jueves, 7 de agosto de 2025

 

ATRAVESANDO LAS RUTAS

SERENAS DE ANGKOR

(Relato)

A lo largo del penúltimo andén el tren esperaba. Dalhman recorrió los vagones y dio con uno casi

Vacío. Acomodó en la red la valija; cuando los coches arrancaron, la abrió y sacó, tras alguna

Vacilación, el primer tomo de las Mil y Una Noches. Viajar con este libro, tan vinculado a la

Historia de su desdicha, era una afirmación de que esa desdicha había sido anulada y un

Desafío a las fuerzas intolerables del mal.

 

JORGE LUIS BORGES, El sur.

 

En nuestros sueños sin excepción, incluso si se remontan al Diluvio, está presente, aunque sólo

Sea durante una fracción de segundo, algún incidente mínimo que hemos presenciado la

Víspera. Esta regularidad que no he dejado de comprobar durante años, es la única constante,

La única ley o apariencia de ley que me ha sido dado comprobar durante el increíble embrollo nocturno.

 

E. M. CIORAN, Del inconveniente de haber nacido.

 

Es una torre de los pasados siglos, fuerte como una ciudadela y cuyas murallas bastarían para detener

Un ejército victorioso. Se eleva solitaria y adornada aún con la mitad de sus almenas y un manto de

Hiedra cuyas ramas se arrastran desde dos mil años por sus resquebrajadas murallas. Esta verdura

Parece la guirnalda de la eternidad colocada sobre las ruinas del tiempo. ¿Qué es esta fortaleza, qué

Tesoro estaba tan cuidadosamente guardado en sus subterráneos…? Es el mausoleo de una mujer.

 

LORD BYRON, Childe-Harold.

 

Ahora que los paisajes del Protectorado de Jemer discurren frente a la ventanilla de mi asiento, no sé muy bien por qué estos panoramas de Camboya me recuerdan tanto la mirada dulce que vestía los ojos de mamá, cuando viajábamos juntas en el tren que iba desde el centro de París hasta las afueras de Argenteuil, mientras, sentada yo en su canto, me extraviaba en los laberintos de mi alma buscando recordar cada uno de los sueños que había padecido la víspera. De chiquilina solía atribuir mis sueños a una especie de fantasía, de vaticinio o de cifra que la reencarnación del monje Rasputín soñaba para mí, como si estuviera acechándome con sus pesadillas, mientras dormía oculto en algún lugar de las frondas que rodeaban la casa de papá en la dorada colina de Montmartre, sólo para que después, a veces completamente o a veces tan sólo en los detalles, se cumpliesen a cabalidad al igual que había sucedido en los Evangelios con la profecía de la Resurrección obrada entonces por el Cristo. Mirarme al espejo cada mañana para peinar mi tupé, implicaba largos minutos de conversaciones que solíamos mantener sobre las certezas de mis sueños con la imagen del monje, cuyos ojos se me aparecían espejados en el negro círculo de mis pupilas. Odiar con furia a mamá (cuyo rostro es idéntico al mío) fue siempre una de sus fantasías favoritas. Así, contemplar mi reflejo mientras recordaba cada mañana el haber soñado que yo estrangulaba a mi madre con mis manos de adolescente, me obligaba a experimentar tantísimo terror, que en una oscura tarde de septiembre comprendí que ese sentimiento podría compararse sólo con el asco que sentía al ver a mamá durmiendo desnuda junto al cuerpo titánico de papá, cada vez que me despertaba aterrorizada unos cuantos minutos antes del alba.

Creo no haber sido tonta nunca; en cambio, siempre he adolecido de esa melancólica predisposición para el ensueño que ha terminado por arrinconar en la locura o el suicidio a todos aquellos delirantes de la Historia Universal (como Schumann, como Van Gogh, como Hölderlin, como Swift, como Virginia Woolf) sobre los que leo cada vez que me embarco en algún tren con ruta desconocida; y son mis libros de Byron, el satánico y oscuro Byron, los que mantengo siempre en la cabecera de mi cama: geografías inconmensurables y distancias infinitas como las que acostumbraba Byron en cada uno de sus viajes, ahora me separan de París mientras busco huir de la perpetua presencia de papá (tanto en mis pesadillas como en mi vida despierta) refugiándome en este tren que se ha internado en las tórridas junglas de Indochina, transportándome con su parsimonia por la ruta de Angkor con la esperanza -vaga y calamitosa, ahora lo sé- de pedir perdón entre sus muros antes de que la guerra destruya sus ruinas por completo. Incluso guardo la esperanza (no sé si tengo derecho de usar esa palabra) de que entonces la reencarnación del monje Rasputín podrá vacilar antes de continuar maltratándome con el laberinto de sus profecías.

En lo más íntimo de mis secretos, el reflejo de mis ojos en la ventanilla del tren termina siempre por hacerme recordar que tan sólo el hecho trivial de soñar conmigo misma, infinitamente alejada de los perfumes baratos de mamá mientras acaricio las innumerables canas de papá, podía traerme noches enteras de cierto alivio atormentado que, no obstante, durante las mañanas acababa siempre por hacerme naufragar en el remordimiento, al tener que tomar la mano de mamá para dejarme conducir por su ternura hasta las oscuras aulas del colegio de las monjitas en la campiña de Argenteuil: sentir sus labios besando mis mejillas, para luego verla desaparecer por la esquina inmediatamente después de haberme abandonado en el umbral, podría compararse sólo con el profundo desasosiego que me desgarraba a los dieciséis cuando, empapada por un sudor frío, despertaba con ansiedad luego de haber soñado bañándome desnuda en la prohibida compañía de papá.

Viajar en tren hasta Argenteuil, sentada en el canto de mamá mientras contemplaba mi pálido reflejo en el cristal de la ventanilla, me producía un cálido placer tan inexplicable, que nunca he podido comprender del todo esa lúgubre necesidad de querer asesinar a mi madre en cada una de mis pesadillas, para luego sentir que había sido yo la asesinada cuando, al pasear los tres por la colina de Montmartre rumbo al cementerio del Sagrado Corazón, yo trataba de olvidar mis pesadillas con el monje Rasputín, mientras veía a mamá caminar tomada de la mano enorme de papá, para que luego él la besase con una dulzura que yo siempre juzgué infinita, longeva, terriblemente impostora; una dulzura que yo podía obtener sólo al calor de mis más afiebradas fantasmagorías de la noche con el cuerpo desnudo de mi padre. Aun así, sólo en la mañana de otoño en que mamá se suicidó arrojándose a las vías del tren, unas pocas horas después de que papá me hubiera regalado aquel vestido azul tan obsceno cuando cumplí los diecinueve para que, según el cinismo de sus propias palabras, yo pudiera conquistar a todos los muchachos que seguro deseaban ser como él, comprendí por qué nunca había podido imaginar una sola mañana en que mamá hubiera dejado de venir conmigo tomando el tren hasta Argenteuil, para que de ese modo papá pudiera acompañarme en su remplazo: íntimamente, yo siempre supe que las furtivas lágrimas que mamá atribuía a las cebollas cuando lloraba sola en la cocina, fueron siempre culpa de las humillaciones y los romances de burdel que papá mantenía con muchísimas mujeres; sólo entonces comprendí que el asco que me producía verla completamente desnuda en las mañanas junto al cuerpo de papá, era en realidad una manera de revelarme ante la deshonra de saberlo a él pidiéndole perdón a su mujer mediante los rituales de la carne y el abandono en el placer, y de saberla a ella mancillada una vez más gracias al olvido que a veces nos permite el coito. 

 Quizás no me quede más remedio que reconocer, aunque sólo fuera para evitarme horas de lágrimas inútiles en el baño del vagón, que la única manera efectiva que pude descubrir para escabullirme de mis fantasías con papá, lo ha comportado el refugio que casi siempre me han traído las interminables vías del tren sobre las que puedo olvidar, dormir y descansar, no sólo alejada por completo de las caricias y la ternura habituales de papá, sino alejada también de su brutalidad masculina y sus virilidades de semental vestido de frac que pueblan todos y cada uno de mis recuerdos. Pienso que tal vez haya sido por eso que siempre de preferido la trémula soledad de los ferrocarriles a la turbia y necia insaciabilidad de los amantes.

La víspera de la mañana incomprensible en la que mamá se suicidó, el monje y yo habíamos soñado con esa muerte abrupta; su cadáver desparramado sobre los durmientes del ferrocarril, me recordó todas y cada una de las veces que había soñado conmigo misma estrangulándola con furia, luego de haberla visto durmiendo desnuda en los brazos de papá; estando ella privada de toda voluntad mientras dormía, no fue nunca una dificultad el asesinarla durante mis pesadillas: sin embargo, al despertar arrepentida de haber matado a mamá durante mis sueños, salía de mi cuarto consumida por el terror para buscar la certidumbre de la vigilia mientras espiaba la realidad en la luminosa habitación de mis padres: allí descubría a mamá, frágil y despeinada, durmiendo tranquila e inocente junto al silencio impenetrable de papá. La escena se repetía noche a noche, sin mayores variaciones después de que yo hubiera contemplado su llanto secreto en la cocina, cada vez que la espiaba escondida en la alacena mientras devoraba los chocolates que papá escondía con ingenuidad en el tarro enorme de las galletas del sal. Desde el instante adverso en que mamá se suicidó, no he logrado dejar a un lado mis sentimientos de que los verdaderos culpables de la muerte de mamá, habíamos sido sólo Rasputín y yo.

Que Dios me perdone, pero en todos y cada uno de mis viajes he cargado un frasquito de veneno que me fue obsequiado alguna vez por mi abuela, durante el sepelio de no sé qué pariente poco estimado por la soberbia habitual de mi familia: lo escondo siempre en mi equipaje, invariablemente debajo mis libros favoritos de Byron: una de las páginas impares del Manfredo, está todavía manchada por tres gotitas que dejé caer sobre ella la última vez que intenté burlar el cariño sospechoso de papá, buscando refugiarme en el suicidio como la joven desesperada que siempre he sido, pero declinando mi decisión en el último momento, como la joven cobarde que todavía soy. Pese a todo, continúo atesorando el frasquito de la abuela, quizá con la secreta intención de probarlo escondida tras los muros de Angkor Vat; o quizá con el encubierto propósito de vengar la muerte de mamá mientras sacrifico el oscuro cariño de papá, envenenándolo para enseñarle un par de cosas a los hombres; o quizá tan sólo para que mi último tren se vista de luto, cuando la última estación me encuentre derramada sobre el infeliz asiento de mi compartimiento.

Nunca he pretendido ser piadosa, pero algo muy en lo profundo me ha obligado a considerar que sólo las sonrisas de las enormes torres de piedra con rostro de Bodhisattva que informan el bayón budista de Angkor Thom, habrían de ser los únicos talismanes, los únicos objetos sagrados que podrían liberarme del enfermizo cariño que todavía me ata al oscuro espectro de papá. Algo me ocurrió con unos monjes mendicantes que me obsequiaron  unas varitas de incienso, justo antes de partir para Camboya desde los calores sucesivos de Bangkok; pienso que desde un principio algo me constriñó a comprender, o a adivinar, que aquellos monjes también habían soñado con la imagen de Rasputín: mientras aguardaba con impaciencia en la estación por el arribo del tren y sus coches de la redención y el olvido, los monjes poco a poco fueron explicándome el por qué debía yo ser la dueña de esas varitas; según su relato, era mi deber ir quemando con devoción una varita cada día, con el objeto de purificar mi alma con su perfume de sándalo para mantenerme con vida (o quizá tan sólo con cordura) hasta el momento de mi irrevocable encuentro con el monje en el laberinto de Angkor Vat; según la historia de los monjes, hacer lo contrario habría de implicar la rotura del cordón de plata que mantiene atada mi alma al cuerpo, lo cual habría de ser suficiente para acabar extraviándola en el inmenso vacío del Cosmos: creo que reventar ese cordón comportaría el precio que yo tendría que pagar, si por negligencia o por error yo violentase el equilibrio de la rueda mágica donde parecía estar dibujado el mapa circular de mis sueños con mamá. No he sido nunca propiamente escéptica ni tampoco propiamente crédula, pero una suerte de pudor metafísico me ha constreñido a seguir las instrucciones de los monjes al pie de la letra, acaso para evitarme la desgracia de morir antes de tiempo. Aun así, saber antes del tiempo de qué, continúa siendo un misterio cuya elucidación, postergada por el temor de obtener demasiada información, todavía no me he atrevido a consumar: no sé si habría de tratarse del tiempo previo al avistamiento definitivo del rostro de Rasputín refundido entre los rostros de piedra del bayón, o del tiempo de vengar la muerte de mamá por siempre grabada en el laberinto de mis sueños, o del tiempo postergado de atreverme a probar al fin el veneno de la abuela. Sin embargo, errabunda y arrinconada por mi propia mano a los brazos del exilio, ni siquiera sé si en mi destino de paseante la palabra tiempo siga teniendo algún sentido.

Debo declarar que, hasta ahora, todas las varitas han emanado un perfume de sándalo tan delicado y primaveral, que me ha bastado con el sutil espectro de su aroma para entregarme con deleite a mis lecturas del Childe-Harold: las aventuras de aquel héroe vagabundo imaginado por Byron y con cuyas peripecias he logrado olvidar la cínica sonrisa que se dibuja en los labios de papá, cada vez que decido partir en tren desde París rumbo a ninguna parte. Ya no sé si me duele más su solazada indiferencia de Casanova en pleno ejercicio de una viudez quizá demasiado liberal, o si me duele más el hecho de saberlo tan aborrecible como esos sementales que han gozado de la ostentación de una virilidad demasiado lanzada, demasiado extrovertida, demasiado pagana o tal vez simplemente animal; después de ocurrido el suicidio de mamá, papá comenzó a aparecerse en mis pesadillas bajo la ambigua imagen de Asterión: aquel monstruoso hombre con cabeza de toro fruto directo del adulterio y la voluptuosidad; demasiado heroico como para enfrentarse a la espada de su redentor armado únicamente con la brutalidad de su cornamenta puesta al desnudo, pero también demasiado cobarde como para nunca haberse atrevido a abandonar la confusa estrechez de su laberinto; un laberinto que quizá pudiera haber sido tan confortable como el útero primordial, pero envilecido por la intemperancia y el deseo carnal hacia toda mujer que no fuese mamá.

Afiebrada, solitaria, inmensamente melancólica y con mis pesadillas por completo a merced de los incesantes calores de Camboya, juzgo que los trenes de París nunca me habían parecido tan incómodos y sofocantes como estos que reverberan sus aceros en medio de sus rutas cumplidas a través de los calurosos bosques de Indochina: la compañía de los mosquitos no me ha dejado en paz prácticamente desde que salimos de Bangkok, y la condimentada comida thai del vagón restaurante no me ha dejado más remedio que alimentarme con el sushi barato que los cocineros japoneses venden, por muy pocos francos, en todas las estaciones y que, por cierta precaución no ajena de prejuicios, sólo algunos de mis acompañantes franceses se han atrevido a probar siquiera dándoles un pequeño bocado. Y aún a pesar de haber gozado de esa forma de la frescura que en estas tierras acompaña la profusión de lluvias y monzones que hasta ahora nos han escoltado desde Bombay, debí confesarme en la frontera con Tailandia que haber podido continuar con mis lecturas de Byron bajo el intolerable calor del trópico, ha sido posible únicamente gracias al piadoso regalo de los monjes: esta mañana quise quemar una de las varitas más largas y robustas, como para permitir el concentrarme en el inimitable poema épico de Byron: no sé qué hubiera hecho un poeta como él en medio de las densas nubes de mosquitos que flotan por toda la jungla de Indochina; pero me conformo con saber que a él le hubiera bastado con un cuenco de agua y un pedazo de pan para sentirse pleno y feliz mientras su buque (el buque de un exiliado) se alejaba con lentitud de las blancas costas de Albión, pero tan solo para irse a morir en la distante causa griega en contra de los turcos, como si hubiera sido una suerte de Alonso Quijano del mundo moderno. ¡Ah, Byron, cuántos secretos de hombre verdadero llevaste contigo hasta la tumba! Sólo que el mal de tu siglo se adelantó a tus ambiciones de poeta y te obligó a morir lejos de las glorias del combate. Ahora, sólo me cabe esperar que el haber optado por la decisión de hacer trasbordo en Sisophón para tomar desde allí la carretera que conduce hasta Siem Reap, y luego desviarme por los senderos de tierra que conducen hasta las ruinas sagradas del bayón, valga enteramente la pena y no me haga morir en el intento: por lo menos no antes de poder dilucidar una verdad que siempre he intuido profundamente escondida en las estupas de Angkor.

Por las noches, mientras siento que estoy naufragando en el sopor de la fatiga tropical, en algún momento comienzo a soñar conmigo misma bañándome en el foso de la Terraza de los Elefantes del palacio del rey en Angkor Thom, mientras soy cuidadosamente vigilada por los taciturnos elefantes tricéfalos de Indra que recogen lotos con sus trompas. Y cuando estoy purificando así mi cuerpo desnudo en las tibias aguas del foso, para después refugiarme en los estupas del bayón, aparece ante mí la imagen del monje Rasputín, desnudo y dispuesto a ingresar en las aguas sagradas con la única intención de violarme: lo sé, porque a pesar de no poder distinguir con claridad su rostro refundido tras las barbas luengas e hirsutas, siempre puedo reconocer en sus ojos la mirada grotesca y lasciva que tantas veces he aborrecido en los ojos maduros de papá. En aquel instante, trato de huir de su concupiscencia, trepando con horror mi desnudez por la mampostería de piedra que retrata a estos paquidermos de tamaño natural, y enseguida me pierdo, desprotegida y cercada por la angustia, en medio del laberinto de rostros del bayón que personifica con sus paramentos las sonrisas de los Bodhisattvas, a cuyas sombras de piedra acudo en busca de refugio. En mi sueño, termino por esconderme siempre en los estupas de las terrazas más altas, desde donde puedo contemplar todo el paisaje, aguardando, como un cazador escondido entre las frondas, a que mi violador aparezca por alguna de las calzadas y su presencia me permita dibujar el mapa de la huida que habrá de llevarme hasta ese otro laberinto que es el templo de Angkor Vat, donde me aguarda el espíritu de mamá, para que juntas podamos transformarnos en esas ninfas de piedra que han dormido, durante siglos, cinceladas sobre la descomunal sillería de las paredes: para ese entonces, mamá y yo habremos de estar por completo inalcanzables para el monje luego de nuestra metamorfosis y por completo dispuestas a humillar, con la alquimia de nuestra transfiguración, la prodigiosa libido de papá. Entonces noto que algo está mal, terriblemente mal: cierto recuerdo del rostro de mi padre de pronto me confunde; descubro en ese instante que los semblantes de las torres dejan de expresar la compasión de sus sonrisas introspectivas, y de inmediato se convierten en los retratos de mi padre: con cierta devoción lúbrica que en ese momento me tortura, deseo convertirme en la mejor de todas sus amantes; ansío yacer junto a su cuerpo desnudo a la hora mágica del crepúsculo; anhelo brindarle un hijo de nuestra sangre: un hijo de linaje único y poderoso cuyo rostro de piedra nos recuerde por siempre el sitio sagrado de nuestra comunión en medio de las selvas de Angkor.

Y es entonces cuando lo descubro: papá no es otro más que él: el monje Rasputín de mis pesadillas; es él, y su fácil tentación por la carne, quien no ha hecho otra cosa que soñar para mí todas sus fantasías con el ánimo de hacerme caer; es él, insaciable y animal, quien ha estado deseando mi cuerpo de mujer joven, y no lo contrario; yo no lo deseo: yo lo aborrezco por haber conducido a mi madre hasta la tumba, obligándola a zozobrar en el camino de los desesperados y los desconsolados sin fe. Pero el llamado de sus carnes ha sido demasiado fuerte para mí, y ahora he pasado a convertirme en la profetisa de sus lucubraciones de la carne y el placer. La posibilidad de poder convertirme en la madre de alguno de sus hijos del futuro, desde luego en ese momento me aterra, avergonzándome en medio de las sombras. A lo lejos alcanzo a distinguirlo: su cuerpo sangriento con cabeza de toro comienza a surgir con lentitud de uno de los pétreos rostros del bayón, casi del todo devorado por las raíces de una higuera que creció sobre su pináculo con semblante de Bodhisattva; puedo ver ante mis ojos (puedo soñar ante mis ojos) el decurso de su historia, que transcurre frente a mí como una veloz película muda. Su principio parece remontarse a la noche de los tiempos, sin que su tránsito pueda ser abarcado por la torpeza de mi memoria: primero surgió de la nada, como la luz surgió de la oscuridad, una semilla diminuta que fue depositada después por el viento en una grieta que se había abierto sobre la cumbre de una de las estupas del bayón; la semilla comenzó a germinar al cabo del primer diluvio universal, y luego pasó a insinuar sus raíces como delicados filamentos que, con la proverbial lentitud de la tortuga en la aporía de Zenón, fueron envolviéndose alrededor de la ciclópea mampostería de aquella torre con rostro de piedra. Como si hubieran sido las mismas raíces de todo el universo, después éstas lograron besar el suelo de sangre y vida que comportaba el légamo de la jungla; al cabo de un tiempo, este légamo pudo nutrir las raíces como las estrellas nutren con sus luces la noche, para que, luego de larguísimos milenios, su savia fundamental pudiese ascender hasta el brote de las primeras hojas que se ofrecieron al sol, estirándose con sus nervaduras en busca del alimento que se desprende siempre de su luz. Enseguida las raíces se fueron tornando tan poderosas y cabales, que inevitablemente penetraron, con orgiástico vigor, en los ladrillos de la torre, desencajándolo todo y rajando de arriba abajo el descomunal paramento de las piedras. Y cuando esta higuera gigante ha consumido los cuatro rostros de la torre, la Historia Universal continúa para mí y para todos mis descendientes, justo hasta el momento en que, como una pesadilla ocurrida dentro de otra pesadilla, hace su aparición el cuerpo ensangrentado de papá, emergiendo del confortable interior de su placenta vegetal y con las facciones de su rostro taurino casi del todo devoradas por las barbas del monje; él sabe que estoy escondida aquí: los rostros del bayón se lo han revelado ya.

Entonces sucede algo que me abruma: mientras papá se acerca a mí con el afán de su lascivia, a lo lejos veo pasar el tren que se aleja de mi vida cruzando el horizonte, como suele ocurrir en ciertos lienzos de Giorgio de Chirico en los que el tren, como una cifra de lo absoluto y lo transitorio a la vez, parece no envejecer mientras se desplaza, imperturbable, siguiendo una perspectiva absurda que lo disloca por completo del paisaje. En ese momento, mi pecado consiste en entretenerme demasiado con esa especie de amor otoñal que significa para mí este último avistamiento del tren, para que después, sin haber podido notarlo, papá haya conseguido darme alcance, irguiéndose desnudo frente a mí; miro con rubor que su miembro viril es un puñal de argento, y que su barba es una medusa cartilaginosa y asquerosamente húmeda de raíces que se estiran hasta los suelos, retorciéndose como suelen retorcerse las sierpes.

-Soy el alma de estos bosques -dice entonces la figura ensangrentada de papá-; soy el misterio oculto que pervive en el silencio de estas rocas elementales, y por eso puedo vivir únicamente a través de la eternidad de sus silencios: soy su sonrisa primigenia y su lamentación secreta. Me perdí una noche en medio de la oscuridad de estos bosques, y en ellos encontré tu cuerpo desnudo que me obligó a violarte aquella noche tan clara en que llovió eternamente sobre la tierra; por eso mi miembro es ahora un puñal de argento con que lacero todas mis raíces y mi sonrisa es un monstruo informe que asesina a todas mis amantes. He seguido deseando tu cuerpo de doncella desde aquel diluvio primigenio, tan sólo para que en el crepúsculo pueda yo perecer en el silencio de mi destierro y pueda ganar el descanso eterno bajo la misma sepultura que algún día me vio nacer. Ahora nadie me vislumbra, y mi voz es tan sólo una resonancia, una cadencia mediocre que se marchita como un fantasma entre las piedras; mi canción ha sido para ti nada más que el último reflejo de tus sueños, y la muerte de mi enamorada ha sido para mí el ciego laberinto de los míos. Tus ojos son mis ojos, y en ellos reconozco el dolor de mi perdición…

Tal ha sido siempre mi sueño con la imagen de papá: cierta noche a bordo del Expreso de Oriente, luego de haber padecido sin muchas variaciones esta misma pesadilla, desperté con la entrepierna ensangrentada y sin haber querido recordar el destino que gozó ese puñal de argento en la índole de mis carnes del pasado: nunca he disfrutado recordándolo. Por ahora, sólo sé que me restan tres varitas de incienso para que, al fin, pueda yo confesarme, refundida entre el silencio de las estupas de Angkor Vat, cuál era el rostro velado de papá, la máscara impostora que mamá contemplaba con ingenuidad luego de que él y yo nos amásemos en secreto, ocultos de ella y del universo en el cobertizo de herramientas de nuestra aborrecible casa de Montmartre: un rostro lóbrego y mendaz que los años y un amor ciego y temerario han terminado por segar en todos mis recuerdos.

 

 

 

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