daibutsu, Sutra fundamental del budismo Zen redactado en la Kioto del siglo
XIII y apócrifamente atribuido a Usutzu Muhuro (monje custodio del Pabellón de
Oro), podría entenderse que tal sucesión de universos producto de un eterno
ciclo de explosiones e implosiones, respondería a la verdadera naturaleza
rítmica del Universo: una naturaleza cíclica cuya dialéctica no puede abandonar
el movimiento en ningún instante del tiempo ni en ningún rincón del espacio,
comportando así, para explicitarlo con más metáforas, la respiración del
creador, los pulsos de su latir o el ciclo que se cumple entre su sueño y su
vigilia. Creación-destrucción, diástole-sístole, inhalación-exhalación,
día-noche, sueño-vigilia: tal es la dialéctica que rige al universo en la
eterna sucesión de sus muchos rostros y los incesantes movimientos creadores de
su inagotable danza cósmica. Es, a su vez, el ritmo propio de la sintaxis
cósmica en que todo el universo se refleja en cada uno de sus seres, cada uno
de sus actos, cada uno de sus astros, cada uno de sus defectos, cada uno de sus
atributos, cada uno de sus instantes y, por supuesto, cada uno de sus
movimientos. Como se ve, la ciencia no podría separarse de la metafísica y la
metafísica no podría considerarse una disciplina vulgar, menor que la ciencia.
Como parte de los protocolos que los
conocedores del Secreto comparten en sus diferentes Prioratos y como una
especie de puente astrológico al que de muchas maneras los devotos recurren
para unir su metafísica con el mundo de la ciencia, las principales danzas
sagradas suelen realizarse en ciertas fechas de relevancia para el mundo de la
astrología, aun cuando los devotos efectúen grupalmente todo tipo de danzas místicas
a lo largo y ancho del año. Según se estipula en el decálogo reglamentario del Priorato
de Edimburgo, tales fechas principales son de índole universal y su ejecución
debe ser respetada y observada por todos los devotos alrededor del mundo. La
función de dicha universalidad resulta de comprensión harto simple: al
considerar la danza como un lenguaje concebido tanto para comunicarse con la
divinidad y el mundo de lo trascendente, como para mantener el orden y la
simetría entre los órdenes telúrico y celeste que se conjugan en el núcleo del
Secreto, se hace necesario que ese lenguaje sea articulado masivamente y por
unanimidad a la hora de invocar la sintaxis cósmica de sus coreografías. Defendiendo
la rigurosidad de esas efemérides desde las páginas de la revista esotérica Nuevo Planeta, Franz Claudius
Enzesberger, considerable ocultista checo afiliado al Priorato de Praga, afirmaba
que no debería entenderse la existencia de fechas y danzas aláteres como una
manifestación del caos o la indisciplina. Al contrario, debería comprenderse
como una especie de subdivisión del mismo tenor que tienen las subdivisiones en
el mundo de la música: así como las composiciones musicales dividen sus
melodías en temas y los temas en frases y las frases en períodos y los períodos
en sub-períodos y los sub-períodos en compases y los compases en motivos, el
mundo metafísico del Secreto responde a subdivisiones semejantes que, además, jamás
han estado reñidas con el mundo de la geometría fractal: es fama que las figuras
fractales, de cuya topología se nutre toda la Naturaleza, repiten su estructura
infinitamente sobre sí misma, observándose en ellas el mismo patrón a cualquier
escala; los bulbos repetidos de una coliflor o las rítmicas nervaduras de un
árbol informan un buen ejemplo: del mismo modo se han articulado las danzas del
Secreto durante siglos, fungiendo en el espacio y el tiempo como una especie de
sombra de un híper-volumen: la sombra de un tesaracto formado por una infinita red
de volúmenes que repite su estructura en cada una de sus partes sin importar lo
pequeña que ésta pudiera llegar a ser.
Tal como se recomienda entre los
teólogos irlandeses afiliados al Priorato de Dublín, los conocedores del
Secreto deben combinar el estudio de todas las ciencias (naturales, exactas y
sociales) con el esforzado estudio de la mística, la metafísica, el ocultismo,
la teología, las religiones comparadas y aun las diferentes mitologías que ha
conocido el orbe. Semejante enseñanza holística ha sido fundamental para la
formación integral de los devotos quienes, a modo de alquimistas, ante todo
buscan su transformación interior a través del orden exterior que comportan las
danzas sagradas concebidas a modo de herramientas, de instrumentos capaces de
abrir las puertas de muchos otros universos que, en puntuales dimensiones
paralelas, parecen convivir con el nuestro. Se acostumbra así en los diferentes
Prioratos a que sólo cuando el devoto se encuentre lo suficientemente maduro y bien
preparado a nivel teórico, sus maestros lo examinarán para comprobar si en
verdad puede ser introducido al complejo mundo de las artes marciales y la
danza ritual. Estos estudios preliminares abarcan largos años de metódica y
disciplinada preparación, que dependen, directamente, de las capacidades
naturales y las necesidades particulares de cada uno de los devotos. Esos
estudios deberán prolongarse sobre todo hasta que el devoto sea capaz de
soportar la enorme responsabilidad que el destino le otorga como representante
en la Tierra de Shiva Nataraja, el dios bailarín que crea y destruye el Mundo
al articular, segundo a segundo, su interminable danza sideral.
Otra de las políticas fundamentales que conforman
los protocolos del Secreto, radica en la firme convicción de que las danzas
sagradas, casi por obligación, deben ser reinventadas o renovadas de una
generación a otra, como una especie de tributo o de ofrenda a los dioses que
rigen los movimientos cíclicos del tiempo. Así cada danza evoluciona
constantemente, pasando a reflejar el espíritu de una determinada época sin
abandonar del todo el diseño original (o arquetípico) de sus coreografías. Cada
nueva versión de una determinada danza es cuidadosamente examinada por un
concilio internacional de Devotos Principales que representan los Prioratos más
relevantes para la regencia de la logia. Tal concilio, amparado en el enorme
acervo de danzas heredadas del pasado, ha tenido siempre el objeto de escoger,
de entre las danzas que de continuo aparecen como reinvención de los modelos
tradicionales, cuáles pasarán a formar parte del repertorio oficial de cada
generación. Se trata en realidad de una tarea poco fácil y muchas veces
ingrata, sobre todo debido a que una de las principales reglas que los
conocedores del Secreto están obligados a reverenciar, es que la autoría de las
danzas renovadas de tanto en tanto debe permanecer en un completo y perfecto
anonimato. Básicamente el concilio escoge así las danzas que todos los devotos
deberán ejecutar de manera idéntica a lo largo y ancho del mundo durante una
misma generación. El concilio debe decidir así cuáles son las versiones que
representan la esencia de las enseñanzas y que a su vez responden adecuadamente
al momento histórico y al objetivo místico para los cuales fueron concebidas. Sin
embargo, las versiones no seleccionadas no se echan al olvido: el Priorato de
Edimburgo decreta que, recurriendo a una pormenorizada notación coreográfica
inventada en el siglo XVIII por los Principales del Priorato de Viena, deben
archivarse bajo todos los rigores posibles, esperando a que la metamorfosis de
sus coreografías funcione mejor en el futuro. De esta manera se garantiza que
todos los devotos estén enterados del estado actual de las danzas sagradas
contemporáneas y así dedican su vida al estudio de los bailes oficialmente
admitidos. Observando la marcha natural de los tiempos y su transformación a
cada segundo que pasa, esta regla se acata desde la más remota antigüedad,
siendo fieles a la convicción de los devotos de que para cada época hay una
danza que la representa y que funciona como puente, como vaso comunicante entre
los hombres y la divinidad.
Por último, paso a referir el desarrollo
de una de las coreografías más emblemáticas a que suele recurrirse para favorecer
la prosperidad de la cosecha. Se trata de una de las danzas más poéticas cuya
coreografía se realiza en el equinoccio de primavera, hacia las horas del
crepúsculo. La tradición de esta coreografía ubica a los devotos, siempre 51,
en lo alto de una montaña desde donde puedan contemplarse los campos de cultivo;
en esa cumbre se ubican los bailarines en 10 grupos de 5 devotos. Previamente se
deben dibujar sobre la tierra (por lo general con azúcar morena) los trazados
de 10 círculos mágicos que conformarán un círculo de círculos, cada uno de los
cuales poseerá suficiente amplitud como para inscribir en él el famoso
pentagrama de Pitágoras o estrella de 5 puntas, muy utilizada en el culto
esotérico a la diosa Isis, ama y señora de la fertilidad. Del centro de cada
círculo debe partir una serie de líneas que a su vez permitan conformar 2
grandes pentagramas superpuestos, pero girados a 45 grados uno respecto del
otro, de modo que surja una sola estrella de 10 puntas. A su vez, por el centro
de cada círculo deberá pasar, como una geometría secante, la circunferencia del
círculo mayor. La geometría sagrada de ese trazado pasará a informar la “ruta”
que los devotos deberán seguir mientras van desarrollando su danza. Preparado
ya el dominio geométrico del baile a modo de pentáculo mágico, se acomodan los
devotos sobre cada una de las circunferencias menores, justo en cada punta de
los pentagramas: el devoto número 51 se ubicará en el centro de la
circunferencia mayor y es quien hará las veces de líder, hierofante o chamán,
dirigiendo a los demás devotos en su ruta por la complejidad de las figuras. Alrededor
de la circunferencia mayor, dibujando un círculo concéntrico exterior, se
ubican los músicos de la orquesta: por lo general un conjunto de cámara
conformado por instrumentos de cuerda, viento y percusión, además de un nutrido
coro de voces mixtas. Esperando la llegada de la hora que todos los chamanes
consideran de mayor poder, justo media hora antes del crepúsculo se encienden
las antorchas que deberán arder durante todo el ritual, que por lo general debe
perdurar hasta bien entrada la noche, cuando la luna esté casi en lo más alto
de la bóveda celeste. Llegado ya el momento del ocaso, el líder ejecutará los
primeros movimientos: una alternancia de breves momentos de quietas posturas simétricas
realizadas junto a una serie de movimientos de compleja geometría: tal
geometría pasa a exhibir su fundamento a través de movimientos oscilantes de
los brazos y piernas que describirán, a través de expresivas figuras
curvilíneas, todo tipo de hipérbolas, parábolas y elipses de altísimo
refinamiento estético. Sobrará decir que estas figuras deberán realizarse acompañadas
por el dibujo de elementos geométricos un poco más convencionales: cuadrados,
triángulos y circunferencias se interpolarán en esa suerte de rompecabezas
geométrico en que lo euclidiano y lo no euclidiano se conjugan en una misma
dialéctica. Comienza entonces, acompañado por la incesante música de la
orquesta, el desplazamiento de los devotos a lo largo y ancho de los círculos
mágicos. En esta suerte de pantomima danzante, el líder, siguiendo las pautas
formales de la estructura musical llamada responsorio, ejecutará sus
movimientos a modo de pregunta, para que luego los demás devotos respondan con
sus movimientos a modo de réplica; a su vez los movimientos de los devotos
deberán sucederse siguiendo la estructura de ciertas rondas infantiles en que
en segundo devoto repite a destiempo lo que hace el primero, el tercero a
destiempo de lo que hace el segundo y así sucesivamente, siempre desplazándose
por el laberinto de su compleja ruta geométrica. Los movimientos de esta danza
sagrada se realizan siempre en tres niveles: primero el superior, cuando el
devoto ejecuta erguido sus movimientos y utiliza sobre todo el espacio abarcado
entre sus caderas y la punta de sus brazos extendidos hacia el cielo; luego el
medio, cuando el devoto inclina su columna y utiliza el espacio contenido entre
la cintura y las rodillas; y por último el inferior, cuando los bailarines se
agachan, se arrodillan o se tienden. Cada nivel representa uno de los Tres
Estadios del Individuo según la filosofía de Kierkegaard: el estadio estético
(identificado con el nivel inferior); el estadio ético (identificado con el
medio) y el estadio religioso (identificado con el superior).
Considero necesario referir ahora
algunos de los movimientos clave ejecutados por el líder al inicio de esta
danza en particular: flexionando la pierna derecha para apoyar la planta del
pie sobre el muslo izquierdo, el líder estira los brazos hacia el cielo agitando
sus dedos mientras gira las muñecas describiendo perfectas circunferencias.
Luego sus brazos descienden, sin dejar de mover dedos y muñecas, para pasar a
dibujar en el aire ciertas figuras geométricas relacionadas con los mandalas y
las ruedas mágicas conocidas como pantáculos; cada brazo ejecuta al mismo
tiempo una figura distinta una distinta para cada brazo. Paralelamente el líder
va girando su torso hacia ambos lados, como oscilando con sutileza suprema. Es
entonces cuando inicia su desplazamiento sobre la ruta geométrica: un par de
pasos cortos hacia el exterior de la circunferencia mayor bastará para indicar
al resto de los devotos que es en ese momento cuando debe comenzar el grueso de
la coreografía. Mientras los devotos van desplazándose por las circunferencias,
observan movimientos cada vez más complejos y fluidos; casi podría decirse que
la llamada danza contemporánea tiene su origen precisamente en este baile en
específico del Secreto: el manejo de la expresión corporal al interior de esta
danza redunda en torsiones, giros corporales, saltos acrobáticos, caídas,
volteretas, saltos mortales, gesticulaciones faciales, oscilaciones de brazos y
piernas, movimientos gimnásticos, secuencias de pantomima y demás ejercicios que
comprometen el equilibrio, así como sucesiones de técnicas de combate cuerpo a
cuerpo (llamadas “katas”) derivadas de las artes marciales y conformadas a base
de golpes, derribamientos, zancadillas, puñetazos y patadas. En esta economía
del movimiento extraído de las artes marciales, resultan de vital importancia
tres principios fundamentales: el principio de la espiral, el principio de la
palanca y el principio de la inercia. Es decir, en ciertos momentos de esta danza de
las cosechas, los devotos se enfrentan en complejas coreografías que también
tienen mucho de combate cuerpo a cuerpo; la capoeira brasileña, surgida entre
esclavos que no desconocían el Secreto, es un buen ejemplo de esta combinación
de danza y arte marcial. De ahí en adelante, se sucede una alternancia de
complejos movimientos geométricos que en mucho recuerdan las intrincadas
posturas del yoga y cuya fluidez oscilatoria tiene por objeto dibujar un
complejo mapa de curvas, ángulos y ondas. También se recurre a ciertas posturas
del cuerpo para fraguar sólidos platónicos a través del movimiento, mientras el
cuerpo va dibujando todo tipo de figuras curvadas y ondulantes. Luego de que el
líder haya introducido en la danza el pormenor de esas figuras platónicas cruzadas
de curvas, cada uno de los devotos comienza a repetir esos movimientos a
destiempo, como ya se dijo, dando paso a secuencias cada vez más complejas y
fluidas. El mapa que tras el conjunto completo de todos los movimientos que se
ejecutan simultáneamente en esta misma danza resulta tan complejo, que su
lectura secreta se hace posible sólo para la mente divina, que es, a ciencia
cierta, el principal objetivo de las danzas.
Con el paso de los siglos la enseñanza
del Secreto habrá de irse modificando, pero su diálogo con la divinidad
permanecerá intacto: siempre habrá en el mundo discípulos del Secreto que se
encarguen de mantener el equilibrio entre las fuerzas celestes y telúricas,
encargándose, a su vez, de que el mundo siga moviéndose armónicamente para que
la luz triunfe sobre la oscuridad.
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