ATRAVESANDO LAS RUTAS
SERENAS DE ANGKOR
(Relato)
A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dalhman
recorrió los vagones y dio con uno casi
Vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches
arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna
Vacilación, el primer tomo de las Mil y Una Noches.
Viajar con este libro, tan vinculado a la
Historia de su desdicha, era una afirmación de que esa
desdicha había sido anulada y un
Desafío a las fuerzas intolerables del mal.
JORGE LUIS BORGES, El sur.
En nuestros sueños sin excepción, incluso si se
remontan al Diluvio, está presente, aunque sólo
Sea durante una fracción de segundo, algún incidente
mínimo que hemos presenciado la
Víspera. Esta regularidad que no he dejado de
comprobar durante años, es la única constante,
La única ley o apariencia de ley que me ha sido dado
comprobar durante el increíble embrollo nocturno.
E. M. CIORAN, Del
inconveniente de haber nacido.
Es una torre de los pasados siglos, fuerte como una
ciudadela y cuyas murallas bastarían para detener
Un ejército victorioso. Se eleva solitaria y adornada
aún con la mitad de sus almenas y un manto de
Hiedra cuyas ramas se arrastran desde dos mil años por
sus resquebrajadas murallas. Esta verdura
Parece la guirnalda de la eternidad colocada sobre las
ruinas del tiempo. ¿Qué es esta fortaleza, qué
Tesoro estaba tan cuidadosamente guardado en sus
subterráneos…? Es el mausoleo de una mujer.
LORD BYRON, Childe-Harold.
Ahora
que los paisajes del Protectorado de Jemer discurren frente a la ventanilla de
mi asiento, no sé muy bien por qué estos panoramas de Camboya me recuerdan
tanto la mirada dulce que vestía los ojos de mamá, cuando viajábamos juntas
en el tren que iba desde el centro de París hasta las afueras de Argenteuil,
mientras, sentada yo en su canto, me extraviaba en los laberintos de mi alma buscando
recordar cada uno de los sueños que había padecido la víspera. De chiquilina
solía atribuir mis sueños a una especie de fantasía, de vaticinio o de cifra que
la reencarnación del monje Rasputín soñaba para mí, como si estuviera
acechándome con sus pesadillas, mientras dormía oculto en algún lugar de las
frondas que rodeaban la casa de papá en la dorada colina de Montmartre, sólo
para que después, a veces completamente o a veces tan sólo en los detalles, se
cumpliesen a cabalidad al igual que había sucedido en los Evangelios con la
profecía de la Resurrección obrada entonces por el Cristo. Mirarme al espejo cada
mañana para peinar mi tupé, implicaba largos minutos de conversaciones que
solíamos mantener sobre las certezas de mis sueños con la imagen del monje, cuyos
ojos se me aparecían espejados en el negro círculo de mis pupilas. Odiar con
furia a mamá (cuyo rostro es idéntico al mío) fue siempre una de sus fantasías
favoritas. Así, contemplar mi reflejo mientras recordaba cada mañana el haber
soñado que yo estrangulaba a mi madre con mis manos de adolescente, me obligaba
a experimentar tantísimo terror, que en una oscura tarde de septiembre
comprendí que ese sentimiento podría compararse sólo con el asco que sentía al
ver a mamá durmiendo desnuda junto al cuerpo titánico de papá, cada vez que me
despertaba aterrorizada unos cuantos minutos antes del alba.
Creo
no haber sido tonta nunca; en cambio, siempre he adolecido de esa melancólica
predisposición para el ensueño que ha terminado por arrinconar en la locura o el
suicidio a todos aquellos delirantes de la Historia Universal (como Schumann,
como Van Gogh, como Hölderlin, como Swift, como Virginia Woolf) sobre los que
leo cada vez que me embarco en algún tren con ruta desconocida; y son mis libros
de Byron, el satánico y oscuro Byron, los que mantengo siempre en la cabecera
de mi cama: geografías inconmensurables y distancias infinitas como las que
acostumbraba Byron en cada uno de sus viajes, ahora me separan de París
mientras busco huir de la perpetua presencia de papá (tanto en mis pesadillas
como en mi vida despierta) refugiándome en este tren que se ha internado en las
tórridas junglas de Indochina, transportándome con su parsimonia por la ruta de
Angkor con la esperanza -vaga y calamitosa, ahora lo sé- de pedir perdón entre
sus muros antes de que la guerra destruya sus ruinas por completo. Incluso guardo
la esperanza (no sé si tengo derecho de usar esa palabra) de que entonces la
reencarnación del monje Rasputín podrá vacilar antes de continuar maltratándome
con el laberinto de sus profecías.
En
lo más íntimo de mis secretos, el reflejo de mis ojos en la ventanilla del tren
termina siempre por hacerme recordar que tan sólo el hecho trivial de soñar
conmigo misma, infinitamente alejada de los perfumes baratos de mamá mientras
acaricio las innumerables canas de papá, podía traerme noches enteras de cierto
alivio atormentado que, no obstante, durante las mañanas acababa siempre por
hacerme naufragar en el remordimiento, al tener que tomar la mano de mamá para
dejarme conducir por su ternura hasta las oscuras aulas del colegio de las
monjitas en la campiña de Argenteuil: sentir sus labios besando mis mejillas,
para luego verla desaparecer por la esquina inmediatamente después de haberme
abandonado en el umbral, podría compararse sólo con el profundo desasosiego que
me desgarraba a los dieciséis cuando, empapada por un sudor frío, despertaba
con ansiedad luego de haber soñado bañándome desnuda en la prohibida compañía
de papá.
Viajar
en tren hasta Argenteuil, sentada en el canto de mamá mientras contemplaba mi
pálido reflejo en el cristal de la ventanilla, me producía un cálido placer tan
inexplicable, que nunca he podido comprender del todo esa lúgubre necesidad de querer
asesinar a mi madre en cada una de mis pesadillas, para luego sentir que había
sido yo la asesinada cuando, al pasear los tres por la colina de Montmartre rumbo
al cementerio del Sagrado Corazón, yo trataba de olvidar mis pesadillas con el
monje Rasputín, mientras veía a mamá caminar tomada de la mano enorme de papá,
para que luego él la besase con una dulzura que yo siempre juzgué infinita,
longeva, terriblemente impostora; una dulzura que yo podía obtener sólo al
calor de mis más afiebradas fantasmagorías de la noche con el cuerpo desnudo de
mi padre. Aun así, sólo en la mañana de otoño en que mamá se suicidó
arrojándose a las vías del tren, unas pocas horas después de que papá me
hubiera regalado aquel vestido azul tan obsceno cuando cumplí los diecinueve
para que, según el cinismo de sus propias palabras, yo pudiera conquistar a
todos los muchachos que seguro deseaban ser como él, comprendí por qué nunca
había podido imaginar una sola mañana en que mamá hubiera dejado de venir
conmigo tomando el tren hasta Argenteuil, para que de ese modo papá pudiera
acompañarme en su remplazo: íntimamente, yo siempre supe que las furtivas
lágrimas que mamá atribuía a las cebollas cuando lloraba sola en la cocina,
fueron siempre culpa de las humillaciones y los romances de burdel que papá
mantenía con muchísimas mujeres; sólo entonces comprendí que el asco que me
producía verla completamente desnuda en las mañanas junto al cuerpo de papá,
era en realidad una manera de revelarme ante la deshonra de saberlo a él
pidiéndole perdón a su mujer mediante los rituales de la carne y el abandono en
el placer, y de saberla a ella mancillada una vez más gracias al olvido que a
veces nos permite el coito.
Quizás no me quede más remedio que reconocer,
aunque sólo fuera para evitarme horas de lágrimas inútiles en el baño del
vagón, que la única manera efectiva que pude descubrir para escabullirme de mis
fantasías con papá, lo ha comportado el refugio que casi siempre me han traído
las interminables vías del tren sobre las que puedo olvidar, dormir y
descansar, no sólo alejada por completo de las caricias y la ternura habituales
de papá, sino alejada también de su brutalidad masculina y sus virilidades de
semental vestido de frac que pueblan todos y cada uno de mis recuerdos. Pienso
que tal vez haya sido por eso que siempre de preferido la trémula soledad de
los ferrocarriles a la turbia y necia insaciabilidad de los amantes.
La
víspera de la mañana incomprensible en la que mamá se suicidó, el monje y yo
habíamos soñado con esa muerte abrupta; su cadáver desparramado sobre los
durmientes del ferrocarril, me recordó todas y cada una de las veces que había
soñado conmigo misma estrangulándola con furia, luego de haberla visto
durmiendo desnuda en los brazos de papá; estando ella privada de toda voluntad
mientras dormía, no fue nunca una dificultad el asesinarla durante mis
pesadillas: sin embargo, al despertar arrepentida de haber matado a mamá
durante mis sueños, salía de mi cuarto consumida por el terror para buscar la
certidumbre de la vigilia mientras espiaba la realidad en la luminosa
habitación de mis padres: allí descubría a mamá, frágil y despeinada, durmiendo
tranquila e inocente junto al silencio impenetrable de papá. La escena se
repetía noche a noche, sin mayores variaciones después de que yo hubiera
contemplado su llanto secreto en la cocina, cada vez que la espiaba escondida
en la alacena mientras devoraba los chocolates que papá escondía con ingenuidad
en el tarro enorme de las galletas del sal. Desde el instante adverso en que
mamá se suicidó, no he logrado dejar a un lado mis sentimientos de que los
verdaderos culpables de la muerte de mamá, habíamos sido sólo Rasputín y yo.
Que
Dios me perdone, pero en todos y cada uno de mis viajes he cargado un frasquito
de veneno que me fue obsequiado alguna vez por mi abuela, durante el sepelio de
no sé qué pariente poco estimado por la soberbia habitual de mi familia: lo
escondo siempre en mi equipaje, invariablemente debajo mis libros favoritos de
Byron: una de las páginas impares del Manfredo, está todavía manchada
por tres gotitas que dejé caer sobre ella la última vez que intenté burlar el
cariño sospechoso de papá, buscando refugiarme en el suicidio como la joven
desesperada que siempre he sido, pero declinando mi decisión en el último
momento, como la joven cobarde que todavía soy. Pese a todo, continúo
atesorando el frasquito de la abuela, quizá con la secreta intención de
probarlo escondida tras los muros de Angkor Vat; o quizá con el encubierto
propósito de vengar la muerte de mamá mientras sacrifico el oscuro cariño de
papá, envenenándolo para enseñarle un par de cosas a los hombres; o quizá tan
sólo para que mi último tren se vista de luto, cuando la última estación me
encuentre derramada sobre el infeliz asiento de mi compartimiento.
Nunca
he pretendido ser piadosa, pero algo muy en lo profundo me ha obligado a
considerar que sólo las sonrisas de las enormes torres de piedra con rostro de
Bodhisattva que informan el bayón budista de Angkor Thom, habrían de ser los
únicos talismanes, los únicos objetos sagrados que podrían liberarme del enfermizo
cariño que todavía me ata al oscuro espectro de papá. Algo me ocurrió con unos
monjes mendicantes que me obsequiaron unas varitas de incienso, justo antes de
partir para Camboya desde los calores sucesivos de Bangkok; pienso que desde un
principio algo me constriñó a comprender, o a adivinar, que aquellos monjes
también habían soñado con la imagen de Rasputín: mientras aguardaba con
impaciencia en la estación por el arribo del tren y sus coches de la redención
y el olvido, los monjes poco a poco fueron explicándome el por qué debía yo ser
la dueña de esas varitas; según su relato, era mi deber ir quemando con devoción
una varita cada día, con el objeto de purificar mi alma con su perfume de
sándalo para mantenerme con vida (o quizá tan sólo con cordura) hasta el
momento de mi irrevocable encuentro con el monje en el laberinto de Angkor Vat;
según la historia de los monjes, hacer lo contrario habría de implicar la
rotura del cordón de plata que mantiene atada mi alma al cuerpo, lo cual habría
de ser suficiente para acabar extraviándola en el inmenso vacío del Cosmos: creo
que reventar ese cordón comportaría el precio que yo tendría que pagar, si por
negligencia o por error yo violentase el equilibrio de la rueda mágica donde
parecía estar dibujado el mapa circular de mis sueños con mamá. No he sido
nunca propiamente escéptica ni tampoco propiamente crédula, pero una suerte de
pudor metafísico me ha constreñido a seguir las instrucciones de los monjes al
pie de la letra, acaso para evitarme la desgracia de morir antes de tiempo. Aun
así, saber antes del tiempo de qué, continúa siendo un misterio cuya elucidación,
postergada por el temor de obtener demasiada información, todavía no me he
atrevido a consumar: no sé si habría de tratarse del tiempo previo al
avistamiento definitivo del rostro de Rasputín refundido entre los rostros de
piedra del bayón, o del tiempo de vengar la muerte de mamá por siempre grabada
en el laberinto de mis sueños, o del tiempo postergado de atreverme a probar al
fin el veneno de la abuela. Sin embargo, errabunda y arrinconada por mi propia
mano a los brazos del exilio, ni siquiera sé si en mi destino de paseante la
palabra tiempo siga teniendo algún sentido.
Debo
declarar que, hasta ahora, todas las varitas han emanado un perfume de sándalo
tan delicado y primaveral, que me ha bastado con el sutil espectro de su aroma
para entregarme con deleite a mis lecturas del Childe-Harold: las aventuras
de aquel héroe vagabundo imaginado por Byron y con cuyas peripecias he logrado olvidar
la cínica sonrisa que se dibuja en los labios de papá, cada vez que decido
partir en tren desde París rumbo a ninguna parte. Ya no sé si me duele más su
solazada indiferencia de Casanova en pleno ejercicio de una viudez quizá
demasiado liberal, o si me duele más el hecho de saberlo tan aborrecible como
esos sementales que han gozado de la ostentación de una virilidad demasiado
lanzada, demasiado extrovertida, demasiado pagana o tal vez simplemente animal;
después de ocurrido el suicidio de mamá, papá comenzó a aparecerse en mis
pesadillas bajo la ambigua imagen de Asterión: aquel monstruoso hombre con
cabeza de toro fruto directo del adulterio y la voluptuosidad; demasiado
heroico como para enfrentarse a la espada de su redentor armado únicamente con
la brutalidad de su cornamenta puesta al desnudo, pero también demasiado cobarde
como para nunca haberse atrevido a abandonar la confusa estrechez de su
laberinto; un laberinto que quizá pudiera haber sido tan confortable como el
útero primordial, pero envilecido por la intemperancia y el deseo carnal hacia
toda mujer que no fuese mamá.
Afiebrada,
solitaria, inmensamente melancólica y con mis pesadillas por completo a merced
de los incesantes calores de Camboya, juzgo que los trenes de París nunca me
habían parecido tan incómodos y sofocantes como estos que reverberan sus aceros
en medio de sus rutas cumplidas a través de los calurosos bosques de Indochina:
la compañía de los mosquitos no me ha dejado en paz prácticamente desde que salimos
de Bangkok, y la condimentada comida thai del vagón restaurante no me ha dejado
más remedio que alimentarme con el sushi barato que los cocineros japoneses
venden, por muy pocos francos, en todas las estaciones y que, por cierta
precaución no ajena de prejuicios, sólo algunos de mis acompañantes franceses
se han atrevido a probar siquiera dándoles un pequeño bocado. Y aún a pesar de
haber gozado de esa forma de la frescura que en estas tierras acompaña la
profusión de lluvias y monzones que hasta ahora nos han escoltado desde Bombay,
debí confesarme en la frontera con Tailandia que haber podido continuar con mis
lecturas de Byron bajo el intolerable calor del trópico, ha sido posible
únicamente gracias al piadoso regalo de los monjes: esta mañana quise quemar
una de las varitas más largas y robustas, como para permitir el concentrarme en
el inimitable poema épico de Byron: no sé qué hubiera hecho un poeta como él en
medio de las densas nubes de mosquitos que flotan por toda la jungla de
Indochina; pero me conformo con saber que a él le hubiera bastado con un cuenco
de agua y un pedazo de pan para sentirse pleno y feliz mientras su buque (el
buque de un exiliado) se alejaba con lentitud de las blancas costas de Albión,
pero tan solo para irse a morir en la distante causa griega en contra de los
turcos, como si hubiera sido una suerte de Alonso Quijano del mundo moderno. ¡Ah,
Byron, cuántos secretos de hombre verdadero llevaste contigo hasta la tumba!
Sólo que el mal de tu siglo se adelantó a tus ambiciones de poeta y te obligó a
morir lejos de las glorias del combate. Ahora, sólo me cabe esperar que el haber
optado por la decisión de hacer trasbordo en Sisophón para tomar desde allí la
carretera que conduce hasta Siem Reap, y luego desviarme por los senderos de
tierra que conducen hasta las ruinas sagradas del bayón, valga enteramente la
pena y no me haga morir en el intento: por lo menos no antes de poder dilucidar
una verdad que siempre he intuido profundamente escondida en las estupas de
Angkor.
Por
las noches, mientras siento que estoy naufragando en el sopor de la fatiga
tropical, en algún momento comienzo a soñar conmigo misma bañándome en el foso
de la Terraza de los Elefantes del palacio del rey en Angkor Thom, mientras soy
cuidadosamente vigilada por los taciturnos elefantes tricéfalos de Indra que
recogen lotos con sus trompas. Y cuando estoy purificando así mi cuerpo desnudo
en las tibias aguas del foso, para después refugiarme en los estupas del bayón,
aparece ante mí la imagen del monje Rasputín, desnudo y dispuesto a ingresar en
las aguas sagradas con la única intención de violarme: lo sé, porque a pesar de
no poder distinguir con claridad su rostro refundido tras las barbas luengas e
hirsutas, siempre puedo reconocer en sus ojos la mirada grotesca y lasciva que
tantas veces he aborrecido en los ojos maduros de papá. En aquel instante,
trato de huir de su concupiscencia, trepando con horror mi desnudez por la
mampostería de piedra que retrata a estos paquidermos de tamaño natural, y
enseguida me pierdo, desprotegida y cercada por la angustia, en medio del laberinto
de rostros del bayón que personifica con sus paramentos las sonrisas de los
Bodhisattvas, a cuyas sombras de piedra acudo en busca de refugio. En mi sueño,
termino por esconderme siempre en los estupas de las terrazas más altas, desde
donde puedo contemplar todo el paisaje, aguardando, como un cazador escondido
entre las frondas, a que mi violador aparezca por alguna de las calzadas y su
presencia me permita dibujar el mapa de la huida que habrá de llevarme hasta
ese otro laberinto que es el templo de Angkor Vat, donde me aguarda el espíritu
de mamá, para que juntas podamos transformarnos en esas ninfas de piedra que
han dormido, durante siglos, cinceladas sobre la descomunal sillería de las
paredes: para ese entonces, mamá y yo habremos de estar por completo
inalcanzables para el monje luego de nuestra metamorfosis y por completo
dispuestas a humillar, con la alquimia de nuestra transfiguración, la
prodigiosa libido de papá. Entonces noto que algo está mal, terriblemente mal:
cierto recuerdo del rostro de mi padre de pronto me confunde; descubro en ese
instante que los semblantes de las torres dejan de expresar la compasión de sus
sonrisas introspectivas, y de inmediato se convierten en los retratos de mi
padre: con cierta devoción lúbrica que en ese momento me tortura, deseo
convertirme en la mejor de todas sus amantes; ansío yacer junto a su cuerpo
desnudo a la hora mágica del crepúsculo; anhelo brindarle un hijo de nuestra
sangre: un hijo de linaje único y poderoso cuyo rostro de piedra nos recuerde
por siempre el sitio sagrado de nuestra comunión en medio de las selvas de
Angkor.
Y
es entonces cuando lo descubro: papá no es otro más que él: el monje Rasputín
de mis pesadillas; es él, y su fácil tentación por la carne, quien no ha hecho
otra cosa que soñar para mí todas sus fantasías con el ánimo de hacerme caer;
es él, insaciable y animal, quien ha estado deseando mi cuerpo de mujer joven,
y no lo contrario; yo no lo deseo: yo lo aborrezco por haber conducido a mi
madre hasta la tumba, obligándola a zozobrar en el camino de los desesperados y
los desconsolados sin fe. Pero el llamado de sus carnes ha sido demasiado
fuerte para mí, y ahora he pasado a convertirme en la profetisa de sus
lucubraciones de la carne y el placer. La posibilidad de poder convertirme en
la madre de alguno de sus hijos del futuro, desde luego en ese momento me
aterra, avergonzándome en medio de las sombras. A lo lejos alcanzo a
distinguirlo: su cuerpo sangriento con cabeza de toro comienza a surgir con
lentitud de uno de los pétreos rostros del bayón, casi del todo devorado por
las raíces de una higuera que creció sobre su pináculo con semblante de
Bodhisattva; puedo ver ante mis ojos (puedo soñar ante mis ojos) el
decurso de su historia, que transcurre frente a mí como una veloz película
muda. Su principio parece remontarse a la noche de los tiempos, sin que su
tránsito pueda ser abarcado por la torpeza de mi memoria: primero surgió de la
nada, como la luz surgió de la oscuridad, una semilla diminuta que fue
depositada después por el viento en una grieta que se había abierto sobre la
cumbre de una de las estupas del bayón; la semilla comenzó a germinar al cabo
del primer diluvio universal, y luego pasó a insinuar sus raíces como delicados
filamentos que, con la proverbial lentitud de la tortuga en la aporía de Zenón,
fueron envolviéndose alrededor de la ciclópea mampostería de aquella torre con
rostro de piedra. Como si hubieran sido las mismas raíces de todo el universo,
después éstas lograron besar el suelo de sangre y vida que comportaba el légamo
de la jungla; al cabo de un tiempo, este légamo pudo nutrir las raíces como las
estrellas nutren con sus luces la noche, para que, luego de larguísimos
milenios, su savia fundamental pudiese ascender hasta el brote de las primeras
hojas que se ofrecieron al sol, estirándose con sus nervaduras en busca del
alimento que se desprende siempre de su luz. Enseguida las raíces se fueron
tornando tan poderosas y cabales, que inevitablemente penetraron, con
orgiástico vigor, en los ladrillos de la torre, desencajándolo todo y rajando
de arriba abajo el descomunal paramento de las piedras. Y cuando esta higuera
gigante ha consumido los cuatro rostros de la torre, la Historia Universal
continúa para mí y para todos mis descendientes, justo hasta el momento en que,
como una pesadilla ocurrida dentro de otra pesadilla, hace su aparición el
cuerpo ensangrentado de papá, emergiendo del confortable interior de su
placenta vegetal y con las facciones de su rostro taurino casi del todo
devoradas por las barbas del monje; él sabe que estoy escondida aquí: los
rostros del bayón se lo han revelado ya.
Entonces
sucede algo que me abruma: mientras papá se acerca a mí con el afán de su
lascivia, a lo lejos veo pasar el tren que se aleja de mi vida cruzando el
horizonte, como suele ocurrir en ciertos lienzos de Giorgio de Chirico en los
que el tren, como una cifra de lo absoluto y lo transitorio a la vez, parece no
envejecer mientras se desplaza, imperturbable, siguiendo una perspectiva absurda
que lo disloca por completo del paisaje. En ese momento, mi pecado consiste en
entretenerme demasiado con esa especie de amor otoñal que significa para mí
este último avistamiento del tren, para que después, sin haber podido notarlo,
papá haya conseguido darme alcance, irguiéndose desnudo frente a mí; miro con
rubor que su miembro viril es un puñal de argento, y que su barba es una medusa
cartilaginosa y asquerosamente húmeda de raíces que se estiran hasta los
suelos, retorciéndose como suelen retorcerse las sierpes.
-Soy
el alma de estos bosques -dice entonces la figura ensangrentada de papá-; soy
el misterio oculto que pervive en el silencio de estas rocas elementales, y por
eso puedo vivir únicamente a través de la eternidad de sus silencios: soy su
sonrisa primigenia y su lamentación secreta. Me perdí una noche en medio de la
oscuridad de estos bosques, y en ellos encontré tu cuerpo desnudo que me obligó
a violarte aquella noche tan clara en que llovió eternamente sobre la tierra;
por eso mi miembro es ahora un puñal de argento con que lacero todas mis raíces
y mi sonrisa es un monstruo informe que asesina a todas mis amantes. He seguido
deseando tu cuerpo de doncella desde aquel diluvio primigenio, tan sólo para
que en el crepúsculo pueda yo perecer en el silencio de mi destierro y pueda
ganar el descanso eterno bajo la misma sepultura que algún día me vio nacer.
Ahora nadie me vislumbra, y mi voz es tan sólo una resonancia, una cadencia
mediocre que se marchita como un fantasma entre las piedras; mi canción ha sido
para ti nada más que el último reflejo de tus sueños, y la muerte de mi
enamorada ha sido para mí el ciego laberinto de los míos. Tus ojos son mis
ojos, y en ellos reconozco el dolor de mi perdición…
Tal
ha sido siempre mi sueño con la imagen de papá: cierta noche a bordo del
Expreso de Oriente, luego de haber padecido sin muchas variaciones esta misma
pesadilla, desperté con la entrepierna ensangrentada y sin haber querido
recordar el destino que gozó ese puñal de argento en la índole de mis carnes del
pasado: nunca he disfrutado recordándolo. Por ahora, sólo sé que me restan tres
varitas de incienso para que, al fin, pueda yo confesarme, refundida entre el
silencio de las estupas de Angkor Vat, cuál era el rostro velado de papá, la
máscara impostora que mamá contemplaba con ingenuidad luego de que él y yo nos
amásemos en secreto, ocultos de ella y del universo en el cobertizo de
herramientas de nuestra aborrecible casa de Montmartre: un rostro lóbrego y
mendaz que los años y un amor ciego y temerario han terminado por segar en
todos mis recuerdos.
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