viernes, 14 de noviembre de 2025

 

EL IMPERFECTO

RETRATO DEL SILENCIO

(Relato)

 

A mi madre, Mireya Escobar Patiño, transeúnte y pintora del infinito

 

Mientras la tristeza se contenta con un marco de fortuna, la melancolía precisa una orgía de espacio, un paisaje infinito para desplegar en él su gracia desagradable y vaporosa, su malestar sin contornos, que, por miedo a curar,

teme un límite a su disolución y sus ondulaciones. Florece –la flor más extraña del amor propio- entre los venenos de los que extrae su savia y el vigor de todos sus desfallecimientos.

 

E. M. CIORAN, Sobre la melancolía.

 

¿Qué es un cuadro? ¿Es una imagen? ¿Una creación? ¿Una prolongación del yo? ¿Un objeto aislado del resto?

Y por otra parte, ¿qué es lo que ama el pintor? ¿La encarnación de su amada que él mismo ha creado, o su amada Misma? ¿La evocación de sus propios sentimientos hacia ella, o la criatura viva y palpitante? ¿Dónde está el Cuadro? ¿Se cierne entre el artista y el observador? ¿Habrá que buscarlo en el componente material de la propia

Imagen, diferente del resto? ¿O se refugia más bien en la imaginación del autor, y sólo nos es dado contemplar

Una representación que nadie sino el propio artista puede reconocer verdaderamente?

 

DORE ASHTON, Una fábula del arte moderno, IV.

 

Caminó contra los jirones de fuego. Estos no mordieron su carne, estos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

 

JORGE LUIS BORGES, Las ruinas circulares.

 

 

1.

 

La noche del dos de mayo de mil novecientos sesenta y ocho, durmiendo en la tiniebla de cierta buhardilla oscura de Montparnasse, Georges De Bourgeois, autor de retratos que imitaban en sus lienzos las pinceladas de Kokoschka, soñó, una vez más, con el retrato tantas veces borroneado de Marie Dubois, la incuestionable musa de sus desventuras. Urgido por el deber de terminar ese retrato como regalo de bodas para el matrimonio de Marie con Jean Paul (su amigo de toda la vida y el hombre que le arrebató el amor de su retratada), De Bourgeois, contando cada vez con menos tiempo a su disposición para concluir ese retrato, se vio abrumado por la falta de inspiración que le había traído el tormento de semejante encargo, permitiendo que las circunstancias de su suplicio (los rencores, el desamor, el tedio, la constante ausencia de una musa), también pasaran a formar parte de sus pesadillas. La boda, cuya proximidad le atormentaba entre sueños, habría de llevarse cabo en los primeros días de junio, para cuando terminase de llegar el verano. Su sueño de aquella noche fue básicamente el mismo: sus imágenes se limitaban a soñarlo frente a su caballete, encerrado en su estudio mientras intentaba cumplir con la composición de esa pintura. Se soñaba cada vez más atormentado, y ya sólo lograba tranquilizarse cuando incorporaba en su pintura un viejo artificio muy utilizado por ciertos maestros del pasado: a modo de metáfora, de símbolo o de cifra de su propia espiritualidad, decidió incluir frente a la imagen de Marie un ajedrez de piedra cuyas piezas, agregadas a manera de oráculo o tal vez de arquetipo, figuraban una batalla que parecía haberse entablado hacía muchos siglos. Pensó que bastaba con contemplar durante pocos segundos esa imagen así lograda, para que el espectador comprendiese que él mismo era el contrincante de Marie. Aun así, al ver a su retratada concentrada en el ajedrez, de nuevo el pintor era consumido por sus habituales accesos de incertidumbre: había algo muy en lo profundo de su retrato, pensó, que también estaba prohibiéndole la serenidad. Suponía que su angustia provenía de su incapacidad para interpolarse al reducido universo de su lienzo, todavía más que como el mero autor de esa pintura. Fue así como, en su sueño, de inmediato el pintor fraguó una treta para intercalar su presencia al interior del retrato: incluir un espejo ovalado y convexo en la pared del fondo, y en cuyo reflejo pudiera adivinarse que era el propio De Bourgeois quien en realidad estaba batiéndose con Marie. Por la imagen abstraída de ambos rostros, parecía como si ninguno de los dos estuviera interesado en continuar con la partida, posponiendo la siguiente jugada con una conversación que se sentía tan antigua, que era como si llevasen varios milenios postergando el universo con su charla. Tras unos instantes de sosiego, algo entonces sucedía: unas campanas empotradas en las altas torres del ajedrez comenzaban a repicar con tanta potencia, que se hacía imposible continuar con la conversación: no cabía duda de que las campanas estaban marcando el momento de la próxima jugada. Desesperado por el sonido que brotaba de las torres, el pintor debió reconocer que su diálogo con Marie le había hecho olvidar las leyes, los movimientos y toda posible álgebra del ajedrez. Peor aún: por completo a merced de las campanadas, no pudo discernir a quién correspondía efectuar el próximo movimiento.

Enseguida desaparecía su buhardilla: a su alrededor sólo quedaban las interminables dunas de un desierto tan vasto como el océano, y en el que, cual castillos en ruinas, las piezas del ajedrez se veían muy lejos y parcialmente devoradas por la arena. En su esfuerzo por alcanzar la sombra de aquellos edificios, el pintor, al borde del agotamiento, debió resignarse a que jamás lograría alcanzarlos; incluso resultaba probable que solo hubiera estado errando en círculos. Cada segundo que pasaba así, sin saber qué debía hacer o cómo debía conducirse para llegar hasta las piezas, sólo aumentaba el tormento de su circunstancia. Perdido en medio de esas arenas, entonces sólo existía para Georges la monotonía de sus recuerdos y el vacío de sus pensamientos. Bastaba ese solo vacío, pensó, para que el decurso de la Historia Universal se desmoronase ante el avance de aquellas sombras que no tenían más sustancia que las ansiedades con que los hombres construyen su cultura para, ¡oh dolorosa paradoja!, darle forma al aparente estado de caos y arbitrariedad que parece administrar el mundo. Y cuando en su sueño el sol estaba lo suficientemente inclinado como para que esas sombras se alargasen hasta engullir con voracidad su diminuto cuerpo de pintor, De Bourgeois se despertaba con un violento temblor de carnes y un sudor frío empapándole la piel, retornando a la monotonía de sus vigilias como quien regresa de la agreste vorágine de un holocausto o de las alucinantes metamorfosis de una borrachera. Por el ventanuco de su buhardilla penetraban las primeras voces del alba; misteriosamente, los ruidos de la calle se escuchaban como si pertenecieran a una realidad ajena y distante: parecía como si la mañana estuviera surcada de rumores, de silencios y de agitaciones usurpadas a otros tiempos. Así, los intempestivos sucesos que traería ese legendario mes de mayo al año mil novecientos sesenta y ocho de París, habían traído al pintor la voz impostergable de la aurora.  

Lo primero que Georges veía al momento de entregar sus ojos a las primeras impresiones de la vigilia, era la presencia de su caballete: allí estaba, invulnerable, el borroneado retrato de Marie. Enseguida paseaba sus ojos por el resto de su dormitorio, como intentando acabar de desprenderse de su pesadilla. Casi por costumbre, su mirada se posaba en el antiguo reloj de péndulo que había heredado de su abuela, cuando el joven pintor le confesó sus deseos de abandonar la facultad de ingeniería, a la que se había visto obligado por una antigua tradición familiar de la que el pintor era, claro está, sólo uno más en una larga dinastía: cansado de tener que pasar su tiempo encerrado en una academia gobernada por el algoritmo, se convenció de que debía permutar las bóvedas y los arbotantes por los lienzos y el pincel. Ese reloj, como muchas otras cosas de su buhardilla, había pertenecido a uno de sus tatarabuelos, también pintor, quien desde joven había sentido la necesidad de revelarse contra esa ancestral tradición, para, en cambio, ingresar como aprendiz en el taller afamado de Corot; con el orgullo típico de su familia aristocrática venida a menos, la abuela de Georges solía relatarle que su tatarabuelo, también alquimista especializado en la destilación de sus propios barnices, había esmaltado la luna de ese reloj con un paisaje al estilo de la escuela de Barbizón, demostrando un talento que, indiscutiblemente, también había heredado su tataranieto pintor. Pero mucho más que el paisaje de su tatarabuelo, lo que al pintor siempre le había fascinado de ese viejo artefacto era que nunca funcionaba de manera muy confiable: siempre se atrasaba varios segundos cada treinta minutos. Marie nunca se cansaba de bromear sobre cómo el mecanismo impreciso de ese vejestorio le permitía a su amigo creer que disponía de más tiempo para dedicarle a sus lienzos, mientras que la gente normal no tenía otro remedio que envejecer con el tictac de sus relojes, esforzándose por cumplir con las normas de su universo confeccionado a punto de inútiles rutinas.

Tan anacrónicos como su reloj, muchos otros enseres de su buhardilla importaban una comunión con el alma de su amiga: especial cariño le inspiraba su nutrida biblioteca de ocultismo, sobre todo porque a Marie siempre le gustó hojear esos volúmenes con una mezcla de escepticismo y curiosidad asaz cercana a la sabiduría. Pasaban horas conversando sobre cómo los sabios alquimistas de Macedonia habían mejorado con su ciencia el arte de fabricar pigmentos inventados en Egipto, o sobre cómo los cabalistas de Praga habían conseguido dar vida a un autómata hecho de barro y fiemo a través de sus especulaciones numerológicas con el nombre secreto de Dios. Junto a su colección de libros sobre las diferentes formas del esoterismo, se alzaba un estilizado perchero tallado en cedro al mejor estilo del Segundo Imperio y de cuyo gancho superior, bastante gastado por los años, colgaba una bufanda de paño irlandés que le había obsequiado Marie, justo para el día de su graduación como maestro en artes plásticas de la Escuela Superior de Artes de París, haciéndole sentir al pintor que pronto habría de manifestarse un amor que en realidad nunca se cristalizó.  

Malhumorado por tener a Marie tan presente desde el momento de su despertar, Georges abandonaba torpemente su litera y se dirigía hasta la mesita que se alzaba junto al caballete: sobre el círculo de su tabla descansaba un viejo ajedrez de piedra, que era otra de las muchas antigüedades que Georges había heredado de su tatarabuelo pintor. De Bourgeois estudiaba la compleja disposición de las piezas que él mismo había puesto en juego desde hacía tiempo a modo de partida en solitario, como si fuera una especie de rutina concebida para atenuar su soledad, y que le había funcionado bastante bien como recurso para el desahogo, cuando se sintió a merced del hecho de no haber sabido cómo concretar el abominable retrato de Marie. Tratando de no pensar en eso, movía las piezas de su ajedrez: en cierto día en que Georges se encontraba particularmente melancólico, movió uno de los alfiles blancos para defender su dama de uno de los caballos rojos. Una vez más, pensó entonces, su malestar con el retrato de su enamorada había acabado revelándole el movimiento más oportuno para hacer avanzar el juego con su propia sombra.

Enseguida se dirigía al rinconcito de su biblioteca donde atesoraba su querida colección de música y su amado reproductor de discos clásicos: buscaba allí una vieja grabación con sus piezas favoritas de Schumann, el gran ídolo romántico que había alentado la inquietud artística de Georges y a cuya música se entregaba cada vez que perpetraba un lienzo o acometía un dibujo. Recordaba haber hablado largamente con Marie de su amor por Schumann, de su compasión por la terrible enfermedad mental que lo aquejó y la conmoción que siempre le había provocado su fallido intento de suicidio arrojándose a las gélidas aguas del Rin. Recordaba haberle confesado que, secretamente, siempre había sospechado que su destino estaría rubricado por una agonía similar: ver sombras y espectros, sentirse perseguido por sus propias ficciones, anhelar el suicidio e incluso sentir que en algún momento su amada querría dañarle hasta incluso desaparecer, también era tópicos recurrentes en las pesadillas del pintor. Le confesó a Marie que siempre había padecido cierto temor a perder la razón, y que eso, no obstante, le ayudaba a justificar su aislada vida de ermitaño, entregado en cuerpo y alma a la confección de sus pinturas: así las imágenes fantasmagóricas de su trabajo como pintor, según decía, le conferían a su universo el suficiente sentido como para no tener que afanarse buscándolo en las diversas frivolidades y desenfrenos que comporta el mundo.

Por fin encendía su tocadiscos y colocaba en el tornamesa una vieja grabación con las canciones que Schumann compuso sobre poemas de Heine. Se sentaba junto al ventanuco de su buhardilla, encendía su pipa y se resignaba a recordar un poco más su vida junto a Marie, sintiéndola remota bajo la música de Schumann. Miraba una y otra vez su caballete; no se cansaba de estudiar esos manchones: sentía que de muchas maneras ese caos de borrones comportaba el mundo; imaginaba que todo a su alrededor (el vuelo de los pájaros, el trote de una adolescente, una flor que se marchita, las columnas que cercan un mausoleo, los caballos de un carrusel, los zapatos de una anciana que camina descalza por el parque) podía funcionar como un espejo, como una imitación o, más exactamente aún, como una cifra de la realidad. Esas reflexiones lo obligaban a sentir que de alguna manera debía lograr que su retrato fuese también un atributo de esa misma realidad. Para el efecto se había armado con abundantes fotografías de su amiga que, carentes del espíritu estético de que hablaban ciertas páginas de Walter Benjamin, le habían resultado por completo inútiles: hasta el momento, todos sus intentos de elaborar ese retrato con la suficiente eficacia como para que expresase la esencia de Marie y no solamente la perfección de su rostro, habían tolerado un rotundo fracaso.

 Tal como solía hacerlo en otras circunstancias, al regresar de sus recuerdos se dedicaba incansablemente a barajar las posibles técnicas que quizá podrían ayudarle a consumar con éxito su pintura: planificaba el adecuado modo de centrarse en la interpretación pictórica de sus rasgos; suponía que para ello no debería omitir sus habituales pinceladas empastadas; pensaba que, ni siquiera en aras de un riguroso verismo, se atrevería a dejar de lado su pasión por las espátulas. Mejor aún: siempre terminaba pensando que seguiría siendo fiel a la imagen de su pesadilla; por eso, naturalmente, tendría que continuar recurriendo al arbitrio de un bastidor ovalado en el que, tal como ocurría en su sueño, debería bastarle para representar el cubo escénico de su retrato. Al cabo de unos instantes en silencio, el pintor siempre decidía que por nada del mundo debería dejar de utilizar los mismos juegos de luces y sombras que habían hecho famoso a Caravaggio. Tales eran siempre sus mañanas en la monotonía de su buhardilla.

Para despejar su mente y tratar de ver las cosas con un poco más de claridad, esa mañana del día tres el pintor salió a pasear un rato por las calles de Montparnasse, acompañado de sus instrumentos de dibujo por si se tropezaba en su camino con algunas imágenes que valiera la pena registrar. Entorpecidas por las barricadas de los estudiantes, nada en esas calles, empero, pudo distraer la concentración del retratista de Marie quien, lejos de compartir el sentido de las protestas, caminaba ignorando todo lo demás: fiel a los escepticismos políticos de su familia, Georges se mantuvo ajeno a cualquier idea de responsabilidad política, viéndose siempre a sí mismo como un individuo marginal dedicado al arte y la vida contemplativa y que, por principio, siempre preferiría sus intereses estéticos y su natural tendencia a la melancolía a cualquier participación en la vida pública. Suficientes preocupaciones tenía ya tratando de buscarse el sustento diario a punto de vender sus pinturas en los túneles del metro o en los malecones del Sena, como para encima tener que preocuparse por el estado social del universo o los retruécanos de la economía; todavía menos en ese momento en que no dejaba de sentirse frustrado por su incapacidad para culminar con éxito aquel penoso encargo. Ese rostro hermoso, tantas veces seductor, de repente se había vuelto ajeno e impenetrable cuando su amada le confió, como revelación íntima entre camaradas, que iba a casarse con Jean Paul: De Bourgeois jamás se imaginó que su gran amigo de la infancia hubiera estado cortejando a Marie; ni siquiera se imaginó que ella pudiera haber estado interesada en él. Comprendió que se había comportado como un niñito desde el principio: creyendo que bastaba con el cariño inmenso que ambos se tenían para asegurarse así el amor incondicional de Marie; peor aún:  comprendió que no le había dado ninguna importancia al tiempo que se desvanecía sin que se atreviese revelar sus verdaderos sentimientos o a cortejar deliberadamente a su enamorada. En el momento de la confidencia, el pintor no pudo hacer otra cosa que fingir que recibía la noticia con alegría, haciendo un notable esfuerzo por disimular su consternación. Más dolorosamente todavía: la propia Marie, sin poder contener su felicidad, de inmediato le encargó a su amigo pintor la confección de su retrato para obsequiárselo como regalo de bodas a Jean Paul.

La inminente boda se hallaba cada vez más cerca. El hecho de no haber podido concretar el retrato no hacía otra cosa que hundir a Georges en la desesperación que solía arrinconarlo, con cada nueva equivocación de sus pinceladas, en el solipsismo de sus propias fantasmagorías en las que, ajeno a toda vida social, no podía dejar de verse a sí mismo como una falacia de la realidad: como una contradicción metafísica formulada por la presencia de su propia melancolía en ese incomprensible universo que lo obligaba a compartir su porvenir al lado de una mujer ajena que, no obstante, el destino le había negado hacía tiempo: Marie anhelaba viajar a Vietnam para apoyar a los maoístas, mientras que Georges, en cambio, prefería conversar con los viejos hidalgos de la ciudad en los museos de París; Marie prefería los cafés de la orilla izquierda que todavía frecuentaba Sartre, Georges la elegancia cosmopolita de los cafés aristocráticos de la Cité; Marie odiaba el infantilismo con que Borges postulaba una realidad construida a partir de soberbias irrealidades, mientras el pintor temía que su vida no fuera más que una ficción delirada por el sueño inalterable de algún deminio que buscaba entenderse con el Creador; Marie quería casarse con un ingeniero náutico que le había prometido mostrarle el mundo más allá de las costas de Marsella, y el enamorado De Bourgeois sólo quería mantener la propiedad de su buhardilla y embriagarse de amor por la imagen de una mujer prohibida.   

Abrumado por sus sentimientos de impotencia y sin demasiada consciencia de sus propios pasos, el pintor no notó, hasta bien entrada la tarde de aquel tres de mayo, que había estado errando en círculos por las viejas calles de Montparnasse teniendo siempre, mágicamente, al cementerio como punto central de su deambular. Y mientras caminaba, se atormentaba pensando que no era más que otro pintor mediocre con brillantes estudios formales, pero por completo incapaz de legar una imagen memorable a la fatigada Historia del Arte, como si esta manera de torturarse fuera una disciplina de la autodestrucción concebida para hacerlo olvidar sus contrariados sentimientos por Marie. Se sentó en uno de los bancos del bulevar que iba directo hasta el camposanto, mientras miraba con su habitual perplejidad el desfile de los estudiantes que marchaban pintarrajeados por las calles de París: en cierto momento se quedó como suspendido, eternizado mientras contemplaba las curiosas pinturas con que una de las manifestantes se había cubierto los senos desnudos y las piernas apenas vestidas por una minifalda. Reconoció, o por lo menos pensó, que muchas veces la auténtica inspiración podía surgir de un acto de rebeldía. La muchacha, fingiendo no haberse dado cuenta de la mirada deseosa del pintor, se quedó contemplando la soledad de ese hombre cuyo rostro le pareció incomprensiblemente familiar. Enseguida el pintor, apenado, se puso de pie sintiendo algo de frío y un poco de sueño, y luego encaminó sus pasos presurosamente hacia el cementerio.  

 

2.

 

Su paseo por el camposanto comenzó como un deleitable deambular entre las tumbas, imaginándose que transitaba entre las eternas confusiones de un laberinto minoico: erró entre los mausoleos como si en realidad estuviese paseando por el Jardín de Luxemburgo, conduciéndose con la misma complacencia que solía embargarlo en ese parque cada vez que lograba un proyecto respetable o un boceto sobresaliente. Tal como solía hacerlo en aquel jardín, no siguió una ruta; sólo se dejó guiar por el instinto o por el decorado de las tumbas: le parecía increíble que los hombres invirtieran tanto tiempo y tanto dinero en la postrer decoración de sus sepulcros; lo llenaba de perplejidad el hecho de que muchos de los escultores y los arquitectos que más admiraba (Kirchner, Barlach, el utópico Bruno Taut) ya estuvieran muertos y que se encontrasen de aquel lado de las ciudades cuyos laberintos crecían entre las sombras, los panteones y demás manifestaciones de esa extraña mezcla de olvido y remembranza que comporta una tumba. Se extravió así entre los callejones del camposanto mientras buscaba encontrar una sepultura en particular; una levantada cerca del centro y que le había llamado poderosamente la atención desde sus épocas en la facultad. El sepulcro, estilizado por una arquitectura al mejor estilo del barroco francés, exhibía una serie de esculturas sugestivas e inquietantes que parecían haber sido modeladas para una película de ultratumba: en la pared occidental de la cripta, por ejemplo, se alzaba una escultura de tamaño real, tallada en blanquísimo mármol de Carrara, y que representaba a un moribundo o a un enfermo cubierto por una sábana y que parecía caminar dando tumbos por culpa de la fiebre, haciendo un esfuerzo por mantenerse erguido mientras penosamente se sostenía, o se colgaba, de uno de los ventanucos con forma de celosía; de un escalofriante realismo, los pliegues de la sábana y la postura del moribundo sólo podían producir terror de tan convincentes y veristas que eran. Es decir, de noche no se podría distinguir si se trataba de una buena imagen o de un moribundo real. Extrañamente, luego de haber vagado largo tiempo alrededor del centro, De Bourgeois no pudo encontrar la tumba; por alguna extraña razón metafísica que no se avocó a dilucidar, el pintor no recordaba que la tumba en realidad campeaba en el cementerio de Pere Lachaise: frustrado, de nuevo se sintió por completo a merced de su incapacidad para recuperar la inspiración y de su frecuente pesimismo que, al parecer, también estaba prohibiéndole tener algo de suerte.

Cansado de ir y venir por las bifurcaciones sin encontrar lo que buscaba, se sentó entre dos mausoleos que de muchas maneras le recordaban la arquitectura de su hogar paterno. Angustiado, perplejo, tal vez exhausto, enseguida el pintor experimentó sus habituales ganas de fumar entre las tumbas. Sacó su pipa de nogal y colmó la cazoleta con la picadura de clavo y manzana que siempre le traía su madre cuando lo visitaba cada quince días en su buhardilla, y que él gustaba aderezar con una buena cantidad de opio sin cortar que conseguía en las esquinas del barrio tailandés. Disfrutaba mucho el paraíso artificial que le traía su pasión por el jugo de la amapola: sentía que su creatividad se abría, que se amplificaba o se expandía con cada nueva bocanada de ese humo embriagador. Hurgó entre sus bolsillos, buscando el encendedor que también había heredado de su tatarabuelo, creyendo haberlo olvidado sobre la mesa del ajedrez. Decidió ponerse de nuevo en marcha y buscar a alguien que pudiese proporcionarle una cerilla; cuando estuvo de pie y se giró por accidente, su mirada se clavó en un detalle ínfimo que le había traído la oblicua luminosidad de las cuatro en punto: un golpe de luz más o menos cálido que caía justo sobre una de las lápidas, en ese momento atrajo poderosamente su atención. La lápida en cuestión había sido decorada con una esmerada reproducción de la famosa Pietá de Miguel Ángel y cuyo rostro de la Virgen (idéntico al de la escultura original) de inmediato le recordó la imagen que siempre dibujaba el rostro de Marie en el retrato de su pesadilla. Mejor aún: bajo las luces de la tarde, le pareció que se trataba ya no de la imagen de una mujer en específico, sino del prototipo, del modelo divino con que le había bastado a los dioses para esculpir con él, o con su símbolo, el rostro ideal de la Primera Mujer y que, a su vez, también se reflejaba en el sucedáneo rostro de Marie. No era una semejanza mediocre, pensó: era la exacta duplicación de ese arquetipo operado sobre el espejo de la eternidad.

Las intolerables ganas de fumar lo sacaron de su trance. De Bourgeois caminó un poco y luego se acercó a uno de los sepultureros que en ese momento desyerbaba una de las tumbas mientras fumaba; el obrero le ofreció un par de cerillas y luego el pintor retornó al sepulcro de su epifanía. Después, estando ya de nuevo frente al sepulcro y sin dejar de admirar la réplica de la escultura, encendió su pipa y luego se sentó a contemplar la imagen de su iluminación; la estudió con máximo detalle, observándola a través de las mágicas circunvoluciones del humo azul que manaba de su picadura: mirando la réplica como si en realidad estuviera frente a la auténtica Pietá, sintió un extraño vértigo cercano a las fiebres que fomentan el delirio. Fue como si de golpe hubiera comenzado a experimentar una suerte de alucinación o de arrebato místico bajo la forma de una nada trivial experiencia estética. Enseguida Georges sacó sus instrumentos de dibujo y comenzó a tirar líneas en las hojas de su bitácora de apuntes. Esforzándose por lograr un boceto decente, imaginó todas las posibles variaciones que deberían permitirle reproducir sobre el lienzo la imagen de ese arquetipo que ahora, contemplando esa lápida bajo las luces de la tarde, estaba otorgándole la clave con qué resolver el juego de luces y sombras que debería darle vida a su retrato de Marie.

En seguida pasó a figurarse ese rostro desde todos los ángulos posibles y bajo todas las sombras que fuesen necesarias; incorporó un velo negro calado casi hasta la frente de Marie para neutralizar el resplandor de su cabello rubio; creyó que para la expresión de su particular timidez, podría usurpar la sonrisa con que Leonardo inmortalizó a su Gioconda; se esmeró en la ordenación de los ritmos y diseñó cuidadosamente el movimiento ascendente de la composición; imaginó una estructura triangular al estilo de Andrea del Sarto y pensó en recurrir a ciertos ardides geométricos de Cézanne; planificó rigurosamente la combinación de luces y sombras al estilo tenebrista de Caravaggio y luego concluyó que sería conveniente iluminar la escena utilizando nada más que un par de velas, al mejor estilo de Georges de La Tour. Por último, se figuró una compleja red de laberintos en miniatura para que, en el iris de los ojos de Marie, se reflejase su compleja intelectualidad. Casi al final de su trabajo, confirmó que no podría faltar el símbolo esotérico del ajedrez: nada mejor que la secreta geometría de ese juego para expresar la profunda inteligencia cósmica que de algún modo lo unía a la imagen de su retratada. Imaginándolas con detalle, trató de agotar todas las posibles posiciones de las piezas: alfiles atacados por las torres; caballos defendidos por peones; peones obstruyendo el avance de los alfiles; caballos acechándose entre sí; enroques para evitar jaques efectuados por las damas…

Después, imaginándose a sí mismo encerrado en su buhardilla durante las labores que habría de cumplir para formular la nueva versión de su retrato, vivió centenares de veces esa elaboración mientras fumaba su mezcla de opio y picadura: vislumbró cada uno de los movimientos de su mano derecha, cada una de sus pinceladas, cada una de las cicatrices de su espátula, cada uno de los difuminados y cada una de las pastosas manchas de pintura blanca con que habría de realzar las luces. Incluso llegó a figurarse con minuciosidad la forma y el color que tendrían las manchas de pigmento y trementina en su blanca bata de pintor. Sin embargo, al terminar su rápido boceto sintió que algo muy en lo profundo seguía sin cristalizar: algo que le daba a su boceto la sensación de ser sólo una falsa postulación de la realidad, una mera falacia añadida al mundo y no una auténtica reinvención del mundo. El pintor entendió que al retrato de Marie seguía faltándole el espíritu: no dejaba de parecerle un mero simulacro, la precaria imitación de una realidad cuya mediocre transcripción pictórica estaba ya demasiado trajinada por el hábito, la emulación, el tedio, la completa historia del arte. Por enésima vez, De Bourgeois sintió que la ausencia de su musa de algún modo implicaba su propia inexistencia como ser humano y, por lo tanto, su completa inutilidad como pintor.

Aun así, el hecho de haber logrado delinear con precisión el estudio de un proyecto más o menos decente, le permitió a De Bourgeois, ya bien entrada la noche, abandonar el cementerio en paz consigo mismo y respirando con tranquilidad. Después, fascinado por la perfección de su boceto, veló en su buhardilla desde la media noche hasta las primeras luces del alba, sin dejar de contemplar el refinamiento de sus líneas más tarde amplificadas por la luz de la mañana. Así el sol ya estaba en lo alto cuando el pintor, agotado por la intensidad de su jornada, se derrumbó sobre su cama con la ropa todavía puesta, dejándose llevar por el decurso de imágenes y anhelos que siempre preceden al momento de dormir: visiones de ríos, de sombras, de muchedumbres, de barricadas, de rebeldes, de nubes y de sepulcros cruzaron por su mente mientras esperaba que lo venciese el sueño. Consumido por un cansancio que parecía supremo, casi enseguida Georges se borró del mundo, entregándose a un descanso que parecía tan profundo como la misma muerte, mientras por última vez veía en su mente el rostro impoluto de Marie.  

 

3.

 

En su moroso despertar en la tarde del día cuatro, De Bourgeois volvió a experimentar el invariable disgusto que le producía, apenas al abrir los ojos, el tener que contemplar su lienzo pintarrajeado con la mediocridad de las pinceladas que figuraban sus intentos por lograr una imagen convincente de Marie. No obstante, tal como sucede en esa forma del suplicio que precede al nacimiento de una gran obra o la gestación de un pensamiento original, el pintor no se cansaba de estudiar ese lienzo desde su litera, con los ojos entornados y las carnes aún entumecidas por el sueño: le fascinaba quedarse contemplando sus manchas mientras imaginaba en ellas el sueño de otras imágenes que culminaban en la visión de su propio rostro de pintor y que, invariablemente, al final se transformaba en el rostro de Marie. Y aunque semejante gimnasia visual no hacía otra cosa que acentuar todavía más su calvario, en lo secreto disfrutaba mucho atormentándose con ese azote: ninfas, titanes, duendes, hadas, espectros, sombras, mitologías completas discurrían ante la perplejidad de sus ojos, como si esas imágenes pudiesen revelarle los misterios que estaban enterrados en lo más profundo de su alma. Parecía no angustiarle la evidencia de que dedicarse a inventar imágenes en los borrones de su lienzo, tenía todas las características de una obsesión, de una manía que pronto podría pasar a convertirse en un delirio irreversible o una fiebre poco grata. Caer preso de la locura u obsesionarse con un espejismo eran posibilidades bastante verosímiles que, encaprichado con lograr la más perfecta imagen de Marie, el pintor había previsto casi desde el principio: sólo el profundo sentimiento de rencor que lo había agobiado cuando se supo el padrino del novio y el responsable de ejecutar su regalo terrible, continuaba movilizándolo en su empresa, aun a pesar de la locura o el sufrimiento que eso pudiera comportar.

Luego de su desayuno, De Bourgeois se afeitó con desgano, sin que pudiesen importunarle mucho las bombas incendiarias que el anarquismo de los estudiantes hacía estallar en los alrededores de su edificio: sólo se paralizaba, con la navaja en la mano y alguna herida en el rostro deformado por la espuma, cuando se le ocurría una idea para su retrato que en el momento juzgaba genial, pero que, todavía indeciso en cuanto la apariencia definitiva que habría de ostentar esa imagen, de inmediato desechaba por considerarla una pobre fruslería o una mera trivialidad. Y como parte de ese discurrir de imágenes pronto desechadas, desde el espejo del baño podía contemplarse su retrato victoriosamente apostado sobre el caballete, casi como si estuviera vigilándolo desde allí: le bastaba con la existencia de ese lienzo, para confirmar que el mundo y sus dolores no comportaban una irrealidad, y que, tarde o temprano, él también habría de sucumbir a la mezquindad de sus absurdos. Contemplando ese retrato desde el baño, notó algo todavía más chocante en la imagen de Marie; algo que de inmediato juzgó una contingencia cercana al juego de coincidencias que muchas veces inventa la locura: con alarma descubrió que los ojos de su retratada eran, misteriosamente, sus mismos ojos de pintor. Asediado por el reflejo de su lienzo en el espejo, el pintor creyó que todavía soñaba.

Hacia las siete de la tarde, cansado de haber pintado durante casi toda su jornada sin lograr lo que había planificado la víspera, el pintor se sentó a fumar su pipa frente al ventanuco de la buhardilla. Abatido por su frecuente sentimiento de derrota, decidió dejarse llevar por las visiones del opio mientras contemplaba las nubes moviéndose sobre el inagotable laberinto de París. Sonriente y alucinado, en algún momento y casi por casualidad, el pintor se recostó en su silla reclinándola contra la pared; fue entonces cuando lo vio: en una de las nubes que cruzaba sobre el horizonte de Montmartre, reconoció la misma imagen de Marie que veía siempre en su pesadilla. Mejor aún: viéndola con atención, esa nube parecía mostrarle la imagen de su amada bajo la misma luz y en el mismo ángulo en que la había contemplado reflejada en la reproducción de la Pietá. Prácticamente viendo en esa nube a Marie sentada frente al ajedrez, de inmediato supo que era, sin más, la misma imagen de su sueño. El tiempo se detuvo, y De Bourgeois sintió que su cuerpo se había congelado también: consideró que el simple hecho de ensayar una postura más cómoda o el de sucumbir a un mínimo parpadeo, comportaría no sólo la desaparición de la imagen más perfecta de Marie, sino también la irreversible destrucción de todo el Universo. Asumiendo ese instante como una manifestación de la Eternidad, se lamentó de no tener a la mano algún utensilio que le permitiese efectuar rápidamente un boceto: los alígeros apuntes que en otros momentos podía realizar mientras paseaba por las campiñas de Montreuil, por los barrios más tranquilos de París o por sus tumbas favoritas del Cementerio del Sagrado Corazón, desde luego le resultaron imposibles de realizar. Fue así como se arrojó a memorizar la apariencia de esa nube: retuvo lo mejor que pudo la imagen de su segunda epifanía, y luego, saltando de su silla, se lanzó a buscar algo con qué materializar las figuras de su nueva experiencia estética. Un segundo después, se hallaba revolcando su acostumbrado desorden para encontrar una sanguina y algunos octavos de papel verjurado con qué trazar su rápido boceto.

Dibujó con celeridad, sin tiempo para correcciones superfluas o ajustes inoportunos: a medida que su boceto iba creciendo, más se aclaraba en su mente la dirección que debería tomar la estética de su retrato. Embriagado por esa forma de la felicidad que comporta el éxito, sus manos de pintor, limpiamente conectadas con su subconsciente, por fin lograban consumar la imagen de Marie que tanto le atormentaba entre sueños; así, todo lo que resultaba esencial en el verdadero rostro de Marie y que ocupaba gran parte de sus pesadillas, al fin había podido plasmarse en ese dibujo previo: la simetría de su sonrisa, la curva de sus párpados, la ternura de sus mejillas, la caótica armonía de sus cabellos, la profunda cavilosidad de su mirada…, todo ello fue apareciendo poco a poco sobre el papel, nada más que gracias a esa misteriosa alquimia que De Bourgeois había sabido conjugar entre la escultura de una tumba y la apariencia de una nube. Al cabo de pocos minutos (acaso los más productivos de toda su vida), el pintor dio por terminado su boceto. Al acabarlo, sólo se sonrió, y, sintiéndose complacido, se dedicó a contemplar la imagen de su victoria. Enseguida lo embargó la impresión de que las piezas del ajedrez le resultaban bastante más reales que las muchedumbres de París: durante ese breve momento de felicidad, el pintor se sintió bastante más vivo y real que las bombas de los anarquistas.

Fatigado y agradecido con el cosmos por esa suerte de exvoto que fue la consumación de ese boceto, de nuevo se sentó en su silla del ventanuco para contemplar su modesta obra bajo las luces de la tarde; habiéndola dibujado completamente desnuda, De Bourgeois por fin había logrado reproducir su soñada imagen de Marie: una victoria más, pensó, para su desdichado amor por la retratada. De nuevo encendió su pipa y se sumió en el análisis de su boceto. Todo en él resultaba admirable: la perfección de sus senos y la firmeza de su vientre; la precisión en el dibujo de su ombligo y la línea estable de sus muslos; la hipérbola de su cintura y la suave curvatura de sus hombros; el realismo casi fotográfico de sus rizos y la absoluta fidelidad en el retrato de sus pies; el arco de sus cejas, la forma de sus ojos y la despampanante comba natural de sus pestañas: todo en esa sanguina se correspondía puntualmente con la imagen de su sueño. Contemplando esa imagen bajo la luz de las seis y media, le pareció innegable que la perfección de su boceto comprendía un rotundo éxito. Y sin embargo, algo inquietante había en lo profundo de ese dibujo que lo hacía sentirse misteriosamente intranquilo. Trató de no dejarse atormentar por esta incómoda apreciación, y de nuevo reinició sus rutinas de pintor: se acercaba,  se retiraba, entornaba los ojos, giraba un poco el caballete, inclinaba la sanguina, retrocedía de nuevo una y otra vez. El resultado era siempre el mismo: no podía dejar de sentirse conturbado ante esa imagen tan perfecta de Marie. Encendió su pipa, se sentó junto al ventanuco, y nerviosamente comenzó a fumar su picadura de opio y manzana mientras hacía un esfuerzo por comprender qué había fallado en las honduras de su dibujo.

Oprimido por la angustia y sin haber logrado discernir el incomprensible defecto que afeaba su boceto, cerca de la medianoche el pintor poco a poco fue agotando su picadura mientras sentía, no lejos del tedio, que su peligrosa tendencia a la insatisfacción de nuevo estaba jugándole una mala pasada. Concluyó que lo mejor sería permitirse una pausa para reflexionar sobre su dilema mientras preparaba las pinturas que precisaba para la confección de su retrato. Se acomodó en la diminuta cocina de su buhardilla, y, recurriendo a las técnicas de su tatarabuelo, acometió su acostumbrado ritual para preparar las pinturas: previamente había puesto un vinilo de Schumann en el tocadiscos y luego se había vestido con su bata blanca y sus guantes de cirujano; lavó con agua hirviente cada una de sus crisoles de porcelana, y luego de haberlos secado con el mayor de los escrúpulos, colmó cada uno de ellos con la cantidad exacta de pigmento en piedritas, que después se dio a la tarea de macerar con paciencia imperturbable, como si dispusiese de toda una eternidad para poder hacerlo; enseguida vertió los polvos así macerados en metódicos matraces de cristal, y luego llenó éstos con el aceite de linaza que el pintor previamente había mezclado con ciertos barnices que él mismo se destilaba; después combinó los pigmentos con el aceite revolviendo mansamente la mezcla. Tapó con sumo cuidado los matraces y luego los acomodó en el anaquel destinado para las pinturas frescas, aguardando a que reposasen un poco en medio de las sombras. Se calentó algo de café, se sirvió una taza generosa, encendió su pipa y se sentó, una vez más, junto a su ventanuco para fumar bajo la luz de la luna llena.

De nuevo se fijó en su retrato; enseguida advirtió aquello que lo perturbaba: el espejo ovalado que debería vigilar el hombro derecho de Marie no era convexo, sino plano, lo que, para él, eliminaba por completo la ilusión de la contemplación dentro de la contemplación. Sobresaltado por su habitual inquietud de creerse un pintor mediocre, la impaciencia y el orgullo lo condujeron a conjeturar una hipótesis más bien imprecisa: afanado como estaba por lograr la perfección en esa suerte de calco veloz con que buscaba reproducir las nubes de París, había olvidado la necesidad de que la representación dentro de la representación, el huevo dentro del huevo, tuviera una topología convexa. Es decir, olvidó el truco que habría de permitirle fabular un mundo dentro del mundo que incluyera su propia sombra como pintor a modo de espejo, de espectro o quizá de fantasma. Decidido a enmendar su equivocación, pronto comenzó a modificar su sanguina con el mismo entusiasmo que lo había embargado durante su creación. Esta vez dibujó sin impaciencia, con la soltura de quien se sabe posesor de una técnica maestra o un gran secreto estético. Después, luego de haber dibujado un buen rato al calor de su picadura hasta lograr la perfección de su sanguina, De Bourgeois, complacido, se asomó por última vez a su ventanuco, y desde allí contempló las luces de una ciudad extensa y caótica que, sin embargo, en ese momento le pareció completamente inofensiva. Luego se acercó a su ajedrez de piedra, y, para cerrar el camino del caballo blanco que acechaba al rey rojo, movió uno de sus peones.

 

4.

 

Pese a la seguridad con que había logrado consumar la más perfecta sanguina de Marie, el pintor se atrevió a tomar los pinceles sólo hasta las tres de la tarde del día nueve. Lo hizo con suprema circunspección, como si estuviera efectuando una ceremonia rigurosa o un ritual dinástico: comenzó por armarse otro bastidor, templando en sus maderos ovalados un lienzo que enseguida imprimó con un tono ocre, casi ambarino, en lugar de recurrir al color blanco que había utilizado en sus fallidas versiones anteriores. No sin dificultad, logró colocar el nuevo bastidor sobre el caballete hacia las siete y media, cuando el cálido sol de la primavera apenas comenzaba a declinar: recordando su epifanía en el cementerio, pensó que esa luz oblicua resultaba perfecta para consumar el claroscuro de su retrato. Enseguida cuadriculó el nuevo lienzo y luego trasladó su sanguina con máximo detalle. Tomó uno de sus grafitos, y, con pulso imperturbable, comenzó a reproducir el boceto sobre su nuevo lienzo elipsoidal.

El sudor de la vigilia empapaba su frente cuando, en los alrededores de la medianoche, pasó de los grafitos al pincel: dispuso la minuciosa paleta con los colores que había preparado unas tardes atrás; enderezó el caballete unos grados más hacia el frente y elevó el bastidor unos pasos más hacia arriba; se vistió con una bata limpia y se calzó un par de guantes nuevos; tomó un pincel plano del número siete y, aún antes de haber aplicado la primera pincelada, lo conmovió un intenso escalofrío: de buena fe, ese escalofrío lo obligó a imaginar que la intensidad de aquella noche de trabajo ahora quería imponerle la fiebre. Respiró hondo varias veces, como si estuviese modelando el universo con su propio aliento. Miró concentradamente su trabajo y supo, o sospechó, que ese tipo de inspiración muchas veces aparecía por oleadas luego de ansiosas semanas de inactividad: dejarlo ir comportaría la locura, el silencio o la necedad. Recuperándose de su perplejidad, de nuevo se enfrentó a su caballete, sintiéndose obligado a continuar. Así, bajo la ambarina luz de las bombillas, De Bourgeois por fin comenzó a pintar la versión definitiva del detestado retrato de Marie con la intención, sin duda plausible, de acabarlo en unas pocas horas.

La noche primaveral de aquel nueve de mayo no lo arredró ni tampoco lo detuvo. Sin descanso para tomar café ni pausas para comer, hacia las tres de la madrugada el pintor logró completar las primeras capas de color sobre las que habría de perpetrar después el juego espectral de las luces y las sombras. Sólo después de haber alcanzado esta primera conquista, se refugió en la cocina para calentarse algo de café. Envanecido por el orgullo que traen ciertas voluptuosidades, decidió darse un descanso para fumar su picadura de opio mientras contemplaba sus aciertos de la madrugada: satisfecho con el trabajo que poco a poco iba logrando, fue a sentarse en la complacida silla de su ventanuco. Desde allí, la perfección de su trabajo le pareció, sin más, el camino más directo hacia la eternidad. Apurando otra taza de café, una idea súbita se le presentó: casi a modo de ironía, juzgó que resultaba conveniente incluir en su retrato una réplica exacta del estado actual de su partida en solitario con el ajedrez de su tatarabuelo. Se deslizó desde su asiento hasta el ajedrez, y entonces estudió cuidadosamente las piezas: conturbado, no pudo dejar de sentir que la disposición que en ese momento tenían las figuras comportaba casi una duplicación fantasmagórica del universo. Con distraída fatiga, advirtió que faltaban sólo seis jugadas para que el rey rojo acabase acorralado por la dama blanca. El pintor simplemente se sonrió, e imaginó que bastaba con ese mero símbolo –la dama acorralando al rey-, para que la mímesis metafísica de su retrato estuviese consumada a cabalidad. No se detuvo más en sus observaciones de las cinco y media, y enseguida retomó los pinceles: sus manos (manos hábiles de demiurgo) parecieron suspenderse frente el lienzo como sólo lo eterno puede suspenderse sobre las brumas del instante; con inspirada rapidez fueron apareciendo los rasgos de Marie: las generosas curvas de su busto, la apretada hipérbola de su cintura, el silencioso entramado de sus manos, la simbología oculta del ajedrez. Hacia las siete de la mañana, cuando hacía rato la noche había cedido a los primeros rumores del alba, el pintor sintió que su trabajo por fin estaba concluido: con cierta mueca de cinismo en sus labios, comprendió que el trabajo que le había ocupado largos meses de estancamiento y falta de inspiración, en pocas horas había logrado transmutarse en una auténtica obra de arte. Retrocedió una vez más hasta la pared del fondo y advirtió, no lejos de la soberbia, que si le había bastado una sola noche para lograr un retrato perfecto cuya concepción le había tomado tanto tiempo en dilucidar, se debía únicamente al deseo de venganza y eternidad que ahora movilizaba sus acciones. De nuevo se acercó a su ajedrez: durante largos instantes observó las piezas. Al fin se decidió a mover el caballo rojo para obstruir al alfil blanco que buscaba sitiar a la reina roja. Después, como si estuviera liberándose de una rémora infernal, se despojó de la bata y los guantes, arrojándolos con cierto sentimiento de victoria y satisfacción que no sentía desde los días en que logró emanciparse de la tediosa facultad de ingeniería. Volvió a sentir algo de frío y casi de inmediato se desplomó sobre la cama, como si hubiera sido un condenado al infierno que estuviera aguardando toda una eternidad para que lo dejasen dormir.   

 

5.

 

Declinaba ya la tarde del día diez cuando el pintor, mareado, por fin logró desenredarse de su habitual pesadilla con el retrato de Marie. Se sentía extrañamente exhausto y aún consumido por el frío. Los ojos le ardían, como si hubiera estado trabajando bajo una luz precaria o como si no hubiera dormido durante la larga vigilia de todos los hombres. Se quedó sentado al borde de la cama, mirando al vacío mientras hacía un esfuerzo por razonar: acaso el agotamiento y el ardor en los ojos le obligaron a pensar que había sido víctima de una fiebre mientras pintaba. Todavía aletargado por el sueño, se puso de pie y se dirigió hacia el ventanuco, como para comprobar que el mundo todavía existía y que su presencia en el universo era algo más que una simple alucinación provocada por las fiebres, la soledad, el cansancio… Se dejó bañar por la luz oblicua del atardecer, y entonces estudió las cavilosas calles de París: se sintió más alejado del mundo que nunca. De golpe creyó que la lenta elaboración de su retrato había sido sólo una fábula, una falacia, una mala pasada que su imaginación había fraguado como producto de su incapacidad para terminar ese encargo. Aturdido por el sopor que provoca dormir bajo la luz del día, se acercó hasta su ajedrez y allí perpetró un enroque que defendía al rey rojo de los desafiantes caballos blancos.

Después, inevitablemente, clavó sus ojos en el caballete. Con más perplejidad que auténtica incertidumbre, lo sorprendió un atroz descubrimiento: no lejos del horror, notó que en su retrato hacía falta la imagen de Marie. Parecía como si su pintura hubiera sido completada con el ajedrez, la mesa, los pliegues del mantel, el espejo convexo…: todo minuciosamente elaborado a modo de bodegón, bastante trivial, que desde un principio hubiera excluido toda posible referencia a su retratada. La taquicardia lo obligó a la convicción de que no estaba soñando, y que el desasosegado universo de su soledad, con todo y su falta de inspiración, había comenzado a acercarse peligrosamente al mundo asimétrico de sus pesadillas. Se desplomó sobre su silla del ventanuco; el sudor que pronto le empapó la frente le hizo sentir la presencia de la fiebre. Sintió que todo a su alrededor había quedado reducido a una pura alucinación y que su existencia en el universo, tan fantasmagórica como la silueta de una sombra, comportaba sólo la bagatela de una irrisoria falsedad; es decir: de una invención infernal que simulaba muy bien parecerse al mundo.

La verdadera sorpresa, empero, fue otra muy distinta: cuando el reloj de su tatarabuelo marcó las ocho y cinco de la tarde, el silbato de su tetera esmaltada de repente comenzó a pitar en la cocina; aterrado, el pintor imaginó que alguien, de alguna manera, había entrado a su departamento y estaba hirviéndose agua sin saber que él ya estaba despierto. El tiempo se  detuvo. Paralizado junto al ventanuco, el pintor sólo atinó a quedarse escuchando con pasmosa atención. La tetera dejó de silbar y se oyó que alguien vertía agua caliente en un par de tazas de porcelana. Después, en la buhardilla ya sólo hubo silencio. Y cuando ese instante de parálisis estaba pareciéndole una eternidad, el pintor entonces la vio: Marie Dubois en persona, saliendo de la cocina airosa y a medio vestir, llevando en sus manos la adorada mesita portátil del pintor, perfectamente dispuesta con las tacitas de porcelana azul y la tetera de cerámica blanca que había heredado de su abuela. La inconcebible mujer había cubierto su desnudez con una de las batas blancas que Georges usaba para pintar, y había recogido su melena con las peinetas tailandesas que el retratista utilizaba para someter el cabello de sus modelos. Al verlo despierto y sentado en su perpleja silla del ventanuco, la mujer simplemente lo interpeló con inesperada espontaneidad, como si hubieran compartido sus vidas desde siempre en esa buhardilla.

-¡Por fin te despertaste, dormilón! Justo a tiempo para nuestro tecito rojo de las ocho; voy a servirlo en la vajilla danesa de tu abuela, como de costumbre…

Sonriente, la mujer se acomodó sobre las mantas todavía tibias, y luego colocó la mesita sobre sus piernas; bebió su primer sorbo de té después de haberlo batido delicadamente con las cucharitas de plata que eran también una herencia familiar. Con serenidad casi absoluta, Marie se dispuso a leer uno de los tantos libros que atesoraba el pintor sobre la antroposofía moderna: lo hizo todo con tal concentración, que parecía como si hubiera estado cumpliendo con ese protocolo desde el origen mismo del tiempo. En silencio, el pintor se limitó a observarla: convencido de que alucinaba, sólo se dejó llevar por ese nuevo acceso de locura, resignado a que otro sueño con la imagen de Marie no podría afectarlo más de lo que su demencia natural lo había hecho ya. Pensó que pocas veces había tenido la oportunidad de compartir con ella la quimera de un ensueño amoroso tan dulce como el que estaba deparándole su evidente estado de psicosis. Creyó que desperdiciar una oportunidad así (una alucinación así), importaría una decisión estúpida o, por lo menos, un acto de “cordura” carente de todo fundamento. De Bourgeois sólo se levantó de su silla y, con cierto aire de jovialidad, fue a recostarse sobre su cama para tomar un poco de té junto al gran amor de su desdicha. Bebió un largo sorbo, y enseguida tomó la tetera para servirse un poco más; en ese momento el pintor notó, con desagrado, que Marie aún llevaba puesto su anillo de compromiso.

-No te has quitado el anillo –comentó De Bourgeois con cierto pudor.

-¡Claro que no, idiota!, –replicó ella, fingiendo seriedad; –y a pesar de que sabes que nunca lo hago, a ti parece no importarte quitarte el tuyo…

De inmediato la mujer señaló las manos desnudas del pintor.

-A veces siento que te avergüenza que una campesina como yo sea tu esposa…

Sorprendido por ese incomprensible reproche, Georges, intentando ocultar la mano sin el anillo, perdió el control y dio vuelta a la tetera, quemándose la mano derecha con el té hirviendo: de un brinco saltó de la cama regando el resto del té sobre las mantas y haciendo brincar a Marie para no quemarse las piernas.

-¡Mira lo que hiciste!, –comentó Marie entre sonrisas –ahora vamos a tener que abrigarnos con los sacos de dormir.

La mano de Georges enrojeció de inmediato. No era posible, pensó, que un dolor de esa magnitud perteneciera al fantasmagórico ámbito de los delirios; por tanto, según dedujo, no estaba alucinando. Con lógica igual, consideró una imposibilidad el que estuviese soñando; sobre todo si en otras circunstancias un dolor semejante lo hubiera obligado a despertar. Pero la realidad seguía ahí, acorralándolo en el dolor de su quemadura y al mismo tiempo otorgándole la compañía de Marie: dos percepciones bastante reales, según creyó.

De inmediato ella lo arrastró hasta el baño y le colocó la mano bajo el chorro de agua fría: le produjo un alivio tan súbito e intenso, que De Bourgeois se convenció de que no soñaba: indiscutiblemente estaba sintiendo un dolor “real”. Mejor aún: la tibieza de las manos de Marie frotándole su quemadura, pareció bastarle como evidencia de que continuaba viviendo en el mundo monótono de sus vigilias. Lleno de una inexplicable serenidad, el pintor se entretuvo contemplándola a través del espejo de su baño, mirando cómo ella le ungía la mano con un ungüento para después, con diligente rigor de enfermera, ponerle las vendas con que proteger su quemadura. El pintor agradeció al universo por ese afantasmamiento de su propia realidad, y enseguida optó por someterse al inescrutable devenir de su demencia (o su destino) al lado de la perpleja imagen de Marie.

Terminadas las labores de primeros auxilios, Marie salió del baño y se dispuso a limpiar el desorden que había dejado su marido, mientras él, embelesado en la incertidumbre de su nueva circunstancia, se quedó contemplando su propia expresión de desconcierto en el espejo del  baño. En la otra habitación, Marie comenzó a canturrear una melodía de Schumann, sacando al pintor de su ensimismamiento. Sólo entonces el pintor notó algo todavía más alucinante: las vendas de su quemadura estaban sumamente untadas de pinturas al aceite. Enseguida De Bourgeois imaginó lo peor. Salió del baño dando tumbos para comprobar, como quien sale de una pesadilla para extraviarse en otra anterior, que su amada estaba por completo cubierta de pintura. La luz del atardecer no le mintió: todo el cuerpo de Marie parecía haber sido pintado de la misma manera en que el pintor lo había logrado en el óvalo de su retrato; miró de nuevo su lienzo ausente de Marie, y se convenció de una idea que no podía ser más descabellada: la inhabitual perfección de su retrato y el sinsabor de su amargura se habían conjugado para traer a su soledad una puntual falsificación de su amada prohibida: por algún disparatado mecanismo del azar, el universo ahora se complacía en imitar el mundo de sus sueños que él, convencido de su mediocridad como pintor, de alguna manera había logrado concatenar con la realidad a través del despecho, la impaciencia y el encono que se escondían tras su búsqueda de lograr en el lienzo la imagen más perfecta de Marie. Una vez más se desplomó sobre su silla del ventanuco, y pensó que la locura de un solo hombre, por intolerable que ésta pudiera ser, no podía comparase con la enormidad de la locura que parece presidir al cosmos. Contemplando a su imagen de Marie hacer la cama como si no hubiera nada fuera de lugar, el pintor, sintiéndose sólo otra pieza más en el vasto ajedrez cósmico con que los dioses parecían jugarse el mundo, comprendió que había logrado una obra maestra de la que nadie podría enterarse jamás. Asimilado ya a su nueva realidad, De Bourgeois y su imagen de Marie se sentaron juntos frente al ventanuco para contemplar las últimas luces del crepúsculo, justo cuando el reloj de su tatarabuelo marcó las ocho y veinte de la tarde.

Había pasado ya la media noche cuando el pintor, temiendo que el milagro secreto de su creación de veras fuese sólo un sueño dentro de otro sueño, se obligó a la vigilia para poder estudiar a su amada mientras ella profundamente dormía. Y aunque nada parecía estar fuera de lugar o siquiera fuera de proporción, el pintor creyó adivinar ciertas fallas, ciertos errores de construcción que, según imaginó, el vértigo del momento le habría obligado a cometer. Se apresuró a enumerar esos errores: la redonda simetría de sus caderas parecía un poco más oblonga que en las auténticas caderas de Marie; el ritmo serpentino que conectaba la hipérbola de su torso con los conos generosos de sus piernas, parecía torpe y poco fluido con respecto al original; luego recordó que las manos de Marie no eran tan pequeñas como las que evocaba en su retrato, y que la ficción simétrica de sus tobillos resultaba más gruesa y menos sutil que en la anatomía auténtica. En cambio, pudo advertir que las pinceladas vaporosas con que había buscado difuminar las facciones de su rostro, aventajaban en mucho los rasgos de la auténtica Marie. Bastante lejos de querer perdonarse esos errores, De Bourgeois se resignó a la idea de haberse convertido en el trivial artífice de un fantasma. Confundido, no supo más si era un buen pintor o un gran embustero. Abrumado por la perplejidad, de nuevo se deslizó hasta su ajedrez: imaginó su estrategia con profunda concentración, y luego movió uno de los caballos rojos para defender a su rey de los alfiles blancos. Decidido a olvidarse del mundo y a existir solamente para su imagen de Marie, se despojó de sus ropas en silencio y se tendió bajo la tibieza de sus sábanas, dispuesto a untarse de pintura fresca (juzgó aquella humedad como un buen presagio) mientras pisaba la sombra del amor abrazando el cuerpo tinturado de su mejor ficción. La abrazó con tanta fuerza que la despertó: su imagen de Marie, deseosa, se dio la vuelta y luego se entregó con honda pasión a los latidos del pintor. De Bourgeois comprendió entonces, haciéndole el amor a su mujer, que había vuelto a nacer en el alma de alguna ironía metafísica cuya irrebatibilidad, no obstante, de alguna manera vindicaba y sugería la existencia de un Creador.

 

6.

 

Las vendas que envolvieron la quemadura del pintor casi hasta los últimos días de mayo, dificultaron todavía más la impericia habitual de sus pinceles. Llegó a sentirse físicamente agobiado y pictóricamente agotado. Una depresión constante lo dominaba: pensó en dedicarse a los bodegones, a los paisajes, en trabajar como ilustrador, como diseñador de tarjetas, en explorar la creación publicitaria, en pintar domicilios, en retirarse… Durante varios días en los que Marie pareció no preocuparse demasiado por embadurnarlo todo de pinturas, De Bourgeois consideró muchas veces el suicidio. Deprimido, le parecía una extrañeza el inusual comportamiento de su retratada: el acto de manchar la piel y las sábanas de su enamorado cada vez que se amaban, se consentían o se acariciaban, parecía no alarmar los hábitos que acostumbraba su imagen de Marie. Ella sólo miraba las manchas con distracción, como contemplando el vacío mientras se abstraía en lejanos pensamientos. Sin embargo el pintor no dejaba de estudiarla, espiándola desde su caballete mientras fingía pintar: resultaba fácil descubrir que Marie, sentada frente al ventanuco mientras apuraba la picadura del pintor, hacía un enorme esfuerzo por no sucumbir ante el tedio que implicaba vivir encerrada en la buhardilla. Desde luego, De Bourgeois, embebido en su propio egocentrismo, decidió no darle ninguna importancia a esa situación.

-Deberías agregarle más opio a tus picaduras –comentaba ella, adormilada-; es buen alimento para la cabeza, lástima que no tanto para el cuerpo…

-¡Ni para la moral! –replicaba De Bourgeois, muriéndose de risa.

Después no dejó de retratarla: le placía enormemente contemplar a su Marie desnuda y provocativa, mientras ella hacía su mejor esfuerzo porque su amado se concentrase más en ella y su voluptuosidad que en sus lienzos y sus pinceles. Captada así la atención del retratista, Marie se deleitaba seduciéndolo para que al final terminasen entrelazados, amándose sobre el diván que el pintor reservaba para sus modelos. El pintor se dedicó a vivir su vida reproduciendo gustoso la imagen ideal de una simple sombra, agregando a la realidad retratos y duplicaciones todavía más irreales de esa sola imagen, como si tales duplicaciones fueran un adjetivo, un fragmento o una cifra de la realidad. Retratando una y otra vez a su amada, de buena fe el pintor creyó poder completar así el círculo místico de su existencia al reducido interior de su buhardilla: resuelto a vivir su vida dejándose contaminar por las pinturas al aceite que informaban el cuerpo de su Marie, Georges se resignó a existir en ese limitado universo sólo para prolongar la existencia espectral de su retratada: si no podía tener el amor de la verdadera Marie, pensaba, al menos se esforzaría por conservar el amor de su reflejo, de su fantasmagoría o de su simple falsificación. Se forzó a enclaustrarse con esa imagen bajo el pretexto, no del todo falso, de amparar a su amada del peligro que representaban las barricadas de los estudiantes y las bombas de los anarquistas. Pero en realidad, otras habían sido las preocupaciones que lo condujeron a vivir como un anacoreta: aun cuando los óleos que cubrían el cuerpo de Marie terminasen de secar, de inmediato habrían de llamar la atención de los transeúntes si permitía que ella saliese a la calle con la piel pintarrajeada: entonces vendrían las preguntas, las burlas, las incriminaciones mutuas, la confusión de Marie. Y con esta confusión, las ganas de correr en busca de Jean Paul, de sus padres o de alguna otra de sus amistades que pudiera decirle la verdad sobre su insólita relación con el pintor. Agobiada por una intolerable sensación de perplejidad, no cabría duda de que estas visitas acabarían enloqueciéndola con razones que nadie fuera del pintor podría comprender, y con actitudes, severamente hostiles, que ella no sabría cómo tolerar: todos habrían de considerarla una vulgar y delirante impostora, y su incursión a la casa de amigos o parientes podría culminar en tragedia, puesto que en algún momento se vería obligada a enfrentarse con la auténtica Marie.

Creyendo mantener asegurada la vida de su Marie, el pintor se daba el lujo de salir de vez en cuando de su encierro, con la excusa de recorrer las calles de Montparnasse o los cafés de Montmartre en busca de compradores para los lienzos y las sanguinas que, cada vez más satisfactorias, estaba deparándole la inverosímil desnudez de su Marie, mientras intentaba volver a consumar el funesto encargo para la boda de su amiga con Jean Paul; un encargo que, no obstante, dejó de importunarle por completo a raíz de la milagrosa irrupción de su Marie. Pronto se habituó a pasear con cierta indiferencia por la ínsula de la Cité, recorriendo las boutiques de bajo perfil o las tiendas de ropa usada mientras buscaba modestas ropas de verano con qué vestir a su mujer. Durante las noches, por petición explícita de ella, le gustaba recorrer las calles del barrio tailandés en busca de cápsulas de amapolas verdes con qué preparar su receta  de opio y picadura. Incluso se paseaba por las tiendas y los súper mercados para comprar las legumbres, los víveres y las conservas que, desde la milagrosa irrupción de su enamorada, ya no permitía que su madre le trajese a la buhardilla. Mientras tanto, su Marie aguardaba juiciosamente allí a que su marido regresase sano y salvo del mundo exterior: preocupada por no contradecir la paranoia con que el pintor pretendía mantenerla a salvo de los circunstanciales desórdenes de París, ella poco a poco comenzó a experimentar las crueles monotonías del tedio. Y cuando el pintor regresaba a su buhardilla, tarde en la noche y un poco ebrio por el brandy que a veces se permitía con algunos amigos de Montmartre, se amaban con las luces apagadas y la mente de Marie por completo abstraída en la indiferencia.

Luego de haber terminado el día dieciséis, ella comenzó a perder interés en seguir desempeñando el papel de la esposa sumisa a la que no le importaba la escasa disposición de su marido para los hábitos de la vida en sociedad: dejó de aceptar el hecho, poco trivial, de que él prefiriera declinar cualquier invitación ofrecida por sus amigos, pero aún más el hecho de que Georges se negase a recibir visitas, recomendándoles por teléfono que no se arriesgasen a cruzar la ciudad en medio de semejante estado de caos en que, peligrosamente, nada ni nadie podía garantizar la seguridad de los ciudadanos que buscasen continuar con la tranquilidad de su vida social. Pretextos más, pretextos menos, el pintor creyó haber calculado todo con suficiente escrúpulo y precaución para mantener a su milagro lejos de las inquisiciones de los intrusos. Todo, menos la voluntad de Marie: embebido en el orgullo febril que le había insuflado la magia modesta de su  primera obra maestra, el pintor no parecía demasiado consciente de las necesidades vitales de su mujer, ni siquiera de sus sentimientos al interior de la relación. Así, ciego de soberbia y por ello prácticamente inmune al dolor ajeno, ya no fue capaz de percibir otra cosa fuera de su propia satisfacción. Pronto dejó de percatarse del aburrimiento que había comenzado a gestarse en las tardes iguales de Marie: el hastío de su cotidianidad se consumía leyendo los libros esotéricos del pintor y su nutrida colección de volúmenes de pintura e historia del arte. A veces ella se abstraía en sus pensamientos contemplando con indecible nostalgia el ajedrez de su marido: le parecían un enigma esas cavilosas figuras de piedra; mientras compartían el monótono cohabitar de sus días idénticos, Marie se dedicaba a estudiar las posibles jugadas en el más absoluto silencio, como si tuviese la secreta intención de memorizarlas o de hallar la manera más efectiva de poner en jaque a su amado pintor. Fingiendo distracción, ella alguna vez le dijo:

-Me gusta tanto el ajedrez… ¿Por qué ya nunca lo jugamos juntos?

Sin levantar el rostro de sus sanguinas y con su habitual desgano a la hora de entablar cualquier conversación, el pintor apenas contestó:

-Te prometo que cuando acabe esa partida, volveremos a jugarlo.

Enseguida Marie, justo cuando el reloj de su tatarabuelo marcó la hora de su té y aprovechando la inviolable concentración de Georges en sus sanguinas, movió el caballo blanco que debería escoltar a su dama hasta la inminente captura del rey rojo.

 

7.

 

Para cuando la plenitud de la primavera había comenzado a marchitarse, en la tarde del día diecinueve la sorpresa, la consternación y la infamia trajeron el horror a aquella buhardilla oscura de Montparnasse. Ese día el pintor había salido muy temprano para buscar cierta especie de amapola cuyo jugo, extraíble sólo cuando las flores estuvieran verdes, funcionaba muy bien a modo de narcótico. El capricho de su mujer por fumar algo de opio había comenzado tarde en la víspera, y el pintor, sintiendo cierta frustración luego de haber malogrado varias sanguinas durante la jornada por la ansiedad que le había provocado a Marie la falta de opio al momento de posar, le prometió salir muy temprano en la mañana para buscarle esas flores: consumida su mujer por los efectos de la abstinencia, no quedaba más remedio que salir a buscarlas. Así, con las primeras luces del alba el pintor abandonó su encierro y se dio un paseo por la ciudad mientras consumaba el encargo. La ciudad, solitaria y caótica a la vez, pareció mostrar un rostro asaz diferente al de sus cotidianas repeticiones; sintiendo un poco de sueño mientras caminaba, algo muy en lo profundo lo obligó a sentir que se conducía por las harto conocidas calles de París como si en realidad estuviese errando por una ciudad extranjera: todo parecía inexplicablemente nuevo, como si el mundo y los individuos hubiesen sido creados hacía sólo unos pocos instantes, pero, paradoja entre paradojas, dotados con la larga memoria de una Historia Universal que únicamente existía al interior de sus consciencias. Acercándose la tarde, cuando De Bourgeois se disponía a regresar a Montparnasse desde las encrucijadas del barrio tailandés, casualmente se topó con un antiguo amigo de su natal Argenteuil quien, haciendo honor a su antigua amistad, enseguida le invitó a tomarse unas copas de ajenjo para que pudieran conversar de los tiempos ya idos. Imprevisiblemente, el pintor accedió. Y aunque intentó apurar esas copas para volver cuanto antes a su buhardilla, resultaba indudable que en verdad estaba disfrutando esa tarde como pocas durante las últimas semanas. Cerca del crepúsculo, De Bourgeois debió detener la deleitable conversación bajo la excusa, verdadera en todo caso, de que se encontraba incómodamente ebrio: la rapidez con que se había bebido sus ajenjos, poco le había permitido a su cuerpo metabolizar el fuerte licor, desamparándolo en las calles del centro bajo cierto grado de embriaguez al que, desde luego, no estaba acostumbrado. Temiendo que el pintor cayera preso de algún accidente que involucrase en un mismo azar su borrachera y las protestas de los estudiantes, su amigo se ofreció a llevarlo en taxi hasta la puerta de su domicilio. Ebrios los dos, se alejaron del barrio tailandés en un taxi cuyo chofer no tenía muy en claro el lugar de su destino: desinhibidos por efecto del alcohol, De Bourgeois y su amigo disfrutaron burlándose festivamente de su conductor, bromeando una y otra vez sobre la real dirección de su vivienda.

Hacia las horas del anochecer, justo para su té rojo de las ocho, el retratista de Marie por fin logró arribar al silencio de su residencia. Se despidió más de una vez de su compadre, como corresponde entre borrachos, y, dando dos o tres tumbos, logró bajarse del taxi. Y aunque la portera le dio acceso rápido al interior y lo condujo de la mano hasta el elevador, el letargo del alcohol le impidió activar con diligencia su mecanismo, sucumbiendo repentinamente al sueño: entre las ocho menos veinte y las ocho menos cuarto, De Bourgeois, de pie, durmió placenteramente en la jaula del ascensor. Despertado por una extraña corriente de viento cuyo origen no pudo discernir, y descubriéndose todavía encerrado en esa jaula, el pintor decidió utilizar las escaleras y subir siete pisos, a pesar de la ebriedad, para poder llegar hasta su buhardilla. Intentó disipar su borrachera: respiró varias veces con profundidad, y enseguida acometió el trabajoso desplazamiento hasta su residencia. Se detuvo en tres ocasiones, más para mantener las entrañas en su sitio que para descansar de su labor. Por fin, a las ocho menos cinco, consiguió arribar hasta el umbral de su buhardilla; mareado y con la mente nublada por el sueño, la fatiga y el alcohol, le costó trabajo encontrar las llaves de su casa. Sabiendo lo que ya iba a encontrar, hurgó en sus bolsillos varias veces sin encontrarlas. No lejos de la superstición, juzgó ese olvido como una mala señal. Enseguida tocó tres veces sobre el portón de roble, tal como lo había convenido con su imagen de Marie. Vencido por el sueño, apoyó la frente sobre la fatigada puerta, aguardando a que le abriese su mujer. De inmediato sintió que soñaba: por su  mente desfilaron imágenes de estudiantes, de barricadas, de rebeliones ácratas, de gobiernos inútiles, de sus tumbas favoritas del cementerio, de la reproducción de la Pietá, de innumerables imágenes de Marie refundidas en la apariencia de las nubes, de la inmensa soledad de su buhardilla…

La demora manifiesta de Marie para abrirle la puerta enseguida lo inquietó. Bastó ese ínfimo detalle, para que se desvaneciera su embriaguez. Sintiendo en el cuerpo un incómodo presentimiento, de golpe recordó que había guardado las llaves entre las confusas monedas de una cartera que le había obsequiado la auténtica Marie un par de años atrás, y que él, a veces, escondía en su cartapacio de dibujos. Agobiado por la angustia, ensayó, sin éxito, varias de esas llaves hasta encontrar la que buscaba; la puerta al fin cedió: Georges atravesó el umbral como si hubiera logrado volver de un inescrutable desierto. Buscó la imagen de su Marie por los espacios de la buhardilla: casi derrumbándose, debió resignarse a que ella ya no estaba allí. Creyendo que el tiempo de su milagro había declinado, clavó sus ojos en el óvalo de su lienzo: la ausencia de Marie allí también se mantenía intacta. Gritó su nombre con desesperación mientras giraba sobre sí mismo sin saber qué hacer ni qué pensar. Previsiblemente, no pudo evitar cierta sospecha. Buscó entre las cosas personales de su retratada: todo estaba allí, menos la minifalda roja y la escotada blusa azul que le había comprado para cuando terminase de llegar el verano; sus zapatos sin tacón tampoco estaban en su sitio. Sintiendo un poco de frío, el pintor se sentó al borde de la cama con lágrimas nublándole la vista. El llanto lo condujo a descubrir entre las mantas revueltas su pipa favorita y el encendedor de su tatarabuelo, casi ocultos bajo el edredón; junto a ellos, una edición bilingüe de “El retrato de Dorian Gray”, la novela favorita de Marie. Olió la cazoleta y comprobó que, antes o después de haber estado leyendo, su mujer había fumado una gran cantidad de opio. El horror ya no se podía refutar: el espectro de Marie no se había desvanecido mágicamente en el aire, sino todo lo contrario: sintiéndose cautiva en esa umbrosa buhardilla de reducidas dimensiones, la señorita Dubois, atormentada por sus deseos de vivir, se había lanzado a explorar las calles de París vistiendo su atuendo más provocador.

Sólo entonces el pintor dio un vistazo a su ajedrez: entre las figuras de los caballos rojos, Marie le había dejado una nota. En ese momento De Bourgeois no pudo no notar que Marie había operado un movimiento equivocado del alfil rojo que prácticamente desamparaba a su rey: en dos jugadas, la dama blanca finalmente acabaría capturándolo. El pintor desdobló la ansiosa hoja y trató de concentrarse: la escritura le pareció tan precisa y lacónica como una carta de suicidio. Marie mencionaba en ella que, cansada de su encierro y hastiada de los interminables silencios de su marido, se había ido a la Sorbona para participar en las protestas junto a sus excompañeros de la universidad. También aseguraba estar de vuelta para su tecito rojo de las ocho. De inmediato el pintor indagó en el reloj de su tatarabuelo: sólo tres minutos lo separaban de la hora mágica que habría de reencontrarlo con la imagen de su amada. Encendió su pipa y se sentó a esperar en la silla de su ventanuco mientras fumaba algo de opio. Luego de la primera bocanada, inevitablemente sus ojos se posaron sobre el óvalo de su retrato; entonces notó algo que le había sido velado antes: en sus ojos reflejados por el espejo ovalado y convexo que había pintado con altísimo detalle, se veía el reflejo de ella misma reflejada en los ojos del pintor, que a su vez se reflejaban en los ojos de Marie que se reflejaban en los ojos del pintor que se reflejaban en los ojos de Marie, y así hasta lo infinito. De Bourgeois sucumbió al vértigo, y creyó que al fin estaba despertando a la consciencia (o a la pesadilla) de su auténtica locura: se resignó a la idea de que su completa historia al lado de su imagen de Marie parecía comportar una alucinación favorecida por el cansancio, el desamor, el abuso del opio. Incluso se atrevió a pensar que él mismo, arrebatado por un inviolable acceso de psicosis, en algún momento podría haber escrito la nota. Y sin embargo, sin haber acabado de aceptar la idea de estar enloqueciendo, decidió seguir adelante con su alucinada puesta en escena. Casi al borde del colapso, recordó que el reloj de su tatarabuelo solía atrasarse varios segundos cada treinta minutos. Comprendió que ya había pasado bastante más tiempo, y que su reloj había marcado hacía rato la hora de su té sin que hubiera tenido noticia de su mujer. Se levantó, arrancó del perchero su bufanda de paño irlandés, se puso un sobretodo liviano, agarró su pipa, el encendedor de su tatarabuelo y su bolsita de picadura; buscó un par de limones en su nevera, tomó sus llaves y luego se arrojó a las intempestivas calles de París, buscando reencontrarse con su imagen de Marie.  

Primero fatigó las bifurcaciones de Montparnasse, suponiendo que quizá pudiera hallarla refugiada en alguno de los parques del vecindario, en cuyos jardines ella siempre buscó disipar un poco su natural tendencia a la melancolía. Recorrió así las encrucijadas del Jardín Atlántico; anduvo por los prados deleitables del Observatorio de París; examinó las zonas verdes del Museo General Leclerc; fatigó los jardines del Parque Henri Cadiou y luego encaminó el mapa de su búsqueda hasta el perplejo parque René Le Gall: todo absolutamente en vano. Resultaba definitivo, pensó, que Marie no había regresado aún a Montparnasse. Estaba recién caída la noche cuando los extenuados pasos del pintor se encaminaron hacia el cementerio: dispuesto a buscar su imagen de Marie aun en los últimos recodos del Erebo, pronto se internó en el complejo entramado de las tumbas, creyendo poder encontrarla en alguna de sus encrucijadas. Sin mayor consciencia de la ruta que habría de tomar al recorrer esas desesperadas ramificaciones, el pintor prácticamente erró en círculos sin hallar nada. Sin embargo, de pronto se topó con su tumba favorita, casi como si hubiera sido una cruel ironía del azar: aquella tumba con la escultura del moribundo cubierto por una sábana y que no había conseguido encontrar el día en que logró descifrar la correcta iluminación para su retrato. Fascinado por el realismo de esa escultura doliente, se entretuvo un largo rato estudiándola bajo la mortecina luz de los faroles, como hipnotizado por esa fantasmagórica perfección que lo había cautivado siempre. Pronto sintió que esa escultura, y probablemente el resto de la tumba, era bastante más real que su propia sombra de pintor. Consumido por la consternación, De Bourgeois se convenció de que jamás iba a encontrarla allí. Atravesó el jardín central del camposanto buscando la salida: haciendo un esfuerzo por que sus piernas no claudicasen antes de encontrar a su imagen de Marie, decidió buscarla en las inmediaciones de la Sorbona, el alma mater de su retratada.

 

8.

 

Atravesando los enmarañados túneles del metro, el pintor se adentró en el laberíntico centro de París, sin encontrar nada diferente a la numerosa soledad de las muchedumbres. Salió del subterráneo por la estación de la Plaza del Panteón, abriéndose camino a trompicones en medio del gentío, y se dirigió, con paso firme pero fatigado, hacia los edificios de la Normal: preso de su habitual sensación de irrealidad, sintió que atravesó calles innumerables, barrios innumerables, jardines innumerables, universos innumerables hasta que, al fin, viéndolos desde cierta distancia, pudo divisar los edificios dieciochescos de la Sorbona. Exhausto, De Bourgeois logró alcanzar las barricadas incendiarias que cercaban (o resguardaban) las aulas donde se habían amotinado los estudiantes. Los gases lacrimógenos de la policía lo obligaron a cubrirse el rostro con su bufanda, que previamente había empapado con jugo de limón: caminó con torpeza por entre las barricadas hasta alcanzar el umbral de la Sorbona, sin saber si lloraba lágrimas de dolor, impotencia o simple intoxicación. Intercambió dos o tres palabras de fina cortesía con los estudiantes que montaban guardia, hasta que finalmente éstos lo dejaron penetrar en el ansioso caos de las aulas: uno a uno recorrió los varios salones donde polemizaban los grupos de estudiantes, preguntando a quien se cruzase en su camino por una estudiante de tales y tales características que, además, tenía la piel cubierta de pinturas. Visitó las oficinas solas y recorrió las cafeterías pobladas de rebeldes, transitó por el rompecabezas de los pasillos, de los zaguanes, de los patios ínfimos, de las plazoletas vacías y las terrazas con jardín, sin hallar la menor noticia de su Marie. Frustrado, desfallecido, ansioso, el pintor sintió que iba a derrumbarse justo allí: en medio de una revolución estudiantil a la que él jamás había dado importancia y en los incomprensibles espacios de una universidad cuya enseñanza de izquierda siempre despreció.

Con mayor desesperación todavía, De Bourgeois no quiso resignarse a la posibilidad de que su imagen de Marie simplemente se hubiese desvanecido en el aire: decidió arriesgarse, entonces, a buscarla por entre las innumerables barricadas que por todos lados entorpecían las calles de París. Con poca o ninguna estrategia, corrió desconsoladamente en medio de esas improvisadas trincheras con el ímpetu de un delirante. A veces creía escuchar desde muy lejos el rumor de su voz; creía percibir en el aire el eco de su perfume; le parecía vislumbrar a lo lejos el rubio resplandor de su cabello y varias veces creyó ver su rostro innumerablemente refundido entre la masa anónima que marchaba por los bulevares: algo en su corazón lo obligaba a sentir que se hallaba cada vez más cerca de encontrarla vagando entre la multitud. La buscó entre los automóviles desvalijados; entre los taxímetros a medio incendiar; entre los autobuses inútiles; en el vago reflejo de las vidrieras y en la inhabitual soledad de los centros comerciales: por ningún lado aparecía la menor huella de su Marie. Pensando en la volatilidad de ciertos pigmentos que se evaporan al contacto con el aire, el pintor imaginó que su mujer realmente parecía haberse volatizado: la consternación, la soledad, tal vez la fiebre, lo condujeron a la conclusión de que el trabajoso milagro que durante tantos meses esforzó para falsificar su imagen de Marie, se le había desvanecido con la misma celeridad que hacía unos pocos días le había permitido consumarlo.

Intentando volver sobre sus pasos, Georges, al doblar por una esquina idéntica a todas las demás, desembocó en una situación intolerable: de pronto se vio acorralado por una acalorada muchedumbre de manifestantes que se preparaba para salir desde el Jardín de las Tullerías rumbo al Arco del Triunfo, rodeándolo con sus banderas, sus pancartas, sus pendones, sus panfletos, sus consignas y sus linternas de protesta nocturna, empuñándolos casi a modo de fusil. Lo infernal (lo monstruosamente infernal) era el hecho incomprensible de que los pendones, las banderas, los panfletos y los pabellones, de alguna manera habían usurpado su imagen de Marie: comprobó  que esas eran las marcas de sus pinceladas, las cicatrices de su espátula, las texturas de sus empastes y su umbrosa iluminación al estilo de Caravaggio. Esas muchas formas de la intimidad, pensó con rabia, habían sido descaradamente plagiadas (o falsificadas) por una infinitud anónima de manifestantes que tal vez poco o nada sabrían de pintura. Indignado y con lágrimas de cólera cegándole los ojos, el pintor caminó a contracorriente en medio de la invariable multitud, mientras poco a poco iba verificando la perfección de aquellas copias terribles, admirables, simplemente inhumanas. Deseando vengarse de ese cruel universo de plagiarios, se lanzó violentamente contra ellos, como una especie de Quijote o de Orlando del mundo moderno: rasgó numerosas banderas y derribó pendones por doquier; con el encendedor de su tatarabuelo incineró varios estandartes y quemó muchos panfletos que imitaban el óvalo de su retrato; incluso llegó a golpear a varios de los falsificadores, amenazando de muerte a tres o cuatro de ellos. En medio de su rabia, el pintor debió reconocer que esas imágenes no eran sólo vulgares falsificaciones de su lienzo: “eran” la misma imagen de su lienzo. De repente se sintió embargado por una náusea insoportable y una sensación de pánico que le enfrió la sangre. Colmado por un rencor que no lo visitaba desde sus suplicios en la facultad de ingeniería, sospechó que aquel mundo absurdo plagado por su propia imagen de Marie, comportaba un fragmento, o un atributo, de la monstruosa irrealidad con que al parecer estaba construida su propia realidad. Es decir, le pareció una sustantiva manifestación de su propio infierno personal.

Sin tiempo ni cordura suficiente como para pensar con claridad, intentó refugiarse de este nuevo caos mientras buscaba doblar por alguna esquina que lo condujese fuera de la muchedumbre. Empero, nada en ese absurdo universo de imágenes repetidas le permitió ponerse a salvo de su propia mezquindad: la multitud sencillamente se multiplicaba a cada segundo y por todas partes. Tratar de escapar de esa imagen tan querida en el pasado y ahora sólo abominable de tan obstinada y presente, encarnó para el pintor cierto conocimiento de sí mismo, cierta sabiduría peligrosamente verídica que sólo puede lograrse (como Ulises, como Eneas, como Leopoldo Bloom) descendiendo a los indescifrables rincones del infierno. Así, entre las fracturas de una realidad que había comenzado a agrietarse desde la milagrosa aparición de su Marie, el pintor creyó vislumbrar una concisa refutación del mundo: una aporía de cierto valor metafísico cuya dialéctica, tan precisa como las paradojas de Zenón, parecía surgir desde las fisuras mismas de la eternidad. Aprensivo, ofuscado, infinitamente confundido, De Bourgeois acabó por resignarse a la indescifrable locura del mundo, sospechando que al mismo tiempo también era la suya.

Como un ciego sin lazarillo se dejó conducir por la multitud, con la mirada puesta en el vacío mientras hacía un inventario de todos los afanes que de uno u otro modo lo ataban al espectro de Marie: siempre se había soñado el único merecedor de su presencia en sus tardes del futuro, compartiendo el perfume de sus bálsamos, la tibieza de sus manos, el carmín de sus labios, las ondulaciones de su cabellera, el ancho mundo de sus senos, la curva dórica de sus piernas, su clara pasión por el ajedrez, su devoción por la pintura, su mutua necesidad de justificarse ante los implacables tribunales de la Historia Universal… Ahora, extraviada esa presencia fundamental en los laberintos del tiempo, la secreta geometría del azar le ofrecía innumerables espejismos que, si bien idénticos al original, carecían del espíritu y la pureza irrepetible de su retratada. La amargura de esta última intuición bastó para que el pintor advirtiese que había comprendido la efímera plenitud de su papel cuando ya era demasiado tarde para representarlo. Anduvo entre la gente casi sin consciencia del tiempo o de sí mismo, hasta desembocar en los solitarios jardines del Museo de l’Orangerie. Buscó en ellos cierta escultura de Rodin, que tantas veces había contemplado en compañía de la auténtica Marie. Al encontrarla, se sentó en una de las butacas del jardín y la estudió juiciosamente desde allí; encendió su pipa, y, luego de dos o tres bocanadas, imaginó a Rodin apremiado por el entusiasmo de modelar su escultura, como si a través de ella pudiera postular su propia versión del universo. Imaginó cómo sería su propia vida si de repente una de esas esculturas cobrase vida enamorándose de él. Entonces pensó que amar un fantasma hecho de bronce y esperanzas en realidad no comportaba una deplorable versión de la realidad, sino una afirmación de sus constantes y sucesivas irrealidades. Luego rechazó tal imaginación, y concluyó que considerarse amado por una fría escultura milagrosamente traída a la vida, en realidad admitía una circunstancia por completo intolerable. Se puso de pie y comenzó a rodear el museo profundamente abstraído, existiendo sólo a través de sus fantasías fomentadas por el opio. Y cuando por fin logró desenredarse de tales visiones, descubrió que había caminado un largo trecho por el malecón de las Tullerías. Perdidas las esperanzas y resignado a dejarse llevar por la irrevocable realidad de sus delirios, desistió de su búsqueda y se refugió en las solitarias orillas del Sena.

Fumando su picadura especial, se instaló junto a las barandas del malecón. Y aunque la densa penumbra de la noche había oscurecido aún más las de por sí oscuras aguas del río, la luz del alumbrado público que se reflejaba sobre la corriente le permitió contemplar en ellas su propio rostro: mirando su imagen encrespada por las ondulaciones de las aguas, sintió que su locura era inminente, y su soledad, infinita. Recordando a Schumann, no pudo evitar los deseos de arrojarse a las frías aguas del Sena. Contemplando en esas aguas el reflejo de su rostro, De Bourgeois descubrió que en el reflejo de sus ojos podían verse, como enjaulados, los ojos claros de Marie. Creyó de inmediato que ese reflejo era ella, la auténtica Marie, y no la laboriosa falsificación de su retrato. Vanamente la llamó desde del malecón, corriendo a lo largo de las barandas como si estuviese intentando socorrer a esa mujer que parecía arrastrada por la corriente y que no reconoció el rostro del pintor. Luego de haber corrido un largo trecho gritándole que la amaba, el pintor experimentó la certeza de que sólo entrando en las crapulosas aguas podría reconocer ella su rostro, y, naturalmente, dejarse socorrer por él. Y aunque temió morir arrastrado por el caudal, buscó una pendiente que le permitiese descender hasta el río. Encontró unas escalerillas que descendían hasta la corriente, casi debajo de la Pasarela de Solferino; por esas escalerillas bajó: se sumergió en el río casi hasta el cuello, sintiendo que, a pesar de estar comenzando el verano, en pocos minutos el torrente terminaría por hundirlo en la hipotermia. Temblando, se apresuró a buscar de nuevo el reflejo de Marie sobre las ondulaciones del río. En cierto momento no vio más el reflejo de su propio rostro, sino solo la espectral imagen de Marie; se convenció de que, para consumar de una vez por todas su amor hacia ella, debía abrazar esa imagen custodiada por el agua. Anheló un beso más de ese rostro tantas veces frecuentado por la mediocridad de sus pinceles; olvidó su nombre, su realidad y su cordura, y ya sólo existió Marie en todos y cada uno de sus pensamientos, cada uno sus recuerdos y cada uno de sus ensueños. Y mientras acercaba a las aguas el calor de sus labios, sus piernas congeladas perdieron pie en el légamo del río, hasta que su cuerpo fue tragado por el helado aluvión de la corriente.

 

*****

Había transcurrido ya un largo rato contemplando el insatisfactorio lienzo ovalado de su caballete, cuando Marie Dubois, la celebrada pintora de la antigua familia Dubois, quien había conquistado el mundo del arte a sus diecinueve años y lo había perdido a sus treinta, dejó a un lado la paleta fatigada por un caos de inútiles pinturas y se deshizo después de los abatidos pinceles. Todavía insatisfecha con el trabajo que había ocupado otra de sus noches esforzándose en lograr un retrato convincente de ese misterioso rostro que, por única vez en su vida, había visto refundido entre las barricadas de aquel mayo legendario, y cuyos rasgos entonces le parecieron resplandecer graciosamente iluminados por las luces del crepúsculo, se resignó a que esta vez tampoco sería capaz de concretar la imagen que todavía campeaba en sus recuerdos. Aturdida por su adicción a las visiones del opio y las borracheras del ajenjo (una costumbre que le había traído el tedio de su matrimonio), en algún momento creyó haber encontrado el verdadero amor en el rostro de ese joven lozano que vio una sola vez y del que sólo pudo conocer su nombre: Georges De Bourgeois, estudiante de ciencias sociales de la Sorbona que había desaparecido, en condiciones muy extrañas, durante el calor de las revueltas. Inconsolablemente enamorada de una imagen, la pintora creyó poder obrar con sus pinceles el mismo milagro tantas veces atribuido a Pigmalión: lograr la confección de una imagen más real que la misma realidad, a través de ciertos artificios técnicos cuya perfección debería bastarle para traer esa imagen a la vida. Dispuesta a triunfar en su búsqueda del amor perfecto mediante la consumación de una imagen perfecta, Marie solía fumar considerables cantidades de opio para dedicarse a ensoñar historias completas con qué alimentar sus fantasías junto a la imagen de su amor ideal. Historias que ella, desde luego, acostumbraba a consignar en las páginas secretas de su diario, y con las que pretendió conspirar una historia de vida lo suficientemente detallada y compleja, como para dotar de espíritu a su estático recuerdo de Georges y así poder insuflarle la necesaria dosis de realidad a la definitiva imagen de su retrato.

Marie encendió de nuevo su pipa colmada de opio; aspiró un buen par de bocanadas y luego se recostó sobre su cama, haciendo un esfuerzo por recordar la única imagen que había visto de Georges De Bourgeois mientras, a su vez, contemplaba su imperfecta versión de aquel rostro remoto que, sin embargo, parecía vigilarla desde el caballete. Después miró su ajedrez de piedra antes de sucumbir a las visiones, y confirmó que sólo debía mover la dama blanca para acabar apoderándose del rey rojo. Cerró los ojos ahora apretados por efecto del narcótico, y aguardó, infinitamente serena, a que de nuevo la colmasen las imágenes de Georges. Así, desde las inmensas profundidades de Marie Dubois, Georges De Bourgeois volvería a morir sin saber que él también era sólo una apariencia, y que otro estaba soñándolo, posiblemente desde el origen mismo del tiempo.