INSTRUCCIONES PARA FABRICAR UNA
NARANJA MECÁNICA:
ULTRAVIOLENCIA, COMUNICACIÓN Y
UTOPÍA
(Especulaciones sobre la violencia en televisión)
(Ensayo)
Recientemente se ha realizado un
experimento en la República Federal Alemana y
Gran Bretaña en el que se pagaba cierta
cantidad a la semana a quienes estuvieran
Dispuestos a no ver televisión durante
un año. Sólo poquísimas personas resistieron
Cinco meses, y nadie llegó al año.
Quienes lo intentaron acusaron los mismos efectos
Que produce el retirarse de las drogas o
del alcohol y sufrieron notables depresiones
Nerviosas.
MARSHALL MCLUHAN, ¿Cómo influye en nosotros la televisión?
Tal vez a modo de preámbulo
Peleles
y marionetas de un estado impostor que patrocina toda forma de violencia para
asegurar su estadía en el poder, los espectadores de las nuevas tecnologías de
la comunicación parecen ignorar el verdadero objetivo sociopolítico que se
esconde detrás de todo entusiasmo audiovisual por cada nuevo producto que
publicita, por ejemplo, el mundo de fastos y oropel que hoy importa la
televisión colombiana. Sus sucedáneos, la televisión vía Internet y los
multimedios vía Smartphone, completan el paisaje desolador de la falsa, y
frágil, comunicación posmoderna entre individuos. Enfermos de esa endemia
generalizada que se origina en los delirios prefabricados que la pantalla chica
y sus sustitutos comercializan a modo de cultura, el acostumbramiento a la
violencia televisiva en no poco grado ha contribuido a que la población, acaso
sin saber por qué, como sucede en ciertas experiencias de la hipnosis, se
esconda en sus hogares víctima de una paranoia social que permite mejorar los
mecanismos de control y el aislamiento de los individuos para su más efectivo
gobierno: la realidad exterior debe producir terror, y la televisión, gran
vehículo para la alienación del individuo, reconfortar y mantener la cálida
seguridad del hogar. Reemplazando las hogueras cuyo perímetro reunía a la
comunidad en las sociedades primitivas ya fuera para contar historias
ancestrales o para referir las vicisitudes del día, hoy la televisión ha pasado
a usurpar ese privilegio; es decir, se ha transmutado, muy a pesar nuestro, en
el nuevo fuego del mundo contemporáneo con el cual se hace posible esa alquimia
del ocio y el reclutamiento que desde hace décadas nos idiotiza y que, como
toda arma silenciosa, solapadamente nos prepara con sus venenos para el
camuflaje, la trinchera y el fusil de los tiempos modernos. Así cada domicilio
se trueca en burbuja, en autarquía de la mendicidad y el temor; luego su vida
se hace tan privada como lo permita la típica neurosis de las fuerzas de
trabajo que, atomizadas y reducidas a una masa anónima cuya plusvalía vale
tanto como su reclusión, ve en las nuevas tecnologías de la comunicación su manera
de participar de una realidad que los mecanismos de control, empero, le hacen
cada vez más ajena. Y aunque es común, y tal vez deleitable, experimentar una
sensación de bienestar alrededor de la híper-comunicación que permiten esas tecnologías,
toda evidencia apunta a demostrar que se trata de un deleite solitario que
posee el mismo valor sensual que el acto aislado de la masturbación: el
Facebook y el What’s app comunican apariencias, imágenes y trivialidades que el
individuo, fantaseando con una aldea global a lo McLuhan pero establecida nada
más que para él, goza de manera unilateral; poco importa lo que suceda al otro
lado del cable: basta con satisfacer las propias pasiones a través de una
comunicación superficial para creer que el universo continúa existiendo y que,
acaso con algo de falsa modestia, aún nos incluye en el aparente orden de sus
estructuras.
Y
en ese universo de imágenes y falsedad que promueven en Colombia los medios
oficiales de comunicación, pocos misterios tan fructíferos y deleitables para
aventurar hipótesis y conjeturas alrededor de su propia ontología, como lo es
el de la violencia en televisión: mapa y sintagma de cierta estrategia de mercadeo
que han sabido imaginar aquellas élites que, de alguna u otra manera, gozan
ejerciendo el oficio del entretenimiento como otro engranaje más dentro del
complejo mecanismo de control con que la multitud es gobernada mientras, a su
vez, se le incorpora al interior de un modelo económico unánime que también comporta
severos, y restringidos, patrones de comportamiento. En ese entramado de luces
y mercadotecnia en que todo individuo tiene un precio y una función económica
bien definida que cumplir, se alza el gigantesco mercado mundial del cual la
televisión y sus contenidos son sólo otro más de sus recursos. Espejo fortuito
del hombre social, cualquier estudio antropológico de la violencia en televisión
podría demostrar cuán profunda es la cicatriz que le economía neoliberal ha
logrado penetrar la compleja psicología del individuo para poder fundirlo con
la embotada psicología de la multitud. No otra cosa se preconiza en las páginas
de “1984”, la célebre novela distópica de George Orwell en que los medios
masivos de comunicación pasaron a convertirse en las herramientas coercitivas
de un estado totalitario, ajeno a cualquier democracia:
Anoche
estuve en los flicks. Todas las
películas eran de guerra. Había una muy buena de un barco lleno de refugiados
que lo bombardeaban en no sé dónde del Mediterráneo. Al público le divirtieron
mucho los planos de un hombre muy grande y gordo que intentaba escaparse
nadando de un helicóptero que lo perseguía, primero se le veía en el agua
chapoteando como una tortuga, luego lo veías por los visores de las
ametralladoras del helicóptero, luego se veía cómo lo iban agujereando a tiros
y el agua a su alrededor se ponía toda roja y el gordo se hundía como si le
entrase el agua por los agujeros que le habían hecho las balas. La gente se
moría de risa cuando el gordo se iba hundiendo en el agua, y también una lancha
salvavidas llena de niños con un helicóptero que venga a darle vueltas y más
vueltas. Había una mujer de edad madura que bien podía ser judía y estaba
sentada en la proa con un niño en los brazos que quizá tuviera unos tres años.
El niño chillaba con mucho pánico, metía la cabeza entre los pechos de la mujer
y parecía que se quería esconder y la mujer lo rodeaba con los brazos y lo
consolaba como si ella no estuviese también aterrada y como si tenerlo así en
los brazos fuera a evitar que alcanzaran al niño las balas. Entonces va el
helicóptero y tira una bomba de veinte
kilos sobre el bote y no queda ni una astilla de él, que fue una explosión pero
que magnífica, y luego salía un primer plano maravilloso del brazo del niño
subiendo por el aire yo creo que un helicóptero con su cámara debe haberlo
seguido así por el aire y la gente aplaudió muchísimo…[1]
La natural necesidad de comunicación se
convierte, por tanto, en el vehículo más eficaz con que inocular violencia y
propaganda en la mente de los individuos. Adoctrinados así por la fuerza
convincente de las ficciones audiovisuales, en esta distopía de los tiempos
modernos a la que aún damos el estatuto de nación, todos, desde el más lúcido
al más torpe, concedemos mayor veracidad a las imágenes que se transmiten por
televisión que a la realidad misma, nutriendo con sus juegos pirotécnicos de
envergadura la realidad oficial que los medios permiten construir, vivir y
divulgar en nuestro interior, aun a costa de saber, vagamente tal vez, que
existimos sólo para engrosar una mentira en la cual, no obstante, mana con
mayor fluidez el papel moneda que si existiéramos llevando una vida abanderada
por la sinceridad.
Y
en esa economía del espectáculo y la sangre que comporta todo artefacto
audiovisual producido en cadena para el gran público, la visión del ser humano,
la familia y la sociedad son prácticamente modeladas por las intercambiables
falacias de la publicidad, esa forma de violencia intelectual que se ejerce sobre
la pasividad del espectador a través de la imagen pulimentada con que se
pretende vender, adquirir y cautivar a la tele-audiencia; gracias a ellas, hoy
todo espectador es un empresario en potencia: todos se preocupan por comprar,
todos se esfuerzan por vender; labores que hoy facilita el boyante modelo de
las llamadas “redes de mercadeo” en las cuales cada aspecto de la vida, desde
el desvelarse para trabajar hasta el embriagarse para olvidar, es susceptible
de convertirse en un negocio. Empresas que seguirán siendo posibles, y
peligrosamente atractivas, siempre y cuando los modernos contenidos de la
televisión y demás medios masivos de comunicación continúen obligándonos a
sentir la protección de un estado todopoderoso y mercantilista cuya
manifestación al día de hoy es, desde luego, cada vez más audiovisual.
Propagandas y falacias aparte, el flujo de moneda en el interior de esta
distopía del mercado global estará garantizado por su fácil tendencia a
convertirse en imagen, sobre todo gracias al complejo lenguaje audiovisual que
la televisión heredó del cinematógrafo: vistos con la opulencia efectiva que
permiten los discursos audiovisuales, cada producto promocionado por televisión,
desde el veneno para ratas hasta el cuchillo para destazar tocino, se verá
mejor vendido si es secundado por ingentes dosis de violencia que, por ciertas necesidades
del mercado, será mejor publicitar en horario “triple a”: cuando toda la humanidad
tenga sus ojos puestos en el televisor durante las tres o cuatro horas de ocio nocturno
que permite el sistema. Por ese motivo tan poco despreciable, los héroes de la
televisión, cada vez más cercanos al soldado eficiente o al gendarme brutal, seguirán
ejerciendo su política del encanto y la pirueta hasta ser capaces de vender
cualquier tipo de servicio o producto cuyos réditos, no hay duda, secretamente
financian sus acrobacias. Peor aún: ahítos de carisma, maquillaje y lentejuelas,
sus proezas serán tan admiradas por los niños como temidas por los adultos.
Paradoja entre paradojas, el mero proceso de comunicación que importa el lenguaje audiovisual de la televisión, y aun su fundamento ideológico que alguna vez fue pedagógico antes que espectacular, ya no comunica más la realidad: como un infierno hecho de espejos cuya capacidad de tormento aumenta con la irrealidad de sus castigos, el estado miente la realidad porque todos los mecanismos de comunicación con que día a día tamizan la cotidianidad así se lo permite. Asistimos en nuestros días, me temo, al surgimiento del Ministerio de la Verdad de cuya temible omnipotencia para falsear la realidad nada más que manipulando dos o tres imágenes y permutando un párrafo biográfico por otro, nos hablan las páginas de “1984”: se alza en nuestro país, merced a las élites que controlan los medios, la entidad gubernamental capaz de modificar el pasado de manera tal, que haga del presente un lugar más apropiado para lo que los amos del estado fingirán a modo de porvenir: en el cual, a falta de otra condición, toda nación poco similar a la nuestra debe ser considerada como potencialmente enemiga. Hace sólo veinte años, no era ese el panorama:
Hasta ahora en la mayoría de países no existe una política clara sobre el papel de la televisión y de los multimedia en la formación del gran público, de la audiencia masiva. Más bien son esquivos y escasos los ejemplos en este terreno, entre otras razones, por las tensiones y distensiones entre las instituciones educativas y comunicacionales y por falta de definición de la formación como función de los medios, aunque nunca por sí sola, puede ser trascendental para el logro de muchos objetivos sociales y técnicos[2].
Gran
sucedáneo del circo romano usufructuado por los césares como mecanismo de
entretenimiento y control, la violencia en televisión ha venido a reemplazar la
experiencia directa de la existencia por la ficción de dos o tres realidades
cuyas variaciones dramatúrgicas, explotadas hasta la saciedad bajo fórmulas
cada vez más truculentas, con mucho sobrepasan lo imaginado por el gran teatro
isabelino de un Marlowe o un Shakespeare. Y sin embargo, la función social de
esas ficciones ha sido siempre la misma: sin muchas variaciones en la médula de
su apariencia, la violencia en televisión debe impregnar la consciencia del
espectador con la suficiente paranoia como para garantizar un entretenimiento eficaz
que, además de distraer, obligue a los espectadores a la creencia de que es
mejor contentarse con las fábulas de la pantalla chica que salir a la calle, o
levantar la cabeza, nada más que para exponerse
a la vida y a la libertad en carne propia. Reos de nuestro propio sistema de
comunicación, la realidad oficial publicitada por los medios se convierte en
otro artefacto punitivo más agregado al universo, en una entelequia de control cuyas
reglas no pueden ser transgredidas por el ciudadano común, pero cuya violación
por parte de las élites comporta otro de sus privilegios. La imagen televisiva
deja de ser una expresión de la realidad para dar lugar a la expresión de un
mero relato cultural, un artificio cuyos héroes serán siempre los individuos
nacidos en la élite o reconvertidos en señores por el elitismo. Armados así,
con el flujo de información supeditado a sus propios principios de
comunicación, inviolables después de todo, los estados, mediante sofismas de
distracción cada vez más ilegítimos y audiovisuales, dejan de lado la auténtica
realidad para implantar en su lugar su propia versión del universo; se postula
así, con gran despliegue de técnicas y tecnologías, una realidad enajenada que
brilla por la exquisitez de sus nuevos mitos y la efectividad de sus alegorías.
La ética, corrompida y pisoteada por las mismas botas que ultrajan la cultura,
sucumbe en nombre de la moral que preconiza el discurso audiovisual que todo
estado controla.
Haciendo
gala de un cinismo digno de tiranos dementes como Diocleciano o déspotas
ilustrados como Robespierre, los dueños de la comunicación se atreverán, con
precisión cada vez más espeluznante, a mentir falacias que enloden o enaltezcan
a sus amos de turno, siempre para dar la imagen de una realidad cabal en la que,
buscando altas cotas de verosimilitud, lo bueno siga coexistiendo junto a lo
malo: ¿cuántos escándalos políticos no han sido perpetrados en este país por
los mismos medios que protegen y disimulan genocidios, fraudes, estupros y
demás payasadas siniestras de capitolio? De nuevo nos hallamos ante la arena
sangrienta con que los gladiadores del emperador ofrecían la brutalidad de su
espectáculo. Interesante dialéctica la de Calígula: distraer y someter a su
pueblo mediante el gran pasatiempo de sangre que implican los combates entre esclavos
que se agreden hasta matarse. Se embota así la consciencia del público con el
mismo entretenimiento utilizado para hacerle temer los caprichos del césar y la
espada repentina de los pretorianos: ver morir esclavos en vivo y en directo
con las mismas armas y las mismas técnicas con que las legiones del emperador
arrasaban la tierra fértil de los bárbaros. Es decir, se los hace temer al
mismo tiempo que se los prepara para la guerra: cada campesino podía ser, también,
un legionario en potencia; un mercenario dispuesto a hacer cumplir la voluntad
del César en tierras ajenas a través del artificio, sin duda eficaz, que
permite la violencia ejercida a punto de espada, catapultas y arietes. Florece
entonces en nuestros días, con tecnologías cada vez más complejas y
sofisticadas, el circo romano del nuevo milenio: la famosa tele-pantalla (a mi
juicio, no otra cosa puede ser el Skype) preconizada por las páginas de Orwell
en la que, además de ver, también podemos ser vistos; previsiblemente, como un
mercenario que nunca duerme, tal tele-pantalla emite todo el tiempo imágenes de
guerra, terroristas y caudillos. Por medio de semejante discurso audiovisual,
se adiestra a los individuos, más que se los educa, para que, como en los
experimentos conductistas de Pavlov, respondan al llamado de la guerra cada vez
que sea estimulado el reflejo condicionado que se les ha ido inculcando a
fuerza de contemplar violencia, gran principio de individuación, en casi todos
los estamentos de la sociedad por cortesía de esa malévola versión, favorita de
todos, del tubo de rayos catódicos que fue la televisión.
No
es casualidad que en las páginas de La
Naranja Mecánica, la más célebre novela de Anthony Burguess, la
ultra-violencia audiovisual haya tenido el papel protagónico que todos
conocemos gracias a la adaptación cinematográfica de Stanley Kubrick: más que
una apología de la violencia (estoy convencido de que no hay tal), la novela
trata estrictamente el tema, cada vez más actual, de los mecanismos de control
ejercidos sobre el individuo a fuerza de sumergirlo en inagotables imágenes de
violencia cuyo vértigo, el mismo del caos, no disminuye en ningún aspecto de la
vida social de las masas. Se busca en nuestro país, como en el tratamiento Ludovico de que se habla en la
novela, de producir en la multitud unánime un estado mental de sumisión que,
además de acabar con toda guerra revolucionaria, acabaría con cualquier
expresión de libertad o volición humanas, reduciendo a los individuos a una
total mendicidad afectiva para con los estamentos que de una u otra manera
ejercen sobre ellos el control; es decir, convirtiéndolos en autómatas o en
monigotes nada más que insuflándoles dosis continuas de ultra-violencia pasiva que
obligará, a cualquier individuo, a las más humillantes esclavitudes sin
necesidad de ser vapuleado por las macanas de la policía o la artillería del
ejército. El universo icónico de la imagen audiovisual pasa a transformarse así,
de entelequia eficaz para una comunicación más hábil, a dispositivo de coerción
eficiente para fingir o fabricar una realidad.
Y sin embargo, otra forma de violencia traducen también las imágenes de la televisión y los medios de comunicación que la publicidad patrocina: creer en imposturas cuyo valor de verdad, ya se dijo en la novela de Orwell, todos sabemos secretamente falso: la posibilidad de ser una mujer deseada a través de la cirugía estética que mejora el busto, la posibilidad de ser apreciado imitando el modelo de muchacho popular admirado por todos, la posibilidad de ascender en la escala social traicionando a unos cuantos que antes fueron camaradas míos, la posibilidad de sentirme una mejor persona vistiendo un traje costoso confeccionado a la medida, la posibilidad de ser considerado una persona de éxito por el precio de los objetos que poseo, la posibilidad de ejercer libremente mi soberbia por haber estudiado en universidades onerosas pero de dudoso valor académico, la posibilidad de aparentar una buena vida adquiriendo propiedades en lugares cuyo costo sólo aumenta mi capacidad de endeudamiento, pero que no me hace mejor persona…
Dos preguntas fundamentales
Leí
en días pasados un artículo controversial de Marshall McLuhan sobre cómo la
televisión puede ser comprendida (y concebida) como una prolongación interna de
las imágenes y contenidos que el mundo icónico exterior imperceptiblemente le
imprime a nuestra consciencia. Arqueólogo circunstancial de teorías extrañas e
hipótesis maravillosas, consideré que un argumento de semejante atrevimiento
podría merecerle fácilmente la burla. Aun así, intenté otorgarle un poco más de
atención en lugar de hacer las veces de crítico o de censor. En esa misma
cuartilla se dice que la televisión efectúa sobre todo espectador el misterio
de una proyección de sí mismo desde afuera hacia adentro, procurando que la
consciencia del receptor se vuelque de lleno a las abismales profundidades de
su propio espíritu. Se opera así, según la idea de McLuhan, una abstracción del
alma cuyos detonantes operan siempre del exterior al interior, o, si se
prefiere, desde el emisor al receptor en medio de una incontrolable (y
compleja) marejada de movimientos informativos (la expresión es de McLuhan) que
permiten incorporar en el hombre el interminable mapa de la humanidad: el
hombre típico de la cultura occidental, altamente alfabetizado por la
estructura sintáctica que desde hace siglos permite el lenguaje escrito de la era Gutenberg, acaba sucumbiendo ante el
rompecabezas icónico de la imagen audiovisual que puede ser transmitida,
gracias a las nuevas tecnologías de la comunicación, desde distancias
inconmensurables y geografías infinitas; de este modo tan aparentemente banal,
se impone a los individuos la temeraria y peligrosa impronta de los mass media electrónicos que hoy permite
la evolucionada tecnología digital de nuestro siglo.
Con
mayor complejidad dialéctica aún, McLuhan planteó un argumento todavía más
audaz: la naturaleza casi milagrosa del movimiento electrónico de la
información que tiene lugar en cada hogar gracias al televisor, acaba
descentralizando y atomizando a la familia humana que se reunía ante el único
aparato de rayos catódicos que hoy, a fuerza de tecnologías más eficientes y
económicas, existe uno para cada miembro o para cada habitación, creando
múltiples existencias tribales en una misma comunidad. Y a pesar del
virtuosismo técnico que permite la tecnología actual, el traumatismo accesorio
a que seguro se sentirán impelidos los individuos criados en la cultura
alfabética tradicional, parecen verse acorralados con facilidad en cierta
crisis de identidad que tarde o temprano acaba sucumbiendo a dosis cada vez más
acentuadas de violencia, alienación y falsedad. Abrumado ante la misteriosa perplejidad,
que no me abandona todavía, de semejante postulado a todas luces distópico, me
pregunté: ¿será posible que todas las
maneras de hacer televisión estuviesen contaminadas de esa irrealidad mediática
y subalterna a que parecen obligar las inevitables crisis de identidad que
conlleva el ejercicio ínfimo de encender el televisor? Imaginé que la
televisión (la historia de la televisión) comportaba la construcción
arquitectónica, más que lingüística, de una “metáfora de la realidad” capaz de
obliterar y reemplazar con sus imágenes de irrealidad los fenómenos de la
verdadera realidad. Una metáfora así sería seguramente falsa, como lo prueban algunos
filósofos:
Este
tratamiento de la metáfora (semejanza y analogía) ha sido caracterizado por
Richards y sus seguidores como una teoría de la sustitución. El factor decisivo
radica en que la palabra prestada, tomada con su uso desviado, es sustituida
por un nombre apropiado potencialmente, el cual está ausente en el contexto
pero podría usarse en su lugar. El autor opta por no usar la palabra
conveniente en su sentido apropiado y la reemplaza por otra que parece más
agradable. Entender la metáfora, entonces, es restituir el término que ha sido
sustituido. Es fácil entender que estas dos operaciones, sustitución y
restitución, son equivalentes.[3]
Luego imaginé, con más
perplejidad aún, que la construcción metafórica de lo que todavía podemos
llamar la “identidad nacional” que la televisión colombiana malamente fabrica,
podría no ser ajena a esa inevitable irrealidad
que se pasea con total libertad por entre las mimesis que publicita toda
pantalla chica en el mundo. La siguiente pregunta, inevitable, después de todo,
formulaba otra perplejidad acaso tan punzante como la anterior: ¿es en realidad cualquier forma de la
televisión capaz de abstraer la consciencia del espectador hasta el punto de
reducirla a un mero estado de enajenación mental en el que su identidad acaba
disolviéndose en medio de una creciente y destructiva perplejidad? Indagar
por la magia secreta de esas perplejidades será el objeto de estas torpes
páginas.
Hipótesis
de trabajo: la violencia televisiva concebida como industria
Es una realidad ineludible en
nuestro país el hecho de que la violencia, incluso la más aislada y marginal,
ocupe una considerable porción de nuestra circunstancia nacional: convulsiones
en lo histórico, convulsiones en lo social, convulsiones en lo económico,
convulsiones en lo político han sido en este país la gran cuota de realidad que
luego se transforma, a despecho de los ciudadanos, en nuevas causas para perpetuar
la simbología del conflicto bajo diversas formas de violencia que se
despliegan, claro está, en el escenario habitual de los medios masivos de
comunicación que sólo pretenden, ya lo ha denunciado Noam Chomsky en muchas de
sus páginas, enmascarar la realidad nacional con el laberinto de sus imposturas
y el maquillaje de sus intereses: nunca ha sido más fácil para un estado el
robarle a sus ciudadanos el país a que tienen derecho sólo por haber nacido en
él, nada más que recurriendo a la efectividad del drama, el oropel y la
violencia de la puesta en escena; sin lugar a dudas una puesta en escena tan
siniestra como las tramas macabras de cierto cine policíaco norteamericano de
los años treinta. Así, haciendo gala de cierta perversidad acaso tan cruel como
la de los grandes villanos del cine negro (Mabuse y el Vampiro de Dusseldorf
entre ellos), los amos del estado siempre saben cómo arrinconar a los
individuos de su nación en un interminable teatro de violencia, quizá bastante más
eficiente desde que los medios masivos se han resignado a jugar el papel
protagónico en ese poco sutil juego de caretas e imposturas. La vertiginosa
evolución que los medios masivos de comunicación han venido experimentando en
los últimos veinte años, ha sido vital para el inevitable, y terrible, proceso
de “globalización” transcultural de que ya había hablado McLuhan en muchos de
sus libros: lejos de comportar una saludable utopía, su idea de la aldea
global, institucionalizada a gran velocidad en todo el mundo gracias al
surgimiento de las nuevas tecnologías de la comunicación, se parece cada vez
más a un infierno generalizado muy bien enmascarado por los mercenarios de la
publicidad y los guionistas de la televisión. Nacido directamente del apresurado
florecer de las nuevas políticas imperialistas de homogeneidad y
estandarización, económica y social, que brilla en las páginas de Orwell desde
hace largas décadas, y aparecida en el mundo occidental paralelamente a los
desastres de la guerra fría y la tutela imperialista de los Kennedy, las
exigencias económicas de la creciente transculturización de las naciones
obligaron a que los medios de comunicación comportasen un factor
determinante (esclavista desde toda
perspectiva) en los nuevos métodos de hacer
política y construir cultura e identidad: gracias a la inevitable
masificación de los medios y la fácil cobertura tecnológica de los nuevos
canales de comunicación, ya no se requiere de reuniones unánimes en los foros
públicos para seguir a tal o cual caudillo de turno; basta solo la televisión,
el Facebook y el What’s App para convencer a cualquiera que esté ocioso en la
sala de su casa.
Sin poder separar con precisión
los hechos estrictamente políticos de los hechos estrictamente culturales desde
el punto de vista de una posible sociología semiótica de la sociedad, el mundo
posmoderno de hoy ha virado, y virará cada vez más, sus estructuras hacia la
utopía del comercio y los imperios de que ya han hablado las páginas distópicas
de Orwell, Burguess y Aldous Huxley. La
aldea global de McLuhan ya no comporta una mera aldea: comporta una
superestructura social con esencia de matadero mediocre en el que los precios
del mercado se miden, y se retratan audiovisualmente, por la sangre de las
matanzas y el esclavismo que la hacen posible. Y no obstante, la inclusión y la
explotación de los medios masivos de comunicación en las políticas de la
dominación social y económica a que todas las instituciones gubernamentales nos
han acostumbrado, no se ha debido una concepción primordial, ausente en todo
caso, como artificios imaginados para garantizar la desprejuiciada circulación
de las ideas y el libre tránsito de la información, sino a su capacidad,
enmascarada por los buenos oficios de la publicidad, para hacer las veces de
empresa proactiva y muy capaz de hacer circular y acumular capitales:
Las
razones de la imprevista vitalidad de este sector económico son muchas y muy
complejas. En general, se trata, como se ha dicho, de las perspectivas de
crecimiento y rentabilidad que el sector ofrece a los operadores económicos.
Entre los factores que influyen, (…) en este aspecto hay, sin embargo, al menos
dos elementos de fondo a los que es preciso hacer referencia: el surgimiento de
la “economía de la información” y la “internacionalización de los mercados”
(…) Se
abre así en la que las actividades de producción, distribución y consumo de
bienes imperiales asumen un rol central en la economía. Un segmento típico de
la economía de la información está
representado justamente por los sectores audiovisual y editorial que reflejan
directamente los efectos del peso que a sume la llamada “economía inmaterial”
en el plano del trabajo y del tiempo libre.
La
internacionalización de los mercados, que alcanzó niveles avanzados desde los
años 80, elevó fuertemente la competitividad del sistema económico europeo (y
más tarde global, no obstante), desplazando de la producción a la distribución
la función estratégica en las empresas con el efecto de acelerar el desarrollo
de las actividades de promoción, de comercialización y de publicidad y de hacer
crecer, por tanto, los recursos destinados a los medios de comunicación de
masas.[4]
Es así como hace su aparición el
conflicto de unos medios aparentemente libres, pero cuya realidad es estar
preocupantemente regulados (y manipulados) por las leyes inmanentes del mercado
global de la economía contemporánea, y en cuyos laberintos de globalización y
homogeneidad la televisión nacional, desde luego, también se entrevera: la
información a terminado por convertirse, no sin paradoja, en un producto
sumamente rentable y comercializable con suma destreza: noticias, crónicas,
reportajes, dramatizados, documentales, series, magacines, comedias, películas
monografías, trabajos de grado, anónimos compendios de matemática y estadística,
comenzaron a ser exhibidos por los medios como fáciles y lucrativos productos
de vitrina; quiero decir, como simples aditamentos del espectáculo y el vodevil
concebidos para cautivar audiencias, captar patrocinadores y vender publicidad:
El
público televidente, quien es vendido y comprado como como consumidor, es a su
vez consumido. Lo que las programadoras venden a las agencias de publicidad no
son programas o tiempos para programas sino televidentes en masa. El público
compra televisores y los productos que por ellos anuncian. Simultáneamente el
público es vendido y comprado por el mismo sistema, lo que el televidente paga
es por el precio de ser vendido.[5]
Es de este modo como la estética
posmoderna y en constante evolución de los nuevos mensajes publicitarios que
hoy se pautan en la televisión nacional, ha comenzado a formar parte creativa e
integral del discurso televisivo considerado como tal: no sin creatividad, el
comercial de ahora ya no es entendido como un episodio pasajero y marginal,
sino que ha entrado a constituir un lenguaje autónomo que forma parte sistémica
de la programación concebida como “comercial” en que la violencia, gran guiñol
del espectáculo, rige su mercado audiovisual. Apelando a los rigores de la
fantasía, la violencia y la falsedad, se ha creado una nueva sensibilidad y una
nueva estética cuyo objetivo casi marcial, colmado de violencia y ficción, es
el televidente: la fascinación de las formas, de los colores, del movimiento,
de la repetición, de la falta de originalidad, de los círculos que reproducen
otros círculos, del incesante retorno a los mismos lugares comunes, de la
constante mixtura de formas y del incesante desarrollo de la historia sin
historia son fenómenos estrictamente publicitarios que poco a poco han ido
contaminando el lenguaje habitual de la televisión cuyos contenidos, a fuerza
de no querer contar con otros significados, se apoya cada vez más en los enigmas
de la violencia y la brutalidad, pasando esas improntas a constituir, me temo, una
nueva manera de hacer televisión y de ser televidente; el nuevo discurso es así
articulado mediante la validez universal que le confiere esa mixtura
lingüística y estructural que se dan entre los programas y la publicidad:
telenovelas, noticieros, programas de opinión, documentales, programas
deportivos e inclusive ciertos vídeos musicales ahora exhiben en sus estéticas
ciertas características típicas del lenguaje audiovisual estilado aunadamente
por la publicidad y la propaganda. Transmutación del medio quizá no
independiente de las tendencias más volátiles de los mercados que de alguna u
otra manera se alimentan de cualquier tipo de violencia, durante las dos
últimas décadas ha venido haciéndose cada vez más evidente que la televisión ha
emergido como una nueva expansión de la propaganda que se divierte y regodea
procesando la realidad, para poder encubrirla a los televidentes, con la
tecnología de su parte, bajo la apariencia de un lenguaje audiovisual cada vez
más sofisticado: medio dinámico por excelencia, su capacidad para “recrear” la
realidad ha ido haciéndose necesaria e imprescindible para los sistemas
económicos, políticos y culturales que rigen a nuestro país. Trocar educación
en propaganda es una transformación de la cultura que ya han intentado
regímenes como el nacionalsocialismo, el estalinismo y todas las nuevas formas
del fascismo, incluyendo, desde luego, las sucesivas dictaduras
latinoamericanas, principalmente las del cono sur.
Así, se acostumbra a ver la
violencia televisiva como un “servicio”: un medio técnico de comunicación a
través del cual se pueden dirigir al público diversos géneros del discurso
comunicativo (principalmente los de contenido tendencioso, fanático o falaz),
cada uno de los cuales responde a las leyes típicas de un determinado discurso,
además de funcionar como vehículo, el más eficiente, de las leyes técnico-comunicativas
del discurso político impuesto por las “instituciones”. Puede hablarse ya, sin
incertidumbres a lugar, de una relación “hipnótica” que determinado programa,
principalmente si es violento, mantiene entre los contenidos activos y el
espectador pasivo que sólo quiere distraerse: toda postura crítica se desvanece
así ante el perverso relax que comporta en sí todo programa de televisión que
explote la violencia como su contenido principal. Matizada de violencia, de
falsedad y de contenidos altamente propagandísticos, esa nueva forma de la
experiencia estética, si cabe hablar de experiencia estética, anula al
espectador, con sus mensajes prefabricados de manera industrial e impersonal, y
lo coloca en el centro de una muchedumbre unánime que poco o nada debe
esforzarse por llegar a concebir respuestas más elaboradas que las de una
simple aceptación del fenómeno o la circunstancia transmitida como veraz por su
televisor. Gran hacedor de homogeneidad, la imagen audiovisual teñida de violencia
continua siendo explotada con suma eficiencia por la propaganda del llamado
Nuevo Orden Mundial del que el presidente Santos, naturalmente, ya se ha hecho criado.
La televisión como servicio
publicitario de valor “triple a” surge en Colombia con la aparición de los
canales privados y la democratización de la televisión por cable o la radiofrecuencia
satelital. Y, como ciertos regímenes antidemocráticos de antaño, la
participación del discurso educativo o cultural fue proscrita y excluida de
tales canales, a no ser (y este es su truco favorito) de programación cultural
de índole abusivamente tendenciosa, sofista y falaz: imágenes e historias de la
cultura relatadas por aquellos que en otros ámbitos reprimen y enlodan la
cultura. Detrás de semejante entelequia que pretende representar la complejidad
de la cultura a través de metáforas triviales, contenidos retocados y símbolos
prefabricados, se alza, por tanto, el mensaje
de nuestros patrocinadores. Hábito eficaz de quienes hacen un gran guiñol
de las tragedias humanas sólo para divertir mientras recaudan réditos cada vez
más sustanciosos, hace su aparición el juego de la hipocresía y la doble moral
de los discursos oficialistas y, por qué no decirlo, reduccionistas hasta la
vergüenza: mensajes claramente comerciales y mercantilistas son esgrimidos bajo
la forma, a todas luces corrosiva, del entretenimiento fácil y la inmediatez
informacional. Y aun a pesar de su complejidad como artefactos audiovisuales de
costosa factura, se trata solo de propaganda cuyo objetivo pretende lograr,
según entiendo, que el público televisivo termine adquiriendo los productos que
patrocinan los programas cuyos contenidos, sin embargo, cumplen a cabalidad su
cometido de entretener de manera cómoda, rápida y peligrosamente aséptica.
Atrincherados en la juiciosa
pasividad del espectador, los espectáculos televisivos, con su eficaz
preponderancia publicitaria y su encubierta carga de violencia, logran generar
un auténtico tráfico de mercados haciendo que el espectador finalmente “compre”
los artículos que colman la pauta de sus programas favoritos: ¡qué mejor que
conocer el mercado por televisión que movilizarse hasta las tiendas o ejercitar
el propio criterio a la hora de visitarlas! Y aunque muchos de esos productos
son artefactos que el espectador en realidad no necesita, pronto pasan a hacer
parte de una canasta familiar que cada vez se aleja más de su poder
adquisitivo, máxime si la publicidad no solo le ordena qué comprar sino, más
peligrosamente aún, dónde comprar. Al ser presentados por una publicidad cada
vez más convincente, mejor realizada y más institucional, cualquiera se afanará
por adquirir todo tipo de cachivaches cuya inutilidad es camuflada por la misma
mascarada publicitaria que mantiene tiranos y dictadores en el poder; se genera
así una patria distraída y una nación cada vez menos interesada en su propio
pasado, siempre y cuando la televisión siga siendo su presente más inmediato,
incluso más que su propio estado mental: genocidios, latrocinios y corrupción
en todas las instituciones del estado se suceden así mientras los
telespectadores disfrutan cada vez más su violenta televisión sin pasado
concebida, claro está, por los eficientes esbirros del caudillo de turno cuyos
enemigos de hoy, de nuevo Orwell, pueden haber sido los aliados de ayer:
La
alteración del pasado es necesaria por dos razones, una de las cuales es
subsidiaria y, por decirlo así, de precaución. La razón subsidiaria es que el
miembro del Partido, lo mismo que el proletario, tolera las condiciones de vida
actuales, en gran parte porque no tiene con qué compararlas. Hay que cortarle
radicalmente toda relación con el pasado, así como hay que aislarlo de los
países extranjeros, porque es necesario que se crea en mejores condiciones que
sus antepasados y que se haga la ilusión de que el nivel de comodidades
materiales crece sin cesar. Pero la razón más importante para “reformar” el
pasado es la necesidad de salvaguardar la infalibilidad del Partido. No
solamente es preciso poner al día los discursos, estadísticas y datos de toda
clase para demostrar que las predicciones del Partido nunca fallan, sino que no
puede admitirse en ningún caso que la doctrina política del Partido haya
cambiado lo más mínimo porque cualquier variación de táctica política es una
confesión de debilidad. Si, por ejemplo, Eurasia o Asia Oriental es la enemiga
de hoy, es necesario que ese país (el que sea de los dos según las
circunstancias) figure como el enemigo de siempre. Y si los hechos demuestran
otra cosa, habrá que cambiar los hechos. Así la historia ha de ser escrita
continuamente, esta falsificación diaria del pasado, realizada por el
Ministerio de la Verdad, es tan imprescindible para la estabilidad del régimen
como la represión y el espionaje efectuados por el Ministerio del Amor.[6]
Así las nuevas “metáforas de la
realidad” con que se construye la actual televisión nacional adolecen de una
función discursiva cada vez más próxima a una máscara que a una auténtica
metáfora, presentándose bajo una imagen trocada de la realidad; una imagen que
claramente parece responder a la inagotable evolución pecuniaria de la
televisión como industria y compraventa internacional de información:
La
televisión como “servicio” constituye en cambio un preciso fenómeno psicológico
y sociológico: el hecho que determinadas imágenes sean transmitidas sobre una
pantalla de dimensiones reducidas, a determinadas horas del día, para un
público que se halla en determinadas condiciones sociológicas y psicológicas, distintas a las
del público del cine, no constituye un fenómeno accesorio que nada tenga que
ver con una encuesta sobre las posibilidades del medio empleado. Es
precisamente esta específica relación la que califica todo el discurso
televisivo. Y un análisis serio no puede prescindir de ella.[7]
En ese sentido, las relaciones entre la
política y los medios, especialmente la televisión, paso a paso ha ido
transformándose en relaciones lucrativas altamente cooperativas en las que
parece orquestarse, con no poco éxito, las improntas neoliberales con que las
élites pretenden describir, documentar y fabricar una falsa realidad nacional
hecha de mentiras convenientes que los programas de televisión no se han
cansado de publicitar haciéndolas parecer, principalmente ante los extranjeros,
como auténticos fragmentos folclóricos para coleccionar de la supuesta
“realidad nacional”. Fue así como la nueva perspectiva de lo político surgida
en los años noventa alrededor de la creación audiovisual, concebida como
vehículo de cohesión e identidad, fue traicionada por los actuales Iscariotes
de la posmodernidad local; dispuesta a perpetuar en el poder sus temerarias
operaciones de politiquería y reacción por ventura de la manipulación y el
contrabando de información, la comunidad política del país ha logrado operar
así un rotundo jaque contra la libre expresión que los medios oficiales truncan
y deforman, cada vez más dispuestos a publicitar su modo reaccionario y
neoliberal de concebir el flujo, no pocas veces violento, de la Historia
Universal. Y aunque es fama el hecho, turbio y sospechoso, de que los sucesivos
gobiernos colombianos de los últimos tiempos hayan insistido públicamente, con altas
cotas de hipocresía, en el derecho a la libertad de información; en la práctica,
nadie lo ignora, tal libertad se nos ha ofrecido mellada, sesgada,
ridículamente falseada. Basta intentar el más mínimo análisis semiótico de sus
estructuras, para comprobar que su universo de violencias y “verdades” acaba
por transformarse en el impetuoso descaro de una falacia. Peor aún: no
contentos con traicionar la realidad, los medios oficiales de comunicación
disfrutan exhibiendo una realidad enajenada y condicionada por la destructiva
fuerza artificial de la economía.
A
modo de conclusión
Así la televisión, profundamente
amada o irreversiblemente detestada, constituye hoy uno de los más sofisticados
dispositivos de modelamiento, formulación y deformación de la cotidianidad y
los gustos de los sectores más populares de la audiencia, además de
constituirse como una de las mediaciones históricas más expresivas de matrices
narrativas, gestuales y escenográficas de la cultura popular, entendiendo por
cultura popular no solo el compendio de tradiciones que se reflejan en el
público, sino también a la hibridación de ciertas formas del enunciado
cultural, de ciertos saberes narrativos, de ciertos géneros novelescos y
dramatúrgicos propios de la cultura occidental y de ciertas culturas mestizas
de Latinoamérica.
Urge ahora una consideración
ineludible: en general, la televisión ha sido siempre considerada como un
espejo cuyas analogías la acercan mucho a la artesanía del cine como lenguaje y
como estética, y al vídeo como tecnología que permite una narrativa un poco más
fácil, y económica, que permite ser ejecutada por un reducido círculo de técnicos,
y no de un ejército, como requiere el cine. Ahora bien, tal como alguna vez lo
preconizaron las páginas de McLuhan, como fenómeno cultural, la televisión no
sólo importa su propia estética sino también su propio discurso, redondo y
cerrado sobre sí mismo cuyas estructuras, cada vez más del lado de cualquier
tipo de violencia, abuso o segregación, pueden entenderse como el propio
contenido de su mensaje: expresión, tiempo, espacio y vida son las categorías
de la realidad que sucintamente intenta retratar la violencia en televisión
que, sin embargo, fomenta su propia evolución en el camino de los mercados.
Comprendida además como “sistema audiovisual de distribución”, en ella
conviven, sin mayores confusiones, los diversos dialectos que permite su
lenguaje, los diversos mensajes que permite su tecnología (noticieros,
dramatizados, concursos, deportes, telenovelas, talk shows, realities,
publicidad) y los diversos paradigmas culturales que su enjundia debería
permitir retratar.
Apremia en estos tiempos que, de
alguna manera, la televisión no pierda ni su uso ni su esencia como medio de
comunicación masivo; estos son los dos atributos que deberían determinar su
papel en la sociedad, y no los interese comerciales cuyas pautas y servicios
infunden más violencia al panorama ya de por sí violento de sus contenidos.
Acaso para evitar que esa circunstancia empeore, debería comprenderse la
televisión como un vehículo para la difusión de la cultura y no de la
propaganda, un medio que permita a cada ciudadano comunicarse en y con los
diferentes ámbitos culturales que van desde el individuo, la familia, el medio
social inmediato, las regiones y el país con respecto a los demás. Cabrá
considerar ahora, casi a modo de vindicación, que la comunicación sólo tiene
sentido si logra ser recíproca y no unilateral (como tantas veces lo acostumbró
el “uribismo”) en el reconocimiento del sujeto y su relación con los demás
individuos más allá de la acción instrumental, quizá hasta que se pueda posibilitar
la autonomía y la emancipación de cualquier atadura que haga de las personas
objetos de uso por parte de los otros, y que los haga también agentes libres y
pensantes que puedan participar perfectamente como actores de la Historia
Universal.
[1] ORWELL, GEORGE, 1984, pp. 10-11, RBA Editores, Barcelona
1993.
[2] CALERO, FERNANDO, Televisión y educación permanentes en la
sociedad moderna, ensayo incluido en el volumen La televisión: entre amigos y enemigos, p.47, Comisión Nacional de
Televisión, Bogotá, 1998.
[3] RICOEUR, PAUL, Creatividad en el lenguaje, ensayo
contenido en la revista Signo y
Pensamiento, No. 12, p. 127, Universidad Javeriana, Bogotá, 1988.
[4] RICHERI, GIUSEPPE, La transición de la televisión: análisis del
audiovisual como empresa de comunicación, pp.22-23, Bosch Casa Editorial,
Barcelona, 1994.
[6] ORWELL, GEORGE, Op. Cit., pp. 171-172.
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