EL
IMPERFECTO
RETRATO
DEL SILENCIO
(Relato)
A mi madre, Mireya Escobar Patiño,
transeúnte y pintora del infinito
Mientras la tristeza se contenta con un
marco de fortuna, la melancolía precisa una orgía de espacio, un paisaje
infinito para desplegar en él su gracia desagradable y vaporosa, su malestar
sin contornos, que, por miedo a curar,
teme un límite a su disolución y sus
ondulaciones. Florece –la flor más extraña del amor propio- entre los venenos de
los que extrae su savia y el vigor de todos sus desfallecimientos.
E. M. CIORAN, Sobre la melancolía.
¿Qué es un cuadro? ¿Es una imagen? ¿Una
creación? ¿Una prolongación del yo? ¿Un objeto aislado del resto?
Y por otra parte, ¿qué es lo que ama el
pintor? ¿La encarnación de su amada que él mismo ha creado, o su amada Misma?
¿La evocación de sus propios sentimientos hacia ella, o la criatura viva y
palpitante? ¿Dónde está el Cuadro? ¿Se cierne entre el artista y el observador?
¿Habrá que buscarlo en el componente material de la propia
Imagen, diferente del resto? ¿O se
refugia más bien en la imaginación del autor, y sólo nos es dado contemplar
Una representación que nadie sino el
propio artista puede reconocer verdaderamente?
DORE ASHTON, Una fábula del arte moderno, IV.
Caminó contra los jirones de fuego.
Estos no mordieron su carne, estos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y
sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él
también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.
JORGE LUIS BORGES, Las ruinas circulares.
1.
La noche del dos de mayo de mil
novecientos sesenta y ocho, durmiendo en la tiniebla de cierta buhardilla oscura
de Montparnasse, Georges De Bourgeois, autor de retratos que imitaban en sus
lienzos las pinceladas de Kokoschka, soñó, una vez más, con el retrato tantas
veces borroneado de Marie Dubois, la incuestionable musa de sus desventuras. Urgido
por el deber de terminar ese retrato como regalo de bodas para el matrimonio de
Marie con Jean Paul (su amigo de toda la vida y el hombre que le arrebató el
amor de su retratada), De Bourgeois, contando cada vez con menos tiempo a su
disposición para concluir ese retrato, se vio abrumado por la falta de
inspiración que le había traído el tormento de semejante encargo, permitiendo
que las circunstancias de su suplicio (los rencores, el desamor, el tedio, la
constante ausencia de una musa), también pasaran a formar parte de sus
pesadillas. La boda, cuya proximidad le atormentaba entre sueños, habría de
llevarse cabo en los primeros días de junio, para cuando terminase de llegar el
verano. Su sueño de aquella noche fue básicamente el mismo: sus imágenes se
limitaban a soñarlo frente a su caballete, encerrado en su estudio mientras
intentaba cumplir con la composición de esa pintura. Se soñaba cada vez más
atormentado, y ya sólo lograba tranquilizarse cuando incorporaba en su pintura
un viejo artificio muy utilizado por ciertos maestros del pasado: a modo de
metáfora, de símbolo o de cifra de su propia espiritualidad, decidió incluir
frente a la imagen de Marie un ajedrez de piedra cuyas piezas, agregadas a
manera de oráculo o tal vez de arquetipo, figuraban una batalla que parecía
haberse entablado hacía muchos siglos. Pensó que bastaba con contemplar durante
pocos segundos esa imagen así lograda, para que el espectador comprendiese que
él mismo era el contrincante de Marie. Aun así, al ver a su retratada
concentrada en el ajedrez, de nuevo el pintor era consumido por sus habituales accesos
de incertidumbre: había algo muy en lo profundo de su retrato, pensó, que también
estaba prohibiéndole la serenidad. Suponía que su angustia provenía de su incapacidad
para interpolarse al reducido universo de su lienzo, todavía más que como el
mero autor de esa pintura. Fue así como, en su sueño, de inmediato el pintor fraguó
una treta para intercalar su presencia al interior del retrato: incluir un
espejo ovalado y convexo en la pared del fondo, y en cuyo reflejo pudiera
adivinarse que era el propio De Bourgeois quien en realidad estaba batiéndose
con Marie. Por la imagen abstraída de ambos rostros, parecía como si ninguno de
los dos estuviera interesado en continuar con la partida, posponiendo la
siguiente jugada con una conversación que se sentía tan antigua, que era como
si llevasen varios milenios postergando el universo con su charla. Tras unos
instantes de sosiego, algo entonces sucedía: unas campanas empotradas en las
altas torres del ajedrez comenzaban a repicar con tanta potencia, que se hacía
imposible continuar con la conversación: no cabía duda de que las campanas estaban
marcando el momento de la próxima jugada. Desesperado por el sonido que brotaba
de las torres, el pintor debió reconocer que su diálogo con Marie le había
hecho olvidar las leyes, los movimientos y toda posible álgebra del ajedrez. Peor
aún: por completo a merced de las campanadas, no pudo discernir a quién
correspondía efectuar el próximo movimiento.
Enseguida desaparecía su buhardilla: a
su alrededor sólo quedaban las interminables dunas de un desierto tan vasto
como el océano, y en el que, cual castillos en ruinas, las piezas del ajedrez
se veían muy lejos y parcialmente devoradas por la arena. En su esfuerzo por alcanzar
la sombra de aquellos edificios, el pintor, al borde del agotamiento, debió
resignarse a que jamás lograría alcanzarlos; incluso resultaba probable que
solo hubiera estado errando en círculos. Cada segundo que pasaba así, sin saber
qué debía hacer o cómo debía conducirse para llegar hasta las piezas, sólo aumentaba
el tormento de su circunstancia. Perdido en medio de esas arenas, entonces sólo
existía para Georges la monotonía de sus recuerdos y el vacío de sus pensamientos.
Bastaba ese solo vacío, pensó, para que el decurso de la Historia Universal se
desmoronase ante el avance de aquellas sombras que no tenían más sustancia que
las ansiedades con que los hombres construyen su cultura para, ¡oh dolorosa
paradoja!, darle forma al aparente estado de caos y arbitrariedad que parece administrar
el mundo. Y cuando en su sueño el sol estaba lo suficientemente inclinado como para
que esas sombras se alargasen hasta engullir con voracidad su diminuto cuerpo
de pintor, De Bourgeois se despertaba con un violento temblor de carnes y un
sudor frío empapándole la piel, retornando a la monotonía de sus vigilias como
quien regresa de la agreste vorágine de un holocausto o de las alucinantes
metamorfosis de una borrachera. Por el ventanuco de su buhardilla penetraban
las primeras voces del alba; misteriosamente, los ruidos de la calle se
escuchaban como si pertenecieran a una realidad ajena y distante: parecía como si
la mañana estuviera surcada de rumores, de silencios y de agitaciones usurpadas
a otros tiempos. Así, los intempestivos sucesos que traería ese legendario mes
de mayo al año mil novecientos sesenta y ocho de París, habían traído al pintor
la voz impostergable de la aurora.
Lo primero que Georges veía al momento
de entregar sus ojos a las primeras impresiones de la vigilia, era la presencia
de su caballete: allí estaba, invulnerable, el borroneado retrato de Marie.
Enseguida paseaba sus ojos por el resto de su dormitorio, como intentando acabar
de desprenderse de su pesadilla. Casi por costumbre, su mirada se posaba en el
antiguo reloj de péndulo que había heredado de su abuela, cuando el joven
pintor le confesó sus deseos de abandonar la facultad de ingeniería, a la que
se había visto obligado por una antigua tradición familiar de la que el pintor
era, claro está, sólo uno más en una larga dinastía: cansado de tener que pasar
su tiempo encerrado en una academia gobernada por el algoritmo, se convenció de
que debía permutar las bóvedas y los arbotantes por los lienzos y el pincel. Ese
reloj, como muchas otras cosas de su buhardilla, había pertenecido a uno de sus
tatarabuelos, también pintor, quien desde joven había sentido la necesidad de
revelarse contra esa ancestral tradición, para, en cambio, ingresar como
aprendiz en el taller afamado de Corot; con el orgullo típico de su familia
aristocrática venida a menos, la abuela de Georges solía relatarle que su
tatarabuelo, también alquimista especializado en la destilación de sus propios
barnices, había esmaltado la luna de ese reloj con un paisaje al estilo de la
escuela de Barbizón, demostrando un talento que, indiscutiblemente, también había
heredado su tataranieto pintor. Pero mucho más que el paisaje de su tatarabuelo,
lo que al pintor siempre le había fascinado de ese viejo artefacto era que
nunca funcionaba de manera muy confiable: siempre se atrasaba varios segundos
cada treinta minutos. Marie nunca se cansaba de bromear sobre cómo el mecanismo
impreciso de ese vejestorio le permitía a su amigo creer que disponía de más
tiempo para dedicarle a sus lienzos, mientras que la gente normal no tenía otro
remedio que envejecer con el tictac de sus relojes, esforzándose por cumplir
con las normas de su universo confeccionado a punto de inútiles rutinas.
Tan anacrónicos como su reloj, muchos
otros enseres de su buhardilla importaban una comunión con el alma de su amiga:
especial cariño le inspiraba su nutrida biblioteca de ocultismo, sobre todo
porque a Marie siempre le gustó hojear esos volúmenes con una mezcla de
escepticismo y curiosidad asaz cercana a la sabiduría. Pasaban horas
conversando sobre cómo los sabios alquimistas de Macedonia habían mejorado con
su ciencia el arte de fabricar pigmentos inventados en Egipto, o sobre cómo los
cabalistas de Praga habían conseguido dar vida a un autómata hecho de barro y
fiemo a través de sus especulaciones numerológicas con el nombre secreto de
Dios. Junto a su colección de libros sobre las diferentes formas del esoterismo,
se alzaba un estilizado perchero tallado en cedro al mejor estilo del Segundo
Imperio y de cuyo gancho superior, bastante gastado por los años, colgaba una
bufanda de paño irlandés que le había obsequiado Marie, justo para el día de su
graduación como maestro en artes plásticas de la Escuela Superior de Artes de
París, haciéndole sentir al pintor que pronto habría de manifestarse un amor
que en realidad nunca se cristalizó.
Malhumorado por tener a Marie tan
presente desde el momento de su despertar, Georges abandonaba torpemente su
litera y se dirigía hasta la mesita que se alzaba junto al caballete: sobre el
círculo de su tabla descansaba un viejo ajedrez de piedra, que era otra de las muchas
antigüedades que Georges había heredado de su tatarabuelo pintor. De Bourgeois estudiaba
la compleja disposición de las piezas que él mismo había puesto en juego desde
hacía tiempo a modo de partida en solitario, como si fuera una especie de
rutina concebida para atenuar su soledad, y que le había funcionado bastante
bien como recurso para el desahogo, cuando se sintió a merced del hecho de no haber
sabido cómo concretar el abominable retrato de Marie. Tratando de no pensar en
eso, movía las piezas de su ajedrez: en cierto día en que Georges se encontraba
particularmente melancólico, movió uno de los alfiles blancos para defender su
dama de uno de los caballos rojos. Una vez más, pensó entonces, su malestar con
el retrato de su enamorada había acabado revelándole el movimiento más oportuno
para hacer avanzar el juego con su propia sombra.
Enseguida se dirigía al rinconcito de su
biblioteca donde atesoraba su querida colección de música y su amado reproductor
de discos clásicos: buscaba allí una vieja grabación con sus piezas favoritas de
Schumann, el gran ídolo romántico que había alentado la inquietud artística de
Georges y a cuya música se entregaba cada vez que perpetraba un lienzo o
acometía un dibujo. Recordaba haber hablado largamente con Marie de su amor por
Schumann, de su compasión por la terrible enfermedad mental que lo aquejó y la
conmoción que siempre le había provocado su fallido intento de suicidio
arrojándose a las gélidas aguas del Rin. Recordaba haberle confesado que,
secretamente, siempre había sospechado que su destino estaría rubricado por una
agonía similar: ver sombras y espectros, sentirse perseguido por sus propias
ficciones, anhelar el suicidio e incluso sentir que en algún momento su amada
querría dañarle hasta incluso desaparecer, también era tópicos recurrentes en
las pesadillas del pintor. Le confesó a Marie que siempre había padecido cierto
temor a perder la razón, y que eso, no obstante, le ayudaba a justificar su
aislada vida de ermitaño, entregado en cuerpo y alma a la confección de sus
pinturas: así las imágenes fantasmagóricas de su trabajo como pintor, según
decía, le conferían a su universo el suficiente sentido como para no tener que
afanarse buscándolo en las diversas frivolidades y desenfrenos que comporta el
mundo.
Por fin encendía su tocadiscos y colocaba
en el tornamesa una vieja grabación con las canciones que Schumann compuso
sobre poemas de Heine. Se sentaba junto al ventanuco de su buhardilla, encendía
su pipa y se resignaba a recordar un poco más su vida junto a Marie,
sintiéndola remota bajo la música de Schumann. Miraba una y otra vez su
caballete; no se cansaba de estudiar esos manchones: sentía que de muchas
maneras ese caos de borrones comportaba el mundo; imaginaba que todo a su
alrededor (el vuelo de los pájaros, el trote de una adolescente, una flor que
se marchita, las columnas que cercan un mausoleo, los caballos de un carrusel, los
zapatos de una anciana que camina descalza por el parque) podía funcionar como
un espejo, como una imitación o, más exactamente aún, como una cifra de la
realidad. Esas reflexiones lo obligaban a sentir que de alguna manera debía lograr
que su retrato fuese también un atributo de esa misma realidad. Para el efecto
se había armado con abundantes fotografías de su amiga que, carentes del espíritu
estético de que hablaban ciertas páginas de Walter Benjamin, le habían
resultado por completo inútiles: hasta el momento, todos sus intentos de
elaborar ese retrato con la suficiente eficacia como para que expresase la
esencia de Marie y no solamente la perfección de su rostro, habían tolerado un rotundo fracaso.
Tal
como solía hacerlo en otras circunstancias, al regresar de sus recuerdos se dedicaba
incansablemente a barajar las posibles técnicas que quizá podrían ayudarle a consumar
con éxito su pintura: planificaba el adecuado modo de centrarse en la
interpretación pictórica de sus rasgos; suponía que para ello no debería omitir
sus habituales pinceladas empastadas; pensaba que, ni siquiera en aras de un
riguroso verismo, se atrevería a dejar de lado su pasión por las espátulas. Mejor
aún: siempre terminaba pensando que seguiría siendo fiel a la imagen de su
pesadilla; por eso, naturalmente, tendría que continuar recurriendo al arbitrio
de un bastidor ovalado en el que, tal como ocurría en su sueño, debería bastarle
para representar el cubo escénico de su retrato. Al cabo de unos instantes en
silencio, el pintor siempre decidía que por nada del mundo debería dejar de
utilizar los mismos juegos de luces y sombras que habían hecho famoso a Caravaggio.
Tales eran siempre sus mañanas en la monotonía de su buhardilla.
Para despejar su mente y tratar de ver
las cosas con un poco más de claridad, esa mañana del día tres el pintor salió
a pasear un rato por las calles de Montparnasse, acompañado de sus instrumentos
de dibujo por si se tropezaba en su camino con algunas imágenes que valiera la
pena registrar. Entorpecidas por las barricadas de los estudiantes, nada en
esas calles, empero, pudo distraer la concentración del retratista de Marie
quien, lejos de compartir el sentido de las protestas, caminaba ignorando todo
lo demás: fiel a los escepticismos políticos de su familia, Georges se mantuvo
ajeno a cualquier idea de responsabilidad política, viéndose siempre a sí mismo
como un individuo marginal dedicado al arte y la vida contemplativa y que, por
principio, siempre preferiría sus intereses estéticos y su natural tendencia a
la melancolía a cualquier participación en la vida pública. Suficientes
preocupaciones tenía ya tratando de buscarse el sustento diario a punto de
vender sus pinturas en los túneles del metro o en los malecones del Sena, como
para encima tener que preocuparse por el estado social del universo o los
retruécanos de la economía; todavía menos en ese momento en que no dejaba de
sentirse frustrado por su incapacidad para culminar con éxito aquel penoso encargo.
Ese rostro hermoso, tantas veces seductor, de repente se había vuelto ajeno e
impenetrable cuando su amada le confió, como revelación íntima entre camaradas,
que iba a casarse con Jean Paul: De Bourgeois jamás se imaginó que su gran
amigo de la infancia hubiera estado cortejando a Marie; ni siquiera se imaginó
que ella pudiera haber estado interesada en él. Comprendió que se había
comportado como un niñito desde el principio: creyendo que bastaba con el
cariño inmenso que ambos se tenían para asegurarse así el amor incondicional de
Marie; peor aún: comprendió que no le había
dado ninguna importancia al tiempo que se desvanecía sin que se atreviese
revelar sus verdaderos sentimientos o a cortejar deliberadamente a su enamorada.
En el momento de la confidencia, el pintor no pudo hacer otra cosa que fingir
que recibía la noticia con alegría, haciendo un notable esfuerzo por disimular
su consternación. Más dolorosamente todavía: la propia Marie, sin poder
contener su felicidad, de inmediato le encargó a su amigo pintor la confección
de su retrato para obsequiárselo como regalo de bodas a Jean Paul.
La inminente boda se hallaba cada vez
más cerca. El hecho de no haber podido concretar el retrato no hacía otra cosa
que hundir a Georges en la desesperación que solía arrinconarlo, con cada nueva
equivocación de sus pinceladas, en el solipsismo de sus propias fantasmagorías en
las que, ajeno a toda vida social, no podía dejar de verse a sí mismo como una
falacia de la realidad: como una contradicción metafísica formulada por la
presencia de su propia melancolía en ese incomprensible universo que lo
obligaba a compartir su porvenir al lado de una mujer ajena que, no obstante,
el destino le había negado hacía tiempo: Marie anhelaba viajar a Vietnam para
apoyar a los maoístas, mientras que Georges, en cambio, prefería conversar con
los viejos hidalgos de la ciudad en los museos de París; Marie prefería los
cafés de la orilla izquierda que todavía frecuentaba Sartre, Georges la
elegancia cosmopolita de los cafés aristocráticos de la Cité; Marie odiaba el
infantilismo con que Borges postulaba una realidad construida a partir de
soberbias irrealidades, mientras el pintor temía que su vida no fuera más que
una ficción delirada por el sueño inalterable de algún deminio que buscaba entenderse con el Creador; Marie quería
casarse con un ingeniero náutico que le había prometido mostrarle el mundo más
allá de las costas de Marsella, y el enamorado De Bourgeois sólo quería mantener
la propiedad de su buhardilla y embriagarse de amor por la imagen de una mujer
prohibida.
Abrumado por sus sentimientos de
impotencia y sin demasiada consciencia de sus propios pasos, el pintor no notó,
hasta bien entrada la tarde de aquel tres de mayo, que había estado errando en
círculos por las viejas calles de Montparnasse teniendo siempre, mágicamente, al
cementerio como punto central de su deambular. Y mientras caminaba, se
atormentaba pensando que no era más que otro pintor mediocre con brillantes
estudios formales, pero por completo incapaz de legar una imagen memorable a la
fatigada Historia del Arte, como si esta manera de torturarse fuera una disciplina
de la autodestrucción concebida para hacerlo olvidar sus contrariados sentimientos
por Marie. Se sentó en uno de los bancos del bulevar que iba directo hasta el camposanto,
mientras miraba con su habitual perplejidad el desfile de los estudiantes que marchaban
pintarrajeados por las calles de París: en cierto momento se quedó como
suspendido, eternizado mientras contemplaba las curiosas pinturas con que una
de las manifestantes se había cubierto los senos desnudos y las piernas apenas
vestidas por una minifalda. Reconoció, o por lo menos pensó, que muchas veces
la auténtica inspiración podía surgir de un acto de rebeldía. La muchacha,
fingiendo no haberse dado cuenta de la mirada deseosa del pintor, se quedó
contemplando la soledad de ese hombre cuyo rostro le pareció
incomprensiblemente familiar. Enseguida el pintor, apenado, se puso de pie sintiendo
algo de frío y un poco de sueño, y luego encaminó sus pasos presurosamente hacia
el cementerio.
2.
Su paseo por el camposanto comenzó como un
deleitable deambular entre las tumbas, imaginándose que transitaba entre las
eternas confusiones de un laberinto minoico: erró entre los mausoleos como si
en realidad estuviese paseando por el Jardín de Luxemburgo, conduciéndose con la
misma complacencia que solía embargarlo en ese parque cada vez que lograba un
proyecto respetable o un boceto sobresaliente. Tal como solía hacerlo en aquel
jardín, no siguió una ruta; sólo se dejó guiar por el instinto o por el
decorado de las tumbas: le parecía increíble que los hombres invirtieran tanto
tiempo y tanto dinero en la postrer decoración de sus sepulcros; lo llenaba de
perplejidad el hecho de que muchos de los escultores y los arquitectos que más
admiraba (Kirchner, Barlach, el utópico Bruno Taut) ya estuvieran muertos y que
se encontrasen de aquel lado de las ciudades cuyos laberintos crecían entre las
sombras, los panteones y demás manifestaciones de esa extraña mezcla de olvido
y remembranza que comporta una tumba. Se extravió así entre los callejones del
camposanto mientras buscaba encontrar una sepultura en particular; una
levantada cerca del centro y que le había llamado poderosamente la atención desde
sus épocas en la facultad. El sepulcro, estilizado por una arquitectura al mejor
estilo del barroco francés, exhibía una serie de esculturas sugestivas e
inquietantes que parecían haber sido modeladas para una película de ultratumba:
en la pared occidental de la cripta, por ejemplo, se alzaba una escultura de
tamaño real, tallada en blanquísimo mármol de Carrara, y que representaba a un
moribundo o a un enfermo cubierto por una sábana y que parecía caminar dando
tumbos por culpa de la fiebre, haciendo un esfuerzo por mantenerse erguido
mientras penosamente se sostenía, o se colgaba, de uno de los ventanucos con
forma de celosía; de un escalofriante realismo, los pliegues de la sábana y la postura
del moribundo sólo podían producir terror de tan convincentes y veristas que
eran. Es decir, de noche no se podría distinguir si se trataba de una buena
imagen o de un moribundo real. Extrañamente, luego de haber vagado largo tiempo
alrededor del centro, De Bourgeois no pudo encontrar la tumba; por alguna extraña razón metafísica que no se avocó a dilucidar, el pintor no recordaba que la tumba en realidad campeaba en el cementerio de Pere Lachaise: frustrado, de
nuevo se sintió por completo a merced de su incapacidad para recuperar la
inspiración y de su frecuente pesimismo que, al parecer, también estaba
prohibiéndole tener algo de suerte.
Cansado de ir y venir por las
bifurcaciones sin encontrar lo que buscaba, se sentó entre dos mausoleos que de
muchas maneras le recordaban la arquitectura de su hogar paterno. Angustiado,
perplejo, tal vez exhausto, enseguida el pintor experimentó sus habituales
ganas de fumar entre las tumbas. Sacó su pipa de nogal y colmó la cazoleta con la
picadura de clavo y manzana que siempre le traía su madre cuando lo visitaba
cada quince días en su buhardilla, y que él gustaba aderezar con una buena
cantidad de opio sin cortar que conseguía en las esquinas del barrio tailandés.
Disfrutaba mucho el paraíso artificial que le traía su pasión por el jugo de la
amapola: sentía que su creatividad se abría, que se amplificaba o se expandía con
cada nueva bocanada de ese humo embriagador. Hurgó entre sus bolsillos,
buscando el encendedor que también había heredado de su tatarabuelo, creyendo haberlo
olvidado sobre la mesa del ajedrez. Decidió ponerse de nuevo en marcha y buscar
a alguien que pudiese proporcionarle una cerilla; cuando estuvo de pie y se giró
por accidente, su mirada se clavó en un detalle ínfimo que le había traído la oblicua
luminosidad de las cuatro en punto: un golpe de luz más o menos cálido que caía
justo sobre una de las lápidas, en ese momento atrajo poderosamente su atención.
La lápida en cuestión había sido decorada con una esmerada reproducción de la
famosa Pietá de Miguel Ángel y cuyo
rostro de la Virgen (idéntico al de la escultura original) de inmediato le
recordó la imagen que siempre dibujaba el rostro de Marie en el retrato de su pesadilla.
Mejor aún: bajo las luces de la tarde, le pareció que se trataba ya no de la
imagen de una mujer en específico, sino del prototipo, del modelo divino con que
le había bastado a los dioses para esculpir con él, o con su símbolo, el rostro
ideal de la Primera Mujer y que, a su vez, también se reflejaba en el sucedáneo
rostro de Marie. No era una semejanza mediocre, pensó: era la exacta
duplicación de ese arquetipo operado sobre el espejo de la eternidad.
Las intolerables ganas de fumar lo
sacaron de su trance. De Bourgeois caminó un poco y luego se acercó a uno de
los sepultureros que en ese momento desyerbaba una de las tumbas mientras
fumaba; el obrero le ofreció un par de cerillas y luego el pintor retornó al
sepulcro de su epifanía. Después, estando ya de nuevo frente al sepulcro y sin
dejar de admirar la réplica de la escultura, encendió su pipa y luego se sentó a
contemplar la imagen de su iluminación; la estudió con máximo detalle,
observándola a través de las mágicas circunvoluciones del humo azul que manaba
de su picadura: mirando la réplica como si en realidad estuviera frente a la
auténtica Pietá, sintió un extraño
vértigo cercano a las fiebres que fomentan el delirio. Fue como si de golpe
hubiera comenzado a experimentar una suerte de alucinación o de arrebato
místico bajo la forma de una nada trivial experiencia estética. Enseguida Georges
sacó sus instrumentos de dibujo y comenzó a tirar líneas en las hojas de su bitácora
de apuntes. Esforzándose por lograr un boceto decente, imaginó todas las posibles
variaciones que deberían permitirle reproducir sobre el lienzo la imagen de ese
arquetipo que ahora, contemplando esa lápida bajo las luces de la tarde, estaba
otorgándole la clave con qué resolver el juego de luces y sombras que debería
darle vida a su retrato de Marie.
En seguida pasó a figurarse ese rostro
desde todos los ángulos posibles y bajo todas las sombras que fuesen
necesarias; incorporó un velo negro calado casi hasta la frente de Marie para neutralizar
el resplandor de su cabello rubio; creyó que para la expresión de su particular
timidez, podría usurpar la sonrisa con que Leonardo inmortalizó a su Gioconda; se
esmeró en la ordenación de los ritmos y diseñó cuidadosamente el movimiento
ascendente de la composición; imaginó una estructura triangular al estilo de Andrea
del Sarto y pensó en recurrir a ciertos ardides geométricos de Cézanne;
planificó rigurosamente la combinación de luces y sombras al estilo tenebrista
de Caravaggio y luego concluyó que sería conveniente iluminar la escena
utilizando nada más que un par de velas, al mejor estilo de Georges de La Tour.
Por último, se figuró una compleja red de laberintos en miniatura para que, en el
iris de los ojos de Marie, se reflejase su compleja intelectualidad. Casi al
final de su trabajo, confirmó que no podría faltar el símbolo esotérico del
ajedrez: nada mejor que la secreta geometría de ese juego para expresar la
profunda inteligencia cósmica que de algún modo lo unía a la imagen de su retratada.
Imaginándolas con detalle, trató de agotar todas las posibles posiciones de las
piezas: alfiles atacados por las torres; caballos defendidos por peones; peones
obstruyendo el avance de los alfiles; caballos acechándose entre sí; enroques
para evitar jaques efectuados por las damas…
Después, imaginándose a sí mismo
encerrado en su buhardilla durante las labores que habría de cumplir para formular
la nueva versión de su retrato, vivió centenares de veces esa elaboración mientras
fumaba su mezcla de opio y picadura: vislumbró cada uno de los movimientos de
su mano derecha, cada una de sus pinceladas, cada una de las cicatrices de su espátula,
cada uno de los difuminados y cada una de las pastosas manchas de pintura
blanca con que habría de realzar las luces. Incluso llegó a figurarse con
minuciosidad la forma y el color que tendrían las manchas de pigmento y
trementina en su blanca bata de pintor. Sin embargo, al terminar su rápido
boceto sintió que algo muy en lo profundo seguía sin cristalizar: algo que le
daba a su boceto la sensación de ser sólo una falsa postulación de la realidad,
una mera falacia añadida al mundo y no una auténtica reinvención del mundo. El
pintor entendió que al retrato de Marie seguía faltándole el espíritu: no
dejaba de parecerle un mero simulacro, la precaria imitación de una realidad cuya
mediocre transcripción pictórica estaba ya demasiado trajinada por el hábito,
la emulación, el tedio, la completa historia del arte. Por enésima vez, De
Bourgeois sintió que la ausencia de su musa de algún modo implicaba su propia
inexistencia como ser humano y, por lo tanto, su completa inutilidad como
pintor.
Aun así, el hecho de haber logrado delinear
con precisión el estudio de un proyecto más o menos decente, le permitió a De
Bourgeois, ya bien entrada la noche, abandonar el cementerio en paz consigo
mismo y respirando con tranquilidad. Después, fascinado por la perfección de su
boceto, veló en su buhardilla desde la media noche hasta las primeras luces del
alba, sin dejar de contemplar el refinamiento de sus líneas más tarde
amplificadas por la luz de la mañana. Así el sol ya estaba en lo alto cuando el
pintor, agotado por la intensidad de su jornada, se derrumbó sobre su cama con
la ropa todavía puesta, dejándose llevar por el decurso de imágenes y anhelos que
siempre preceden al momento de dormir: visiones de ríos, de sombras, de
muchedumbres, de barricadas, de rebeldes, de nubes y de sepulcros cruzaron por
su mente mientras esperaba que lo venciese el sueño. Consumido por un cansancio
que parecía supremo, casi enseguida Georges se borró del mundo, entregándose a
un descanso que parecía tan profundo como la misma muerte, mientras por última
vez veía en su mente el rostro impoluto de Marie.
3.
En su moroso despertar en la tarde del
día cuatro, De Bourgeois volvió a experimentar el invariable disgusto que le
producía, apenas al abrir los ojos, el tener que contemplar su lienzo
pintarrajeado con la mediocridad de las pinceladas que figuraban sus intentos por
lograr una imagen convincente de Marie. No obstante, tal como sucede en esa forma
del suplicio que precede al nacimiento de una gran obra o la gestación de un
pensamiento original, el pintor no se cansaba de estudiar ese lienzo desde su
litera, con los ojos entornados y las carnes aún entumecidas por el sueño: le fascinaba
quedarse contemplando sus manchas mientras imaginaba en ellas el sueño de otras
imágenes que culminaban en la visión de su propio rostro de pintor y que,
invariablemente, al final se transformaba en el rostro de Marie. Y aunque
semejante gimnasia visual no hacía otra cosa que acentuar todavía más su
calvario, en lo secreto disfrutaba mucho atormentándose con ese azote: ninfas,
titanes, duendes, hadas, espectros, sombras, mitologías completas discurrían
ante la perplejidad de sus ojos, como si esas imágenes pudiesen revelarle los
misterios que estaban enterrados en lo más profundo de su alma. Parecía no
angustiarle la evidencia de que dedicarse a inventar imágenes en los borrones
de su lienzo, tenía todas las características de una obsesión, de una manía que
pronto podría pasar a convertirse en un delirio irreversible o una fiebre poco
grata. Caer preso de la locura u obsesionarse con un espejismo eran
posibilidades bastante verosímiles que, encaprichado con lograr la más perfecta
imagen de Marie, el pintor había previsto casi desde el principio: sólo el
profundo sentimiento de rencor que lo había agobiado cuando se supo el padrino
del novio y el responsable de ejecutar su regalo terrible, continuaba movilizándolo
en su empresa, aun a pesar de la locura o el sufrimiento que eso pudiera
comportar.
Luego de su desayuno, De Bourgeois se
afeitó con desgano, sin que pudiesen importunarle mucho las bombas incendiarias
que el anarquismo de los estudiantes hacía estallar en los alrededores de su
edificio: sólo se paralizaba, con la navaja en la mano y alguna herida en el
rostro deformado por la espuma, cuando se le ocurría una idea para su retrato
que en el momento juzgaba genial, pero que, todavía indeciso en cuanto la
apariencia definitiva que habría de ostentar esa imagen, de inmediato desechaba
por considerarla una pobre fruslería o una mera trivialidad. Y como parte de
ese discurrir de imágenes pronto desechadas, desde el espejo del baño podía
contemplarse su retrato victoriosamente apostado sobre el caballete, casi como
si estuviera vigilándolo desde allí: le bastaba con la existencia de ese lienzo,
para confirmar que el mundo y sus dolores no comportaban una irrealidad, y que,
tarde o temprano, él también habría de sucumbir a la mezquindad de sus
absurdos. Contemplando ese retrato desde el baño, notó algo todavía más chocante
en la imagen de Marie; algo que de inmediato juzgó una contingencia cercana al
juego de coincidencias que muchas veces inventa la locura: con alarma descubrió
que los ojos de su retratada eran, misteriosamente, sus mismos ojos de pintor. Asediado
por el reflejo de su lienzo en el espejo, el pintor creyó que todavía soñaba.
Hacia las siete de la tarde, cansado de
haber pintado durante casi toda su jornada sin lograr lo que había planificado
la víspera, el pintor se sentó a fumar su pipa frente al ventanuco de la
buhardilla. Abatido por su frecuente sentimiento de derrota, decidió dejarse
llevar por las visiones del opio mientras contemplaba las nubes moviéndose
sobre el inagotable laberinto de París. Sonriente y alucinado, en algún momento
y casi por casualidad, el pintor se recostó en su silla reclinándola contra la
pared; fue entonces cuando lo vio: en una de las nubes que cruzaba sobre el
horizonte de Montmartre, reconoció la misma imagen de Marie que veía siempre en
su pesadilla. Mejor aún: viéndola con atención, esa nube parecía mostrarle la
imagen de su amada bajo la misma luz y en el mismo ángulo en que la había contemplado
reflejada en la reproducción de la Pietá.
Prácticamente viendo en esa nube a Marie sentada frente al ajedrez, de
inmediato supo que era, sin más, la misma imagen de su sueño. El tiempo se
detuvo, y De Bourgeois sintió que su cuerpo se había congelado también:
consideró que el simple hecho de ensayar una postura más cómoda o el de sucumbir
a un mínimo parpadeo, comportaría no sólo la desaparición de la imagen más perfecta
de Marie, sino también la irreversible destrucción de todo el Universo. Asumiendo
ese instante como una manifestación de la Eternidad, se lamentó de no tener a
la mano algún utensilio que le permitiese efectuar rápidamente un boceto: los alígeros
apuntes que en otros momentos podía realizar mientras paseaba por las campiñas
de Montreuil, por los barrios más tranquilos de París o por sus tumbas
favoritas del Cementerio del Sagrado Corazón, desde luego le resultaron
imposibles de realizar. Fue así como se arrojó a memorizar la apariencia de esa
nube: retuvo lo mejor que pudo la imagen de su segunda epifanía, y luego,
saltando de su silla, se lanzó a buscar algo con qué materializar las figuras
de su nueva experiencia estética. Un segundo después, se hallaba revolcando su acostumbrado
desorden para encontrar una sanguina y algunos octavos de papel verjurado con
qué trazar su rápido boceto.
Dibujó con celeridad, sin tiempo para
correcciones superfluas o ajustes inoportunos: a medida que su boceto iba
creciendo, más se aclaraba en su mente la dirección que debería tomar la
estética de su retrato. Embriagado por esa forma de la felicidad que comporta
el éxito, sus manos de pintor, limpiamente conectadas con su subconsciente, por
fin lograban consumar la imagen de Marie que tanto le atormentaba entre sueños;
así, todo lo que resultaba esencial en el verdadero rostro de Marie y que
ocupaba gran parte de sus pesadillas, al fin había podido plasmarse en ese
dibujo previo: la simetría de su sonrisa, la curva de sus párpados, la ternura
de sus mejillas, la caótica armonía de sus cabellos, la profunda cavilosidad de
su mirada…, todo ello fue apareciendo poco a poco sobre el papel, nada más que
gracias a esa misteriosa alquimia que De Bourgeois había sabido conjugar entre la
escultura de una tumba y la apariencia
de una nube. Al cabo de pocos minutos (acaso los más productivos de toda su
vida), el pintor dio por terminado su boceto. Al acabarlo, sólo se sonrió, y,
sintiéndose complacido, se dedicó a contemplar la imagen de su victoria. Enseguida
lo embargó la impresión de que las piezas del ajedrez le resultaban bastante
más reales que las muchedumbres de París: durante ese breve momento de
felicidad, el pintor se sintió bastante más vivo y real que las bombas de los
anarquistas.
Fatigado y agradecido con el cosmos por
esa suerte de exvoto que fue la consumación de ese boceto, de nuevo se sentó en
su silla del ventanuco para contemplar su modesta obra bajo las luces de la
tarde; habiéndola dibujado completamente desnuda, De Bourgeois por fin había logrado
reproducir su soñada imagen de Marie: una victoria más, pensó, para su desdichado
amor por la retratada. De nuevo encendió su pipa y se sumió en el análisis de
su boceto. Todo en él resultaba admirable: la perfección de sus senos y la
firmeza de su vientre; la precisión en el dibujo de su ombligo y la línea
estable de sus muslos; la hipérbola de su cintura y la suave curvatura de sus
hombros; el realismo casi fotográfico de sus rizos y la absoluta fidelidad en
el retrato de sus pies; el arco de sus cejas, la forma de sus ojos y la
despampanante comba natural de sus pestañas: todo en esa sanguina se correspondía
puntualmente con la imagen de su sueño. Contemplando esa imagen bajo la luz de
las seis y media, le pareció innegable que la perfección de su boceto
comprendía un rotundo éxito. Y sin embargo, algo inquietante había en lo
profundo de ese dibujo que lo hacía sentirse misteriosamente intranquilo. Trató
de no dejarse atormentar por esta incómoda apreciación, y de nuevo reinició sus
rutinas de pintor: se acercaba, se
retiraba, entornaba los ojos, giraba un poco el caballete, inclinaba la
sanguina, retrocedía de nuevo una y otra vez. El resultado era siempre el
mismo: no podía dejar de sentirse conturbado ante esa imagen tan perfecta de
Marie. Encendió su pipa, se sentó junto al ventanuco, y nerviosamente comenzó a
fumar su picadura de opio y manzana mientras hacía un esfuerzo por comprender qué
había fallado en las honduras de su dibujo.
Oprimido por la angustia y sin haber logrado
discernir el incomprensible defecto que afeaba su boceto, cerca de la
medianoche el pintor poco a poco fue agotando su picadura mientras sentía, no
lejos del tedio, que su peligrosa tendencia a la insatisfacción de nuevo estaba
jugándole una mala pasada. Concluyó que lo mejor sería permitirse una pausa
para reflexionar sobre su dilema mientras preparaba las pinturas que precisaba
para la confección de su retrato. Se acomodó en la diminuta cocina de su
buhardilla, y, recurriendo a las técnicas de su tatarabuelo, acometió su
acostumbrado ritual para preparar las pinturas: previamente había puesto un vinilo
de Schumann en el tocadiscos y luego se había vestido con su bata blanca y sus
guantes de cirujano; lavó con agua hirviente cada una de sus crisoles de
porcelana, y luego de haberlos secado con el mayor de los escrúpulos, colmó
cada uno de ellos con la cantidad exacta de pigmento en piedritas, que después se
dio a la tarea de macerar con paciencia imperturbable, como si dispusiese de
toda una eternidad para poder hacerlo; enseguida vertió los polvos así macerados
en metódicos matraces de cristal, y luego llenó éstos con el aceite de linaza
que el pintor previamente había mezclado con ciertos barnices que él mismo se
destilaba; después combinó los pigmentos con el aceite revolviendo mansamente
la mezcla. Tapó con sumo cuidado los matraces y luego los acomodó en el anaquel
destinado para las pinturas frescas, aguardando a que reposasen un poco en
medio de las sombras. Se calentó algo de café, se sirvió una taza generosa,
encendió su pipa y se sentó, una vez más, junto a su ventanuco para fumar bajo la
luz de la luna llena.
De nuevo se fijó en su retrato; enseguida
advirtió aquello que lo perturbaba: el espejo ovalado que debería vigilar el
hombro derecho de Marie no era convexo, sino plano, lo que, para él, eliminaba
por completo la ilusión de la contemplación dentro de la contemplación. Sobresaltado
por su habitual inquietud de creerse un pintor mediocre, la impaciencia y el
orgullo lo condujeron a conjeturar una hipótesis más bien imprecisa: afanado como
estaba por lograr la perfección en esa suerte de calco veloz con que buscaba
reproducir las nubes de París, había olvidado la necesidad de que la
representación dentro de la representación, el huevo dentro del huevo, tuviera
una topología convexa. Es decir, olvidó el truco que habría de permitirle
fabular un mundo dentro del mundo que incluyera su propia sombra como pintor a modo
de espejo, de espectro o quizá de fantasma. Decidido a enmendar su equivocación,
pronto comenzó a modificar su sanguina con el mismo entusiasmo que lo había embargado
durante su creación. Esta vez dibujó sin impaciencia, con la soltura de quien
se sabe posesor de una técnica maestra o un gran secreto estético. Después, luego
de haber dibujado un buen rato al calor de su picadura hasta lograr la
perfección de su sanguina, De Bourgeois, complacido, se asomó por última vez a
su ventanuco, y desde allí contempló las luces de una ciudad extensa y caótica que,
sin embargo, en ese momento le pareció completamente inofensiva. Luego se
acercó a su ajedrez de piedra, y, para cerrar el camino del caballo blanco que
acechaba al rey rojo, movió uno de sus peones.
4.
Pese a la seguridad con que había logrado
consumar la más perfecta sanguina de Marie, el pintor se atrevió a tomar los
pinceles sólo hasta las tres de la tarde del día nueve. Lo hizo con suprema circunspección,
como si estuviera efectuando una ceremonia rigurosa o un ritual dinástico: comenzó
por armarse otro bastidor, templando en sus maderos ovalados un lienzo que enseguida
imprimó con un tono ocre, casi ambarino, en lugar de recurrir al color blanco
que había utilizado en sus fallidas versiones anteriores. No sin dificultad, logró
colocar el nuevo bastidor sobre el caballete hacia las siete y media, cuando el
cálido sol de la primavera apenas comenzaba a declinar: recordando su epifanía
en el cementerio, pensó que esa luz oblicua resultaba perfecta para consumar el
claroscuro de su retrato. Enseguida cuadriculó el nuevo lienzo y luego trasladó
su sanguina con máximo detalle. Tomó uno de sus grafitos, y, con pulso
imperturbable, comenzó a reproducir el boceto sobre su nuevo lienzo elipsoidal.
El sudor de la vigilia empapaba su
frente cuando, en los alrededores de la medianoche, pasó de los grafitos al
pincel: dispuso la minuciosa paleta con los colores que había preparado unas
tardes atrás; enderezó el caballete unos grados más hacia el frente y elevó el
bastidor unos pasos más hacia arriba; se vistió con una bata limpia y se calzó
un par de guantes nuevos; tomó un pincel plano del número siete y, aún antes de
haber aplicado la primera pincelada, lo conmovió un intenso escalofrío: de
buena fe, ese escalofrío lo obligó a imaginar que la intensidad de aquella
noche de trabajo ahora quería imponerle la fiebre. Respiró hondo varias veces,
como si estuviese modelando el universo con su propio aliento. Miró
concentradamente su trabajo y supo, o sospechó, que ese tipo de inspiración muchas
veces aparecía por oleadas luego de ansiosas semanas de inactividad: dejarlo ir
comportaría la locura, el silencio o la necedad. Recuperándose de su
perplejidad, de nuevo se enfrentó a su caballete, sintiéndose obligado a
continuar. Así, bajo la ambarina luz de las bombillas, De Bourgeois por fin
comenzó a pintar la versión definitiva del detestado retrato de Marie con la
intención, sin duda plausible, de acabarlo en unas pocas horas.
La noche primaveral de aquel nueve de
mayo no lo arredró ni tampoco lo detuvo. Sin descanso para tomar café ni pausas
para comer, hacia las tres de la madrugada el pintor logró completar las
primeras capas de color sobre las que habría de perpetrar después el juego
espectral de las luces y las sombras. Sólo después de haber alcanzado esta primera
conquista, se refugió en la cocina para calentarse algo de café. Envanecido por
el orgullo que traen ciertas voluptuosidades, decidió darse un descanso para fumar
su picadura de opio mientras contemplaba sus aciertos de la madrugada: satisfecho
con el trabajo que poco a poco iba logrando, fue a sentarse en la complacida
silla de su ventanuco. Desde allí, la perfección de su trabajo le pareció, sin
más, el camino más directo hacia la eternidad. Apurando otra taza de café, una
idea súbita se le presentó: casi a modo de ironía, juzgó que resultaba conveniente
incluir en su retrato una réplica exacta del estado actual de su partida en
solitario con el ajedrez de su tatarabuelo. Se deslizó desde su asiento hasta
el ajedrez, y entonces estudió cuidadosamente las piezas: conturbado, no pudo
dejar de sentir que la disposición que en ese momento tenían las figuras
comportaba casi una duplicación fantasmagórica del universo. Con distraída
fatiga, advirtió que faltaban sólo seis jugadas para que el rey rojo acabase
acorralado por la dama blanca. El pintor simplemente se sonrió, e imaginó que bastaba
con ese mero símbolo –la dama acorralando al rey-, para que la mímesis
metafísica de su retrato estuviese consumada a cabalidad. No se detuvo más en
sus observaciones de las cinco y media, y enseguida retomó los pinceles: sus
manos (manos hábiles de demiurgo) parecieron suspenderse frente el lienzo como
sólo lo eterno puede suspenderse sobre las brumas del instante; con inspirada rapidez
fueron apareciendo los rasgos de Marie: las generosas curvas de su busto, la
apretada hipérbola de su cintura, el silencioso entramado de sus manos, la
simbología oculta del ajedrez. Hacia las siete de la mañana, cuando hacía rato
la noche había cedido a los primeros rumores del alba, el pintor sintió que su
trabajo por fin estaba concluido: con cierta mueca de cinismo en sus labios, comprendió
que el trabajo que le había ocupado largos meses de estancamiento y falta de
inspiración, en pocas horas había logrado transmutarse en una auténtica obra de
arte. Retrocedió una vez más hasta la pared del fondo y advirtió, no lejos de
la soberbia, que si le había bastado una sola noche para lograr un retrato perfecto
cuya concepción le había tomado tanto tiempo en dilucidar, se debía únicamente
al deseo de venganza y eternidad que ahora movilizaba sus acciones. De nuevo se
acercó a su ajedrez: durante largos instantes observó las piezas. Al fin se
decidió a mover el caballo rojo para obstruir al alfil blanco que buscaba
sitiar a la reina roja. Después, como si estuviera liberándose de una rémora
infernal, se despojó de la bata y los guantes, arrojándolos con cierto
sentimiento de victoria y satisfacción que no sentía desde los días en que
logró emanciparse de la tediosa facultad de ingeniería. Volvió a sentir algo de
frío y casi de inmediato se desplomó sobre la cama, como si hubiera sido un
condenado al infierno que estuviera aguardando toda una eternidad para que lo
dejasen dormir.
5.
Declinaba ya la tarde del día diez cuando
el pintor, mareado, por fin logró desenredarse de su habitual pesadilla con el
retrato de Marie. Se sentía extrañamente exhausto y aún consumido por el frío.
Los ojos le ardían, como si hubiera estado trabajando bajo una luz precaria o
como si no hubiera dormido durante la larga vigilia de todos los hombres. Se
quedó sentado al borde de la cama, mirando al vacío mientras hacía un esfuerzo
por razonar: acaso el agotamiento y el ardor en los ojos le obligaron a pensar
que había sido víctima de una fiebre mientras pintaba. Todavía aletargado por
el sueño, se puso de pie y se dirigió hacia el ventanuco, como para comprobar
que el mundo todavía existía y que su presencia en el universo era algo más que
una simple alucinación provocada por las fiebres, la soledad, el cansancio… Se
dejó bañar por la luz oblicua del atardecer, y entonces estudió las cavilosas calles
de París: se sintió más alejado del mundo que nunca. De golpe creyó que la lenta
elaboración de su retrato había sido sólo una fábula, una falacia, una mala
pasada que su imaginación había fraguado como producto de su incapacidad para
terminar ese encargo. Aturdido por el sopor que provoca dormir bajo la luz del
día, se acercó hasta su ajedrez y allí perpetró un enroque que defendía al rey
rojo de los desafiantes caballos blancos.
Después, inevitablemente, clavó sus ojos
en el caballete. Con más perplejidad que auténtica incertidumbre, lo sorprendió
un atroz descubrimiento: no lejos del horror, notó que en su retrato hacía
falta la imagen de Marie. Parecía como si su pintura hubiera sido completada
con el ajedrez, la mesa, los pliegues del mantel, el espejo convexo…: todo
minuciosamente elaborado a modo de bodegón, bastante trivial, que desde un
principio hubiera excluido toda posible referencia a su retratada. La taquicardia
lo obligó a la convicción de que no estaba soñando, y que el desasosegado universo
de su soledad, con todo y su falta de inspiración, había comenzado a acercarse
peligrosamente al mundo asimétrico de sus pesadillas. Se desplomó sobre su
silla del ventanuco; el sudor que pronto le empapó la frente le hizo sentir la
presencia de la fiebre. Sintió que todo a su alrededor había quedado reducido a
una pura alucinación y que su existencia en el universo, tan fantasmagórica
como la silueta de una sombra, comportaba sólo la bagatela de una irrisoria falsedad;
es decir: de una invención infernal que simulaba muy bien parecerse al mundo.
La verdadera sorpresa, empero, fue otra
muy distinta: cuando el reloj de su tatarabuelo marcó las ocho y cinco de la
tarde, el silbato de su tetera esmaltada de repente comenzó a pitar en la
cocina; aterrado, el pintor imaginó que alguien, de alguna manera, había
entrado a su departamento y estaba hirviéndose agua sin saber que él ya estaba
despierto. El tiempo se detuvo. Paralizado
junto al ventanuco, el pintor sólo atinó a quedarse escuchando con pasmosa
atención. La tetera dejó de silbar y se oyó que alguien vertía agua caliente en
un par de tazas de porcelana. Después, en la buhardilla ya sólo hubo silencio. Y
cuando ese instante de parálisis estaba pareciéndole una eternidad, el pintor
entonces la vio: Marie Dubois en persona, saliendo de la cocina airosa y a
medio vestir, llevando en sus manos la adorada mesita portátil del pintor,
perfectamente dispuesta con las tacitas de porcelana azul y la tetera de cerámica
blanca que había heredado de su abuela. La inconcebible mujer había cubierto su
desnudez con una de las batas blancas que Georges usaba para pintar, y había
recogido su melena con las peinetas tailandesas que el retratista utilizaba
para someter el cabello de sus modelos. Al verlo despierto y sentado en su
perpleja silla del ventanuco, la mujer simplemente lo interpeló con inesperada espontaneidad,
como si hubieran compartido sus vidas desde siempre en esa buhardilla.
-¡Por fin te despertaste, dormilón!
Justo a tiempo para nuestro tecito rojo de las ocho; voy a servirlo en la
vajilla danesa de tu abuela, como de costumbre…
Sonriente, la mujer se acomodó sobre las
mantas todavía tibias, y luego colocó la mesita sobre sus piernas; bebió su
primer sorbo de té después de haberlo batido delicadamente con las cucharitas
de plata que eran también una herencia familiar. Con serenidad casi absoluta, Marie
se dispuso a leer uno de los tantos libros que atesoraba el pintor sobre la antroposofía
moderna: lo hizo todo con tal concentración, que parecía como si hubiera estado
cumpliendo con ese protocolo desde el origen mismo del tiempo. En silencio, el
pintor se limitó a observarla: convencido de que alucinaba, sólo se dejó llevar
por ese nuevo acceso de locura, resignado a que otro sueño con la imagen de
Marie no podría afectarlo más de lo que su demencia natural lo había hecho ya. Pensó
que pocas veces había tenido la oportunidad de compartir con ella la quimera de
un ensueño amoroso tan dulce como el que estaba deparándole su evidente estado
de psicosis. Creyó que desperdiciar una oportunidad así (una alucinación así), importaría
una decisión estúpida o, por lo menos, un acto de “cordura” carente de todo
fundamento. De Bourgeois sólo se levantó de su silla y, con cierto aire de
jovialidad, fue a recostarse sobre su cama para tomar un poco de té junto al
gran amor de su desdicha. Bebió un largo sorbo, y enseguida tomó la tetera para
servirse un poco más; en ese momento el pintor notó, con desagrado, que Marie
aún llevaba puesto su anillo de compromiso.
-No te has quitado el anillo –comentó De
Bourgeois con cierto pudor.
-¡Claro que no, idiota!, –replicó ella,
fingiendo seriedad; –y a pesar de que sabes que nunca lo hago, a ti parece no
importarte quitarte el tuyo…
De inmediato la mujer señaló las manos
desnudas del pintor.
-A veces siento que te avergüenza que
una campesina como yo sea tu esposa…
Sorprendido por ese incomprensible reproche,
Georges, intentando ocultar la mano sin el anillo, perdió el control y dio
vuelta a la tetera, quemándose la mano derecha con el té hirviendo: de un
brinco saltó de la cama regando el resto del té sobre las mantas y haciendo brincar
a Marie para no quemarse las piernas.
-¡Mira lo que hiciste!, –comentó Marie
entre sonrisas –ahora vamos a tener que abrigarnos con los sacos de dormir.
La mano de Georges enrojeció de inmediato.
No era posible, pensó, que un dolor de esa magnitud perteneciera al fantasmagórico
ámbito de los delirios; por tanto, según dedujo, no estaba alucinando. Con
lógica igual, consideró una imposibilidad el que estuviese soñando; sobre todo
si en otras circunstancias un dolor semejante lo hubiera obligado a despertar.
Pero la realidad seguía ahí, acorralándolo en el dolor de su quemadura y al
mismo tiempo otorgándole la compañía de Marie: dos percepciones bastante reales,
según creyó.
De inmediato ella lo arrastró hasta el
baño y le colocó la mano bajo el chorro de agua fría: le produjo un alivio tan súbito
e intenso, que De Bourgeois se convenció de que no soñaba: indiscutiblemente
estaba sintiendo un dolor “real”. Mejor aún: la tibieza de las manos de Marie frotándole
su quemadura, pareció bastarle como evidencia de que continuaba viviendo en el
mundo monótono de sus vigilias. Lleno de una inexplicable serenidad, el pintor
se entretuvo contemplándola a través del espejo de su baño, mirando cómo ella le
ungía la mano con un ungüento para después, con diligente rigor de enfermera, ponerle
las vendas con que proteger su quemadura. El pintor agradeció al universo por
ese afantasmamiento de su propia realidad, y enseguida optó por someterse al
inescrutable devenir de su demencia (o su destino) al lado de la perpleja
imagen de Marie.
Terminadas las labores de primeros
auxilios, Marie salió del baño y se dispuso a limpiar el desorden que había
dejado su marido, mientras él, embelesado en la incertidumbre de su nueva
circunstancia, se quedó contemplando su propia expresión de desconcierto en el
espejo del baño. En la otra habitación, Marie
comenzó a canturrear una melodía de Schumann, sacando al pintor de su
ensimismamiento. Sólo entonces el pintor notó algo todavía más alucinante: las
vendas de su quemadura estaban sumamente untadas de pinturas al aceite. Enseguida
De Bourgeois imaginó lo peor. Salió del baño dando tumbos para comprobar, como quien
sale de una pesadilla para extraviarse en otra anterior, que su amada estaba
por completo cubierta de pintura. La luz del atardecer no le mintió: todo el
cuerpo de Marie parecía haber sido pintado
de la misma manera en que el pintor lo había logrado en el óvalo de su retrato;
miró de nuevo su lienzo ausente de Marie, y se convenció de una idea que no
podía ser más descabellada: la inhabitual perfección de su retrato y el
sinsabor de su amargura se habían conjugado para traer a su soledad una puntual
falsificación de su amada prohibida: por algún disparatado mecanismo del azar, el
universo ahora se complacía en imitar el mundo de sus sueños que él, convencido
de su mediocridad como pintor, de alguna manera había logrado concatenar con la
realidad a través del despecho, la impaciencia y el encono que se escondían
tras su búsqueda de lograr en el lienzo la imagen más perfecta de Marie. Una
vez más se desplomó sobre su silla del ventanuco, y pensó que la locura de un
solo hombre, por intolerable que ésta pudiera ser, no podía comparase con la
enormidad de la locura que parece presidir al cosmos. Contemplando a su imagen
de Marie hacer la cama como si no hubiera nada fuera de lugar, el pintor,
sintiéndose sólo otra pieza más en el vasto ajedrez cósmico con que los dioses
parecían jugarse el mundo, comprendió que había logrado una obra maestra de la
que nadie podría enterarse jamás. Asimilado ya a su nueva realidad, De
Bourgeois y su imagen de Marie se sentaron juntos frente al ventanuco para
contemplar las últimas luces del crepúsculo, justo cuando el reloj de su
tatarabuelo marcó las ocho y veinte de la tarde.
Había
pasado ya la media noche cuando el pintor, temiendo que el milagro secreto de
su creación de veras fuese sólo un sueño dentro de otro sueño, se obligó a la
vigilia para poder estudiar a su amada mientras ella profundamente dormía. Y
aunque nada parecía estar fuera de lugar o siquiera fuera de proporción, el
pintor creyó adivinar ciertas fallas, ciertos errores de construcción que, según
imaginó, el vértigo del momento le habría obligado a cometer. Se apresuró a
enumerar esos errores: la redonda simetría de sus caderas parecía un poco más
oblonga que en las auténticas caderas de Marie; el ritmo serpentino que
conectaba la hipérbola de su torso con los conos generosos de sus piernas,
parecía torpe y poco fluido con respecto al original; luego recordó que las
manos de Marie no eran tan pequeñas como las que evocaba en su retrato, y que
la ficción simétrica de sus tobillos resultaba más gruesa y menos sutil que en
la anatomía auténtica. En cambio, pudo advertir que las pinceladas vaporosas con
que había buscado difuminar las facciones de su rostro, aventajaban en mucho los
rasgos de la auténtica Marie. Bastante lejos de querer perdonarse esos errores,
De Bourgeois se resignó a la idea de haberse convertido en el trivial artífice
de un fantasma. Confundido, no supo más si era un buen pintor o un gran
embustero. Abrumado por la perplejidad, de nuevo se deslizó hasta su ajedrez: imaginó
su estrategia con profunda concentración, y luego movió uno de los caballos
rojos para defender a su rey de los alfiles blancos. Decidido a olvidarse del
mundo y a existir solamente para su imagen de Marie, se despojó de sus ropas en
silencio y se tendió bajo la tibieza de sus sábanas, dispuesto a untarse de
pintura fresca (juzgó aquella humedad como un buen presagio) mientras pisaba la
sombra del amor abrazando el cuerpo tinturado de su mejor ficción. La abrazó
con tanta fuerza que la despertó: su imagen de Marie, deseosa, se dio la vuelta
y luego se entregó con honda pasión a los latidos del pintor. De Bourgeois comprendió
entonces, haciéndole el amor a su mujer, que había vuelto a nacer en el alma de
alguna ironía metafísica cuya irrebatibilidad, no obstante, de alguna manera vindicaba
y sugería la existencia de un Creador.
6.
Las vendas que envolvieron la quemadura
del pintor casi hasta los últimos días de mayo, dificultaron todavía más la impericia
habitual de sus pinceles. Llegó a sentirse físicamente agobiado y
pictóricamente agotado. Una depresión constante lo dominaba: pensó en dedicarse
a los bodegones, a los paisajes, en trabajar como ilustrador, como diseñador de
tarjetas, en explorar la creación publicitaria, en pintar domicilios, en
retirarse… Durante varios días en los que Marie pareció no preocuparse
demasiado por embadurnarlo todo de pinturas, De Bourgeois consideró muchas
veces el suicidio. Deprimido, le parecía una extrañeza el inusual
comportamiento de su retratada: el acto de manchar la piel y las sábanas de su
enamorado cada vez que se amaban, se consentían o se acariciaban, parecía no
alarmar los hábitos que acostumbraba su imagen de Marie. Ella sólo miraba las
manchas con distracción, como contemplando el vacío mientras se abstraía en
lejanos pensamientos. Sin embargo el pintor no dejaba de estudiarla, espiándola
desde su caballete mientras fingía pintar: resultaba fácil descubrir que Marie,
sentada frente al ventanuco mientras apuraba la picadura del pintor, hacía un enorme
esfuerzo por no sucumbir ante el tedio que implicaba vivir encerrada en la
buhardilla. Desde luego, De Bourgeois, embebido en su propio egocentrismo, decidió
no darle ninguna importancia a esa situación.
-Deberías agregarle más opio a tus
picaduras –comentaba ella, adormilada-; es buen alimento para la cabeza, lástima
que no tanto para el cuerpo…
-¡Ni para la moral! –replicaba De
Bourgeois, muriéndose de risa.
Después no dejó de retratarla: le placía
enormemente contemplar a su Marie desnuda y provocativa, mientras ella hacía su
mejor esfuerzo porque su amado se concentrase más en ella y su voluptuosidad
que en sus lienzos y sus pinceles. Captada así la atención del retratista,
Marie se deleitaba seduciéndolo para que al final terminasen entrelazados,
amándose sobre el diván que el pintor reservaba para sus modelos. El pintor se
dedicó a vivir su vida reproduciendo gustoso la imagen ideal de una simple
sombra, agregando a la realidad retratos y duplicaciones todavía más irreales de
esa sola imagen, como si tales duplicaciones fueran un adjetivo, un fragmento o
una cifra de la realidad. Retratando una y otra vez a su amada, de buena fe el
pintor creyó poder completar así el círculo místico de su existencia al reducido
interior de su buhardilla: resuelto a vivir su vida dejándose contaminar por
las pinturas al aceite que informaban el cuerpo de su Marie, Georges se resignó
a existir en ese limitado universo sólo para prolongar la existencia espectral
de su retratada: si no podía tener el amor de la verdadera Marie, pensaba, al
menos se esforzaría por conservar el amor de su reflejo, de su fantasmagoría o de
su simple falsificación. Se forzó a enclaustrarse con esa imagen bajo el
pretexto, no del todo falso, de amparar a su amada del peligro que
representaban las barricadas de los estudiantes y las bombas de los anarquistas.
Pero en realidad, otras habían sido las preocupaciones que lo condujeron a vivir
como un anacoreta: aun cuando los óleos que cubrían el cuerpo de Marie terminasen
de secar, de inmediato habrían de llamar la atención de los transeúntes si
permitía que ella saliese a la calle con la piel pintarrajeada: entonces
vendrían las preguntas, las burlas, las incriminaciones mutuas, la confusión de
Marie. Y con esta confusión, las ganas de correr en busca de Jean Paul, de sus
padres o de alguna otra de sus amistades que pudiera decirle la verdad sobre su
insólita relación con el pintor. Agobiada por una intolerable sensación de perplejidad,
no cabría duda de que estas visitas acabarían enloqueciéndola con razones que
nadie fuera del pintor podría comprender, y con actitudes, severamente
hostiles, que ella no sabría cómo tolerar: todos habrían de considerarla una
vulgar y delirante impostora, y su incursión a la casa de amigos o parientes podría
culminar en tragedia, puesto que en algún momento se vería obligada a enfrentarse
con la auténtica Marie.
Creyendo mantener asegurada la vida de
su Marie, el pintor se daba el lujo de salir de vez en cuando de su encierro,
con la excusa de recorrer las calles de Montparnasse o los cafés de Montmartre
en busca de compradores para los lienzos y las sanguinas que, cada vez más
satisfactorias, estaba deparándole la inverosímil desnudez de su Marie,
mientras intentaba volver a consumar el funesto encargo para la boda de su
amiga con Jean Paul; un encargo que, no obstante, dejó de importunarle por
completo a raíz de la milagrosa irrupción de su Marie. Pronto se habituó a
pasear con cierta indiferencia por la ínsula de la Cité, recorriendo las
boutiques de bajo perfil o las tiendas de ropa usada mientras buscaba modestas
ropas de verano con qué vestir a su mujer. Durante las noches, por petición
explícita de ella, le gustaba recorrer las calles del barrio tailandés en busca
de cápsulas de amapolas verdes con qué preparar su receta de opio y picadura. Incluso se paseaba por las
tiendas y los súper mercados para comprar las legumbres, los víveres y las
conservas que, desde la milagrosa irrupción de su enamorada, ya no permitía que
su madre le trajese a la buhardilla. Mientras tanto, su Marie aguardaba
juiciosamente allí a que su marido regresase sano y salvo del mundo exterior: preocupada
por no contradecir la paranoia con que el pintor pretendía mantenerla a salvo
de los circunstanciales desórdenes de París, ella poco a poco comenzó a
experimentar las crueles monotonías del tedio. Y cuando el pintor regresaba a
su buhardilla, tarde en la noche y un poco ebrio por el brandy que a veces se
permitía con algunos amigos de Montmartre, se amaban con las luces apagadas y la
mente de Marie por completo abstraída en la indiferencia.
Luego de haber terminado el día
dieciséis, ella comenzó a perder interés en seguir desempeñando el papel de la
esposa sumisa a la que no le importaba la escasa disposición de su marido para los
hábitos de la vida en sociedad: dejó de aceptar el hecho, poco trivial, de que
él prefiriera declinar cualquier invitación ofrecida por sus amigos, pero aún
más el hecho de que Georges se negase a recibir visitas, recomendándoles por
teléfono que no se arriesgasen a cruzar la ciudad en medio de semejante estado
de caos en que, peligrosamente, nada ni nadie podía garantizar la seguridad de
los ciudadanos que buscasen continuar con la tranquilidad de su vida social. Pretextos
más, pretextos menos, el pintor creyó haber calculado todo con suficiente
escrúpulo y precaución para mantener a su milagro lejos de las inquisiciones de
los intrusos. Todo, menos la voluntad de Marie: embebido en el orgullo febril
que le había insuflado la magia modesta de su primera obra maestra, el pintor no parecía
demasiado consciente de las necesidades vitales de su mujer, ni siquiera de sus
sentimientos al interior de la relación. Así, ciego de soberbia y por ello prácticamente
inmune al dolor ajeno, ya no fue capaz de percibir otra cosa fuera de su propia
satisfacción. Pronto dejó de percatarse del aburrimiento que había comenzado a
gestarse en las tardes iguales de Marie: el hastío de su cotidianidad se
consumía leyendo los libros esotéricos del pintor y su nutrida colección de volúmenes
de pintura e historia del arte. A veces ella se abstraía en sus pensamientos contemplando
con indecible nostalgia el ajedrez de su marido: le parecían un enigma esas cavilosas
figuras de piedra; mientras compartían el monótono cohabitar de sus días
idénticos, Marie se dedicaba a estudiar las posibles jugadas en el más absoluto
silencio, como si tuviese la secreta intención de memorizarlas o de hallar la
manera más efectiva de poner en jaque a su amado pintor. Fingiendo distracción,
ella alguna vez le dijo:
-Me gusta tanto el ajedrez… ¿Por qué ya
nunca lo jugamos juntos?
Sin levantar el rostro de sus sanguinas
y con su habitual desgano a la hora de entablar cualquier conversación, el
pintor apenas contestó:
-Te prometo que cuando acabe esa
partida, volveremos a jugarlo.
Enseguida Marie, justo cuando el reloj
de su tatarabuelo marcó la hora de su té y aprovechando la inviolable
concentración de Georges en sus sanguinas, movió el caballo blanco que debería
escoltar a su dama hasta la inminente captura del rey rojo.
7.
Para cuando la plenitud de la primavera
había comenzado a marchitarse, en la tarde del día diecinueve la sorpresa, la
consternación y la infamia trajeron el horror a aquella buhardilla oscura de Montparnasse.
Ese día el pintor había salido muy temprano para buscar cierta especie de
amapola cuyo jugo, extraíble sólo cuando las flores estuvieran verdes,
funcionaba muy bien a modo de narcótico. El capricho de su mujer por fumar algo
de opio había comenzado tarde en la víspera, y el pintor, sintiendo cierta
frustración luego de haber malogrado varias sanguinas durante la jornada por la
ansiedad que le había provocado a Marie la falta de opio al momento de posar,
le prometió salir muy temprano en la mañana para buscarle esas flores:
consumida su mujer por los efectos de la abstinencia, no quedaba más remedio
que salir a buscarlas. Así, con las primeras luces del alba el pintor abandonó su
encierro y se dio un paseo por la ciudad mientras consumaba el encargo. La
ciudad, solitaria y caótica a la vez, pareció mostrar un rostro asaz diferente
al de sus cotidianas repeticiones; sintiendo un poco de sueño mientras caminaba,
algo muy en lo profundo lo obligó a sentir que se conducía por las harto
conocidas calles de París como si en realidad estuviese errando por una ciudad
extranjera: todo parecía inexplicablemente nuevo, como si el mundo y los
individuos hubiesen sido creados hacía sólo unos pocos instantes, pero,
paradoja entre paradojas, dotados con la larga memoria de una Historia
Universal que únicamente existía al interior de sus consciencias. Acercándose
la tarde, cuando De Bourgeois se disponía a regresar a Montparnasse desde las encrucijadas
del barrio tailandés, casualmente se topó con un antiguo amigo de su natal
Argenteuil quien, haciendo honor a su antigua amistad, enseguida le invitó a
tomarse unas copas de ajenjo para que pudieran conversar de los tiempos ya idos.
Imprevisiblemente, el pintor accedió. Y aunque intentó apurar esas copas para
volver cuanto antes a su buhardilla, resultaba indudable que en verdad estaba
disfrutando esa tarde como pocas durante las últimas semanas. Cerca del crepúsculo,
De Bourgeois debió detener la deleitable conversación bajo la excusa, verdadera
en todo caso, de que se encontraba incómodamente ebrio: la rapidez con que se
había bebido sus ajenjos, poco le había permitido a su cuerpo metabolizar el fuerte
licor, desamparándolo en las calles del centro bajo cierto grado de embriaguez al
que, desde luego, no estaba acostumbrado. Temiendo que el pintor cayera preso
de algún accidente que involucrase en un mismo azar su borrachera y las
protestas de los estudiantes, su amigo se ofreció a llevarlo en taxi hasta la
puerta de su domicilio. Ebrios los dos, se alejaron del barrio tailandés en un
taxi cuyo chofer no tenía muy en claro el lugar de su destino: desinhibidos por
efecto del alcohol, De Bourgeois y su amigo disfrutaron burlándose festivamente
de su conductor, bromeando una y otra vez sobre la real dirección de su
vivienda.
Hacia las horas del anochecer, justo
para su té rojo de las ocho, el retratista de Marie por fin logró arribar al
silencio de su residencia. Se despidió más de una vez de su compadre, como
corresponde entre borrachos, y, dando dos o tres tumbos, logró bajarse del
taxi. Y aunque la portera le dio acceso rápido al interior y lo condujo de la
mano hasta el elevador, el letargo del alcohol le impidió activar con
diligencia su mecanismo, sucumbiendo repentinamente al sueño: entre las ocho
menos veinte y las ocho menos cuarto, De Bourgeois, de pie, durmió placenteramente
en la jaula del ascensor. Despertado por una extraña corriente de viento cuyo
origen no pudo discernir, y descubriéndose todavía encerrado en esa jaula, el
pintor decidió utilizar las escaleras y subir siete pisos, a pesar de la
ebriedad, para poder llegar hasta su buhardilla. Intentó disipar su borrachera:
respiró varias veces con profundidad, y enseguida acometió el trabajoso
desplazamiento hasta su residencia. Se detuvo en tres ocasiones, más para mantener
las entrañas en su sitio que para descansar de su labor. Por fin, a las ocho
menos cinco, consiguió arribar hasta el umbral de su buhardilla; mareado y con
la mente nublada por el sueño, la fatiga y el alcohol, le costó trabajo encontrar
las llaves de su casa. Sabiendo lo que ya iba a encontrar, hurgó en sus
bolsillos varias veces sin encontrarlas. No lejos de la superstición, juzgó ese
olvido como una mala señal. Enseguida tocó tres veces sobre el portón de roble,
tal como lo había convenido con su imagen de Marie. Vencido por el sueño, apoyó
la frente sobre la fatigada puerta, aguardando a que le abriese su mujer. De
inmediato sintió que soñaba: por su mente
desfilaron imágenes de estudiantes, de barricadas, de rebeliones ácratas, de gobiernos
inútiles, de sus tumbas favoritas del cementerio, de la reproducción de la Pietá, de innumerables imágenes de Marie
refundidas en la apariencia de las nubes, de la inmensa soledad de su
buhardilla…
La demora manifiesta de Marie para
abrirle la puerta enseguida lo inquietó. Bastó ese ínfimo detalle, para que se
desvaneciera su embriaguez. Sintiendo en el cuerpo un incómodo presentimiento, de
golpe recordó que había guardado las llaves entre las confusas monedas de una
cartera que le había obsequiado la auténtica Marie un par de años atrás, y que
él, a veces, escondía en su cartapacio de dibujos. Agobiado por la angustia, ensayó,
sin éxito, varias de esas llaves hasta encontrar la que buscaba; la puerta al
fin cedió: Georges atravesó el umbral como si hubiera logrado volver de un
inescrutable desierto. Buscó la imagen de su Marie por los espacios de la
buhardilla: casi derrumbándose, debió resignarse a que ella ya no estaba allí. Creyendo
que el tiempo de su milagro había declinado, clavó sus ojos en el óvalo de su lienzo:
la ausencia de Marie allí también se mantenía intacta. Gritó su nombre con
desesperación mientras giraba sobre sí mismo sin saber qué hacer ni qué pensar.
Previsiblemente, no pudo evitar cierta sospecha. Buscó entre las cosas personales
de su retratada: todo estaba allí, menos la minifalda roja y la escotada blusa
azul que le había comprado para cuando terminase de llegar el verano; sus
zapatos sin tacón tampoco estaban en su sitio. Sintiendo un poco de frío, el
pintor se sentó al borde de la cama con lágrimas nublándole la vista. El llanto
lo condujo a descubrir entre las mantas revueltas su pipa favorita y el
encendedor de su tatarabuelo, casi ocultos bajo el edredón; junto a ellos, una
edición bilingüe de “El retrato de Dorian
Gray”, la novela favorita de Marie. Olió la cazoleta y comprobó que, antes o
después de haber estado leyendo, su mujer había fumado una gran cantidad de
opio. El horror ya no se podía refutar: el espectro de Marie no se había
desvanecido mágicamente en el aire, sino todo lo contrario: sintiéndose cautiva
en esa umbrosa buhardilla de reducidas dimensiones, la señorita Dubois,
atormentada por sus deseos de vivir, se había lanzado a explorar las calles de
París vistiendo su atuendo más provocador.
Sólo entonces el pintor dio un vistazo a
su ajedrez: entre las figuras de los caballos rojos, Marie le había dejado una
nota. En ese momento De Bourgeois no pudo no notar que Marie había operado un
movimiento equivocado del alfil rojo que prácticamente desamparaba a su rey: en
dos jugadas, la dama blanca finalmente acabaría capturándolo. El pintor desdobló
la ansiosa hoja y trató de concentrarse: la escritura le pareció tan precisa y lacónica
como una carta de suicidio. Marie mencionaba en ella que, cansada de su
encierro y hastiada de los interminables silencios de su marido, se había ido a
la Sorbona para participar en las protestas junto a sus excompañeros de la
universidad. También aseguraba estar de vuelta para su tecito rojo de las ocho.
De inmediato el pintor indagó en el reloj de su tatarabuelo: sólo tres minutos
lo separaban de la hora mágica que habría de reencontrarlo con la imagen de su
amada. Encendió su pipa y se sentó a esperar en la silla de su ventanuco
mientras fumaba algo de opio. Luego de la primera bocanada, inevitablemente sus
ojos se posaron sobre el óvalo de su retrato; entonces notó algo que le había
sido velado antes: en sus ojos reflejados por el espejo ovalado y convexo que
había pintado con altísimo detalle, se veía el reflejo de ella misma reflejada en
los ojos del pintor, que a su vez se reflejaban en los ojos de Marie que se
reflejaban en los ojos del pintor que se reflejaban en los ojos de Marie, y así
hasta lo infinito. De Bourgeois sucumbió al vértigo, y creyó que al fin estaba
despertando a la consciencia (o a la pesadilla) de su auténtica locura: se
resignó a la idea de que su completa historia al lado de su imagen de Marie parecía
comportar una alucinación favorecida por el cansancio, el desamor, el abuso del
opio. Incluso se atrevió a pensar que él mismo, arrebatado por un inviolable
acceso de psicosis, en algún momento podría haber escrito la nota. Y sin
embargo, sin haber acabado de aceptar la idea de estar enloqueciendo, decidió
seguir adelante con su alucinada puesta en escena. Casi al borde del colapso,
recordó que el reloj de su tatarabuelo solía atrasarse varios segundos cada
treinta minutos. Comprendió que ya había pasado bastante más tiempo, y que su
reloj había marcado hacía rato la hora de su té sin que hubiera tenido noticia
de su mujer. Se levantó, arrancó del perchero su bufanda de paño irlandés, se puso
un sobretodo liviano, agarró su pipa, el encendedor de su tatarabuelo y su
bolsita de picadura; buscó un par de limones en su nevera, tomó sus llaves y
luego se arrojó a las intempestivas calles de París, buscando reencontrarse con
su imagen de Marie.
Primero fatigó las bifurcaciones de
Montparnasse, suponiendo que quizá pudiera hallarla refugiada en alguno de los
parques del vecindario, en cuyos jardines ella siempre buscó disipar un poco su
natural tendencia a la melancolía. Recorrió así las encrucijadas del Jardín
Atlántico; anduvo por los prados deleitables del Observatorio de París; examinó
las zonas verdes del Museo General Leclerc; fatigó los jardines del Parque
Henri Cadiou y luego encaminó el mapa de su búsqueda hasta el perplejo parque
René Le Gall: todo absolutamente en vano. Resultaba definitivo, pensó, que Marie
no había regresado aún a Montparnasse. Estaba recién caída la noche cuando los
extenuados pasos del pintor se encaminaron hacia el cementerio: dispuesto a
buscar su imagen de Marie aun en los últimos recodos del Erebo, pronto se
internó en el complejo entramado de las tumbas, creyendo poder encontrarla en
alguna de sus encrucijadas. Sin mayor consciencia de la ruta que habría de
tomar al recorrer esas desesperadas ramificaciones, el pintor prácticamente erró
en círculos sin hallar nada. Sin embargo, de pronto se topó con su tumba
favorita, casi como si hubiera sido una cruel ironía del azar: aquella tumba con
la escultura del moribundo cubierto por una sábana y que no había conseguido
encontrar el día en que logró descifrar la correcta iluminación para su retrato. Fascinado por el realismo de esa escultura
doliente, se entretuvo un largo rato estudiándola bajo la mortecina luz de los
faroles, como hipnotizado por esa fantasmagórica perfección que lo había
cautivado siempre. Pronto sintió que esa escultura, y probablemente el resto de
la tumba, era bastante más real que su propia sombra de pintor. Consumido por la
consternación, De Bourgeois se convenció de que jamás iba a encontrarla allí.
Atravesó el jardín central del camposanto buscando la salida: haciendo un
esfuerzo por que sus piernas no claudicasen antes de encontrar a su imagen de
Marie, decidió buscarla en las inmediaciones de la Sorbona, el alma mater de su
retratada.
8.
Atravesando los enmarañados túneles del
metro, el pintor se adentró en el laberíntico centro de París, sin encontrar
nada diferente a la numerosa soledad de las muchedumbres. Salió del subterráneo
por la estación de la Plaza del Panteón, abriéndose camino a trompicones en
medio del gentío, y se dirigió, con paso firme pero fatigado, hacia los edificios
de la Normal: preso de su habitual sensación de irrealidad, sintió que atravesó
calles innumerables, barrios innumerables, jardines innumerables, universos
innumerables hasta que, al fin, viéndolos desde cierta distancia, pudo divisar los
edificios dieciochescos de la Sorbona. Exhausto, De Bourgeois logró alcanzar
las barricadas incendiarias que cercaban (o resguardaban) las aulas donde se
habían amotinado los estudiantes. Los gases lacrimógenos de la policía lo obligaron
a cubrirse el rostro con su bufanda, que previamente había empapado con jugo de
limón: caminó con torpeza por entre las barricadas hasta alcanzar el umbral de
la Sorbona, sin saber si lloraba lágrimas de dolor, impotencia o simple intoxicación.
Intercambió dos o tres palabras de fina cortesía con los estudiantes que
montaban guardia, hasta que finalmente éstos lo dejaron penetrar en el ansioso caos
de las aulas: uno a uno recorrió los varios salones donde polemizaban los grupos
de estudiantes, preguntando a quien se cruzase en su camino por una estudiante de
tales y tales características que, además, tenía la piel cubierta de pinturas. Visitó
las oficinas solas y recorrió las cafeterías pobladas de rebeldes, transitó por
el rompecabezas de los pasillos, de los zaguanes, de los patios ínfimos, de las
plazoletas vacías y las terrazas con jardín, sin hallar la menor noticia de su Marie.
Frustrado, desfallecido, ansioso, el pintor sintió que iba a derrumbarse justo
allí: en medio de una revolución estudiantil a la que él jamás había dado
importancia y en los incomprensibles espacios de una universidad cuya enseñanza
de izquierda siempre despreció.
Con mayor desesperación todavía, De
Bourgeois no quiso resignarse a la posibilidad de que su imagen de Marie simplemente
se hubiese desvanecido en el aire: decidió arriesgarse, entonces, a buscarla
por entre las innumerables barricadas que por todos lados entorpecían las calles
de París. Con poca o ninguna estrategia, corrió desconsoladamente en medio de esas
improvisadas trincheras con el ímpetu de un delirante. A veces creía escuchar
desde muy lejos el rumor de su voz; creía percibir en el aire el eco de su
perfume; le parecía vislumbrar a lo lejos el rubio resplandor de su cabello y
varias veces creyó ver su rostro innumerablemente refundido entre la masa
anónima que marchaba por los bulevares: algo en su corazón lo obligaba a sentir
que se hallaba cada vez más cerca de encontrarla vagando entre la multitud. La
buscó entre los automóviles desvalijados; entre los taxímetros a medio
incendiar; entre los autobuses inútiles; en el vago reflejo de las vidrieras y
en la inhabitual soledad de los centros comerciales: por ningún lado aparecía
la menor huella de su Marie. Pensando en la volatilidad de ciertos pigmentos que
se evaporan al contacto con el aire, el pintor imaginó que su mujer realmente
parecía haberse volatizado: la consternación, la soledad, tal vez la fiebre, lo
condujeron a la conclusión de que el trabajoso milagro que durante tantos meses
esforzó para falsificar su imagen de Marie, se le había desvanecido con la
misma celeridad que hacía unos pocos días le había permitido consumarlo.
Intentando volver sobre sus pasos, Georges,
al doblar por una esquina idéntica a todas las demás, desembocó en una situación
intolerable: de pronto se vio acorralado por una acalorada muchedumbre de
manifestantes que se preparaba para salir desde el Jardín de las Tullerías
rumbo al Arco del Triunfo, rodeándolo con sus banderas, sus pancartas, sus
pendones, sus panfletos, sus consignas y sus linternas de protesta nocturna,
empuñándolos casi a modo de fusil. Lo infernal (lo monstruosamente infernal) era
el hecho incomprensible de que los pendones, las banderas, los panfletos y los
pabellones, de alguna manera habían usurpado su imagen de Marie: comprobó que esas eran las marcas de sus pinceladas, las
cicatrices de su espátula, las texturas de sus empastes y su umbrosa
iluminación al estilo de Caravaggio. Esas muchas formas de la intimidad, pensó
con rabia, habían sido descaradamente plagiadas (o falsificadas) por una infinitud
anónima de manifestantes que tal vez poco o nada sabrían de pintura. Indignado
y con lágrimas de cólera cegándole los ojos, el pintor caminó a contracorriente
en medio de la invariable multitud, mientras poco a poco iba verificando la
perfección de aquellas copias terribles, admirables, simplemente inhumanas. Deseando
vengarse de ese cruel universo de plagiarios, se lanzó violentamente contra ellos,
como una especie de Quijote o de Orlando del mundo moderno: rasgó numerosas
banderas y derribó pendones por doquier; con el encendedor de su tatarabuelo incineró
varios estandartes y quemó muchos panfletos que imitaban el óvalo de su retrato;
incluso llegó a golpear a varios de los falsificadores, amenazando de muerte a tres
o cuatro de ellos. En medio de su rabia, el pintor debió reconocer que esas
imágenes no eran sólo vulgares falsificaciones de su lienzo: “eran” la misma imagen de su lienzo. De repente se sintió embargado por una náusea insoportable
y una sensación de pánico que le enfrió la sangre. Colmado por un rencor que no
lo visitaba desde sus suplicios en la facultad de ingeniería, sospechó que
aquel mundo absurdo plagado por su propia imagen de Marie, comportaba un fragmento,
o un atributo, de la monstruosa irrealidad con que al parecer estaba construida
su propia realidad. Es decir, le pareció una sustantiva manifestación de su
propio infierno personal.
Sin tiempo ni cordura suficiente como
para pensar con claridad, intentó refugiarse de este nuevo caos mientras
buscaba doblar por alguna esquina que lo condujese fuera de la muchedumbre. Empero,
nada en ese absurdo universo de imágenes repetidas le permitió ponerse a salvo
de su propia mezquindad: la multitud sencillamente se multiplicaba a cada
segundo y por todas partes. Tratar de escapar de esa imagen tan querida en el
pasado y ahora sólo abominable de tan obstinada y presente, encarnó para el
pintor cierto conocimiento de sí mismo, cierta sabiduría peligrosamente
verídica que sólo puede lograrse (como Ulises, como Eneas, como Leopoldo Bloom)
descendiendo a los indescifrables rincones del infierno. Así, entre las fracturas
de una realidad que había comenzado a agrietarse desde la milagrosa aparición
de su Marie, el pintor creyó vislumbrar una concisa refutación del mundo: una
aporía de cierto valor metafísico cuya dialéctica, tan precisa como las paradojas
de Zenón, parecía surgir desde las fisuras mismas de la eternidad. Aprensivo, ofuscado,
infinitamente confundido, De Bourgeois acabó por resignarse a la indescifrable
locura del mundo, sospechando que al mismo tiempo también era la suya.
Como un ciego sin lazarillo se dejó
conducir por la multitud, con la mirada puesta en el vacío mientras hacía un
inventario de todos los afanes que de uno u otro modo lo ataban al espectro de
Marie: siempre se había soñado el único merecedor de su presencia en sus tardes
del futuro, compartiendo el perfume de sus bálsamos, la tibieza de sus manos,
el carmín de sus labios, las ondulaciones de su cabellera, el ancho mundo de
sus senos, la curva dórica de sus piernas, su clara pasión por el ajedrez, su
devoción por la pintura, su mutua necesidad de justificarse ante los implacables
tribunales de la Historia Universal… Ahora, extraviada esa presencia
fundamental en los laberintos del tiempo, la secreta geometría del azar le
ofrecía innumerables espejismos que, si bien idénticos al original, carecían del
espíritu y la pureza irrepetible de su retratada. La amargura de esta última
intuición bastó para que el pintor advirtiese que había comprendido la efímera
plenitud de su papel cuando ya era demasiado tarde para representarlo. Anduvo
entre la gente casi sin consciencia del tiempo o de sí mismo, hasta desembocar
en los solitarios jardines del Museo de l’Orangerie. Buscó en ellos cierta
escultura de Rodin, que tantas veces había contemplado en compañía de la
auténtica Marie. Al encontrarla, se sentó en una de las butacas del jardín y la
estudió juiciosamente desde allí; encendió su pipa, y, luego de dos o tres
bocanadas, imaginó a Rodin apremiado por el entusiasmo de modelar su escultura,
como si a través de ella pudiera postular su propia versión del universo. Imaginó
cómo sería su propia vida si de repente una de esas esculturas cobrase vida
enamorándose de él. Entonces pensó que amar un fantasma hecho de bronce y esperanzas
en realidad no comportaba una deplorable versión de la realidad, sino una
afirmación de sus constantes y sucesivas irrealidades. Luego rechazó tal
imaginación, y concluyó que considerarse amado por una fría escultura milagrosamente
traída a la vida, en realidad admitía una circunstancia por completo intolerable.
Se puso de pie y comenzó a rodear el museo profundamente abstraído, existiendo
sólo a través de sus fantasías fomentadas por el opio. Y cuando por fin logró
desenredarse de tales visiones, descubrió que había caminado un largo trecho
por el malecón de las Tullerías. Perdidas las esperanzas y resignado a dejarse
llevar por la irrevocable realidad de sus delirios, desistió de su búsqueda y
se refugió en las solitarias orillas del Sena.
Fumando su picadura especial, se instaló
junto a las barandas del malecón. Y aunque la densa penumbra de la noche había
oscurecido aún más las de por sí oscuras aguas del río, la luz del alumbrado
público que se reflejaba sobre la corriente le permitió contemplar en ellas su propio
rostro: mirando su imagen encrespada por las ondulaciones de las aguas, sintió
que su locura era inminente, y su soledad, infinita. Recordando a Schumann, no
pudo evitar los deseos de arrojarse a las frías aguas del Sena. Contemplando en
esas aguas el reflejo de su rostro, De Bourgeois descubrió que en el reflejo de
sus ojos podían verse, como enjaulados, los ojos claros de Marie. Creyó de
inmediato que ese reflejo era ella, la auténtica Marie, y no la laboriosa falsificación
de su retrato. Vanamente la llamó desde del malecón, corriendo a lo largo de
las barandas como si estuviese intentando socorrer a esa mujer que parecía arrastrada
por la corriente y que no reconoció el rostro del pintor. Luego de haber
corrido un largo trecho gritándole que la amaba, el pintor experimentó la
certeza de que sólo entrando en las crapulosas aguas podría reconocer ella su
rostro, y, naturalmente, dejarse socorrer por él. Y aunque temió morir
arrastrado por el caudal, buscó una pendiente que le permitiese descender hasta
el río. Encontró unas escalerillas que descendían hasta la corriente, casi
debajo de la Pasarela de Solferino; por esas escalerillas bajó: se sumergió en
el río casi hasta el cuello, sintiendo que, a pesar de estar comenzando el
verano, en pocos minutos el torrente terminaría por hundirlo en la hipotermia.
Temblando, se apresuró a buscar de nuevo el reflejo de Marie sobre las ondulaciones
del río. En cierto momento no vio más el reflejo de su propio rostro, sino solo
la espectral imagen de Marie; se convenció de que, para consumar de una vez por
todas su amor hacia ella, debía abrazar esa imagen custodiada por el agua.
Anheló un beso más de ese rostro tantas veces frecuentado por la mediocridad de
sus pinceles; olvidó su nombre, su realidad y su cordura, y ya sólo existió
Marie en todos y cada uno de sus pensamientos, cada uno sus recuerdos y cada
uno de sus ensueños. Y mientras acercaba a las aguas el calor de sus labios,
sus piernas congeladas perdieron pie en el légamo del río, hasta que su cuerpo
fue tragado por el helado aluvión de la corriente.
*****
Había transcurrido ya un largo rato
contemplando el insatisfactorio lienzo ovalado de su caballete, cuando Marie
Dubois, la celebrada pintora de la antigua familia Dubois, quien había
conquistado el mundo del arte a sus diecinueve años y lo había perdido a sus treinta,
dejó a un lado la paleta fatigada por un caos de inútiles pinturas y se deshizo
después de los abatidos pinceles. Todavía insatisfecha con el trabajo que había
ocupado otra de sus noches esforzándose en lograr un retrato convincente de ese
misterioso rostro que, por única vez en su vida, había visto refundido entre
las barricadas de aquel mayo legendario, y cuyos rasgos entonces le parecieron
resplandecer graciosamente iluminados por las luces del crepúsculo, se resignó
a que esta vez tampoco sería capaz de concretar la imagen que todavía campeaba
en sus recuerdos. Aturdida por su adicción a las visiones del opio y las
borracheras del ajenjo (una costumbre que le había traído el tedio de su
matrimonio), en algún momento creyó haber encontrado el verdadero amor en el
rostro de ese joven lozano que vio una sola vez y del que sólo pudo conocer su
nombre: Georges De Bourgeois, estudiante de ciencias sociales de la Sorbona que
había desaparecido, en condiciones muy extrañas, durante el calor de las
revueltas. Inconsolablemente enamorada de una imagen, la pintora creyó poder
obrar con sus pinceles el mismo milagro tantas veces atribuido a Pigmalión:
lograr la confección de una imagen más real que la misma realidad, a través de ciertos
artificios técnicos cuya perfección debería bastarle para traer esa imagen a la
vida. Dispuesta a triunfar en su búsqueda del amor perfecto mediante la
consumación de una imagen perfecta, Marie solía fumar considerables cantidades
de opio para dedicarse a ensoñar historias completas con qué alimentar sus fantasías
junto a la imagen de su amor ideal. Historias que ella, desde luego, acostumbraba
a consignar en las páginas secretas de su diario, y con las que pretendió
conspirar una historia de vida lo suficientemente detallada y compleja, como
para dotar de espíritu a su estático recuerdo de Georges y así poder insuflarle
la necesaria dosis de realidad a la definitiva imagen de su retrato.
Marie encendió de nuevo su pipa
colmada de opio; aspiró un buen par de bocanadas y luego se recostó sobre su
cama, haciendo un esfuerzo por recordar la única imagen que había visto de Georges
De Bourgeois mientras, a su vez, contemplaba su imperfecta versión de aquel
rostro remoto que, sin embargo, parecía vigilarla desde el caballete. Después
miró su ajedrez de piedra antes de sucumbir a las visiones, y confirmó que sólo
debía mover la dama blanca para acabar apoderándose del rey rojo. Cerró los
ojos ahora apretados por efecto del narcótico, y aguardó, infinitamente serena,
a que de nuevo la colmasen las imágenes de Georges. Así, desde las inmensas
profundidades de Marie Dubois, Georges De Bourgeois volvería a morir sin saber
que él también era sólo una apariencia, y que otro estaba soñándolo,
posiblemente desde el origen mismo del tiempo.